Los niños pequeños solventan sus problemas de forma rudimentaria: se pegan, se quitan los juguetes, se empujan... Poco a poco, a medida que vayan avanzando en su desarrollo, contarán con más herramientas para resolver los conflictos.
Pero, ¿cómo hay que actuar si tu hijo pega a otros niños? ¿Cuándo es una conducta normal y cuándo no? ¿De que forma redirigirla? Nos habla de ello Patricia Jover Morell, psicóloga infantil y adolescente y directora del Centro de Psicología Estima, en Elche (Alicante).
Es importante enseñarle al niño la diferencia entre “defenderse” y “agredir”: defenderse no es pegar, no es devolver el golpe, es poner un límite
¿Cómo debemos reaccionar en un primer momento cuando nuestro hijo pega a otros delante de nosotros?
En general, los padres en esa situación pasamos por una mezcla de vergüenza, prisa por solucionarlo y un poco de frustración. Pero, tranquila, en principio tu hijo no es malo ni está mal educado, el pegar es una situación muy común entre niños pequeños. El instinto de agresión está presente en los humanos, como defensa propia. Pero hemos acordado que, para vivir en nuestra sociedad, la agresión no es adecuada y hemos de desarrollar otras habilidades y competencias como pedir ayuda, negociar, establecer límites, turnos, etc. Es poco a poco, con la edad y la socialización, cómo los niños aprenden a reaccionar de otras formas.
Si entendemos la naturaleza del niño y su momento evolutivo, podemos acompañar desde la comprensión y el respeto, en vez de con castigos y juicios. La parte principal es actuar desde la calma, respirar profundo para ser modelo de autocontrol.
¿De qué dependerán esas pautas de actuación?
Las pautas de actuación dependerán de la situación, de la edad del niño, de sus capacidades y características. No es lo mismo un niño de 18 meses, que pega de forma instintiva, que un niño de 4 años, que ya tiene lenguaje, razona y comprende mejor las normas sociales. Tampoco es igual en un niño con recursos lingüísticos, que puede expresarse con soltura, que otro niño que aún esté desarrollando el lenguaje, así como de características como la impulsividad, autocontrol, hiperactividad, etc., pero como pautas generales podemos:
Si se está produciendo la agresión, acércate, ponte a su altura y sujeta las manos o piernas del niño con delicadeza, pero con firmeza, para detener la pelea y que nadie salga herido.
Sé breve y firme, los niños están en plena explosión emocional, no están para escuchar sermones. Utiliza frases breves y directas: “No puedes pegar, hace daño”, “No se pega, duele”. Ya hablarás con tu hijo o hija en otro momento de calma.
Centra tu atención en el niño agredido, pregúntale si está bien, consuélalo, dile algo como “Siento mucho que te haya hecho daño”. Así, retiramos la atención del niño agresor, para que no sea el protagonista, y enseñamos empatía de forma real, mostrando interés y cuidado por la persona agredida.
Retira a tu hijo del juego unos momentos, aléjalo del motivo de la agresión. No es un castigo, sino una pausa necesaria para que su cuerpo y su mente puedan volver a la calma. “Estás muy enfadado y no puedes jugar así. Vamos a sentarnos un momento hasta que estés tranquilo".
Recuerda que tu hijo o hija está aprendiendo a gestionar sus impulsos y sus emociones. Si tú mantienes la serenidad, le estás enseñando con tu ejemplo como gestionar conflictos desde la calma.
Y si pega en la escuela infantil o en el colegio y nos lo comenta la educadora, ¿cómo deberíamos reaccionar si él lo escucha?
Apoya la autoridad del centro: la educadora y tú estáis en el mismo equipo, y confirma delante de tu hijo que las normas de casa y la escuela son las mismas respecto a una agresión. Además, escucha de forma activa, presta atención a lo que te dice la maestra, y pregunta lo que necesites para tener más información: “¿Qué estaban haciendo justo antes del golpe?”, “¿qué pasó después?”, “¿cómo está el otro niño?”. Queremos entender la situación y al niño, no solo juzgar. Recuerda que tu hijo o hija está delante, no hablemos de él o ella como si no estuviera ni utilicemos etiquetas como “es