El salto de Primaria a Secundaria es, para muchos niños y familias, el primer gran vértigo de la vida escolar. Un cambio de etapa que llega cargado de expectativas, miedos y preguntas, especialmente ahora, cuando miles de padres observan cómo sus hijos cierran ciclo y se preparan para un curso que promete ser más exigente, más autónomo y, a veces, más incierto. La experiencia de Grison, uno de los rostros más populares de RTVE, recuerda que ese tránsito puede ser complicado para muchos alumnos. “La Primaria muy bien, pero la Secundaria muy mal, tío”, confesó en una entrevista en el podcast 'Eh!', reconociendo que repetir curso y no adaptarse al sistema educativo le hizo sentirse perdido y fuera de lugar.
Su relato conecta con la inquietud de tantos padres que hoy se preguntan cómo acompañar a sus hijos en este cambio de ritmo y de mundo. El propio Grison admitía también que era “el típico chaval que estaba todo el día en jefatura de estudios”. Su historia sirve como recordatorio de que este paso no es solo académico, sino también emocional e identitario, tanto para quienes lo viven en primera persona como para quienes los acompañan desde casa, tal y como nos confirma Erika Nache, neuropsicóloga infanto-juvenil y profesora de Psicología del desarrollo normal y patológico de la Universidad Europea de Valencia.
Se habla mucho del "abismo" entre Primaria y Secundaria, ¿es una exageración o realmente el cambio metodológico y ambiental es tan drástico?
El cambio es brusco en todos los niveles posibles. El paso de Primaria a Secundaria coincide con una etapa de enorme transformación cerebral, emocional y social. El niño, casi adolescente, deja atrás un entorno más contenido y predecible para entrar en otro donde se le exige mucha más autonomía, organización y adaptación social. Para los adultos sería similar a cambiar de piso y trabajo el mismo día: cambian los horarios, las responsabilidades, los amigos, los ritmos… De pronto lo que antes estaba bien, como jugar en el patio, ya no lo está, porque es de niños pequeños. Dejan el estatus social de ser “los mayores” para pasar a ser “los enanos” y quedar relegados, en muchas ocasiones, a una esquina del patio.
¿Es habitual apreciar cambios de comportamiento, más rebeldía, cuando los alumnos pasan al Instituto?
Habitual y me atrevería a decir que, en la mayoría de los casos, completamente normal. A todos esos cambios de ubicación y funciones, tenemos que sumarles los cambios físicos y psicológicos típicos de esta edad, ya que es el principio de la adolescencia. El cuerpo cambia, se distorsiona y, a veces, asusta. Y la cabeza tampoco suele ayudar mucho: de pronto hay emociones sin nombre que necesitan satisfacer y muy poco tiempo para procesarlas del todo. Además, en esta época empieza la necesidad de autonomía e identidad, de diferenciarse del resto, y esto inevitablemente pasa por oponerse a la autoridad más cercana. Es el cóctel perfecto para la desregulación.
La adolescencia es una etapa de reorganización profunda. El cerebro está cambiando, la identidad se está construyendo y la necesidad de pertenencia al grupo se vuelve central
¿Cuáles son las señales de alerta más comunes que indican que a un niño le está costando adaptarse (cambios de humor, somatizaciones, aislamiento...)?
Aunque todos sabemos que la adolescencia y sus cambios conllevan cierto malestar, sí que hay ciertas manifestaciones a las que debemos prestar especial atención como, por ejemplo, la negativa a asistir a clase, las somatizaciones previas a salir de casa (dolor de estómago, náuseas, cólicos, mareos…), comportamientos de aislamiento (deja de salir con sus amistades habituales), excesiva dependencia del móvil, cambios bruscos de grupos de amistad, abandono de actividades de anteriormente le parecían placenteras (deportes, música, artes…) o un estado de ánimo especialmente bajo durante varios días seguidos.
No se trata de alarmarse ante cualquier cambio, porque la adolescencia implica cierta inestabilidad emocional normal. La clave está en observar la intensidad, la duración y el impacto que esos cambios tienen en su vida diaria.
Algunos padres se sorprenden porque hijos que eran "alumnos brillantes" en Primaria empiezan a suspender en Secundaria y a comportarse mucho peor. ¿A qué se debe este bajón tan repentino?
En Primaria, muchos alumnos podían sostener buenos resultados gracias a la supervisión constante, a una estructura más guiada o incluso a capacidades cognitivas que compensaban ciertas dificultades. Pero en Secundaria ya no basta solo con “ser inteligente”: entran en juego las funciones ejecutivas, la capacidad de planificación, la tolerancia a la frustración, la gestión emocional y la regulación de la atención.
Además, en algunos centros existe una presión académica muy elevada y una cultura de la excelencia que hace que alumnos acostumbrados a destacar pasen, de repente, a sentirse “del montón”. Y eso puede ser muy desestabilizador para adolescentes que habían construido gran parte de su autoestima alrededor del rendimiento académico.
Cuando un niño siente que ya no cumple las expectativas, las propias o las ajenas, pueden aparecer conductas que los adultos interpretan como desinterés, rebeldía o falta de esfuerzo, cuando muchas veces detrás hay bloqueo, ansiedad, miedo al fracaso o una autoestima muy tocada.
¿Qué procesos emocionales internos vive el alumno en este tránsito que puedan detonar problemas de conducta o ansiedad que antes no se observaban?
La adolescencia es una etapa de reorganización profunda. El cerebro está cambiando, la identidad se está construyendo y la necesidad de pertenencia al grupo se vuelve central. Todo eso hace que las emociones se vivan con muchísima intensidad, aunque desde fuera a veces solo veamos irritabilidad, aislamiento o cambios de comportamiento.
En este tránsito aparecen preguntas internas muy importantes: “¿Quién soy?”, “¿encajo?”, “¿qué esperan de mí?”, “¿soy suficiente?”. Muchos adolescentes sienten una presión enorme por responder académicamente, adaptarse socialmente y empezar a definirse como personas, todo al mismo tiempo.
Además, en contextos muy exigentes, algunos chicos viven la sensación de estar permanentemente evaluados. El miedo a decepcionar, a quedarse atrás o a no alcanzar el nivel esperado puede generar ansiedad, somatizaciones, perfeccionismo extremo o incluso conductas evitativas. Hay alumnos que empiezan a procrastinar no por pereza, sino porque sienten tanto miedo a hacerlo mal que terminan bloqueándose.
También es frecuente que aparezcan conductas más impulsivas o desafiantes. Desde la psicología del desarrollo entendemos que el adolescente todavía está aprendiendo a regular emociones intensas con un cerebro que madura de forma progresiva. Por eso necesitan adultos que mantengan límites claros, pero también una mirada comprensiva hacia lo que están atravesando internamente.
En Primaria el entorno suele ser muy protector (un tutor que pasa muchas horas con ellos). En Secundaria hay un profesor por asignatura. ¿Cómo afecta esta pérdida de la "figura de referencia" a los alumnos más vulnerables?
Hay que tener en cuenta que no solo pierden una figura de referencia, sino que por el camino también pierden una parte esencial de ellos mismos, su propia infancia. Y esto, sobre todo en niños especialmente sensibles, puede vivirse como un auténtico duelo. Como padres y profesionales debemos acompañar este proceso de la forma más orgánica posible, con presencia y compasión. A partir de ese momento van a tener que tomar más responsabilidad sobre su vida y esto es un paso importante en el que necesitan más que nunca que se respeten sus tiempos.
¿Cuánto influye la necesidad de encajar en el grupo, en ocasiones nuevo, en el rendimiento académico y el comportamiento del alumno?
Influye muchísimo. En la adolescencia, el grupo de iguales pasa a ocupar un lugar central en la construcción de la identidad. Sentirse aceptado no es algo superficial para ellos: es una necesidad emocional muy importante. Cuando un adolescente llega a un entorno nuevo, como el instituto, gran parte de su energía mental está puesta en observar, adaptarse y encontrar su lugar. Y eso puede afectar tanto a su comportamiento como a su rendimiento académico.
A veces vemos cambios que desconciertan a las familias: chicos más distraídos, más irritables, más pendientes del móvil o incluso cambios en la forma de vestir o hablar. Muchas veces no es “rebeldía” sin más, sino una forma de probar dónde encajan y qué imagen quieren proyectar.
El problema aparece cuando el miedo a quedarse fuera pesa más que sus propios criterios o necesidades. Por eso es tan importante que tengan espacios seguros donde sentirse aceptados también fuera del grupo: en casa, con adultos de referencia o en actividades donde puedan desarrollar una identidad propia más allá de la presión social.
Muchos padres pasan del control absoluto de la agenda en Primaria a no saber qué deberes tienen sus hijos en Secundaria. ¿Dónde está el equilibrio entre fomentar su autonomía y no "abandonarlos" a su suerte?
El equilibrio puede estar en acompañar sin invadir. La autonomía no aparece de golpe a los 12 años, se entrena poco a poco. A veces pedimos independencia académica a adolescentes que todavía están aprendiendo a organizarse, gestionar el tiempo o priorizar tareas.
No se trata de revisar cada ejercicio ni de convertirnos en “secretarios” de nuestros hijos, pero sí de mantener una supervisión cercana, especialmente durante el primer año. Más que controlar, conviene interesarse: preguntar cómo se organizan, ayudarles a crear rutinas, enseñarles a dividir tareas grandes o detectar cuándo se están desbordando.
Cuando toda la conversación gira alrededor de exámenes y deberes, el adolescente puede sentir que su valor depende de su rendimiento
¿Qué errores cometemos con más frecuencia los padres por intentar ayudar durante este primer año de instituto?
Uno de los errores más frecuentes es interpretar cualquier bajada de rendimiento como falta de esfuerzo o desinterés. El paso al instituto implica muchos cambios a la vez: más exigencia académica, más profesores, más autonomía y también más carga emocional y social. A veces necesitan tiempo para adaptarse.
Otro error habitual es centrarse exclusivamente en las notas. Cuando toda la conversación gira alrededor de exámenes y deberes, el adolescente puede sentir que su valor depende de su rendimiento. Y eso genera mucha presión y comportamientos compensatorios que pueden arrastrar muchos años después.
También ocurre que algunos padres, por miedo a que “se despisten”, aumentan muchísimo el control: revisan constantemente plataformas, deberes o mensajes. Aunque nace de la preocupación, en algunos casos termina generando más conflicto y menos responsabilidad real.
Y, por último, tendemos a comparar: “Tu hermano no hacía esto”, “los demás sí pueden”... Las comparaciones rara vez motivan, normalmente dañan la autoestima y la relación.
Cuando aparecen las primeras llamadas de atención del centro, ¿cómo se debe reaccionar en casa para no convertir el hogar en un campo de batalla?
Lo primero es intentar no reaccionar desde el miedo o la rabia. Muchas familias reciben una llamada del centro y entran automáticamente en modo castigo o interrogatorio. Pero si el adolescente siente que en casa solo va a encontrar bronca, probablemente se cierre todavía más.
Es importante escuchar antes de juzgar. Entender qué está pasando detrás de esa conducta: si hay desmotivación, dificultades de adaptación, problemas con iguales, inseguridad o simplemente falta de herramientas para organizarse.
Eso no significa justificar todo ni quitar importancia a los límites. Los adolescentes necesitan normas claras y consecuencias coherentes. Pero funciona mucho mejor cuando sienten que los adultos están intentando comprenderles y ayudarles, no solo controlarles.
El objetivo no debería ser “ganar la batalla”, sino mantener el vínculo incluso en los momentos difíciles. Porque cuando un adolescente siente que puede acudir a sus padres sin miedo constante al juicio, es más fácil intervenir antes de que los problemas crezcan.
Si tuviera que darle un solo consejo a un padre o madre cuyo hijo empieza Secundaria el próximo curso y está aterrado, ¿cuál sería?
Les diría que prioricen el vínculo y que abandonen el discurso de “no es para tanto, todos hemos pasado por eso”, que no minimicen sus experiencias. La entrada en Secundaria es un cambio enorme para muchos adolescentes, supone entrar en un entorno nuevo, con más exigencia académica, más presión social y una necesidad creciente de autonomía en un momento evolutivo especialmente sensible.
Muchos padres sienten que tienen que elegir entre ser cercanos o ser firmes, y en realidad los adolescentes necesitan ambas cosas a la vez: límites claros y un lugar seguro al que volver cuando se sienten perdidos.
En una etapa donde muchos chicos sienten que están siendo constantemente evaluados, tener un hogar donde no necesiten demostrar continuamente su valor puede marcar una diferencia enorme en su bienestar emocional y en cómo atraviesan esta transición.







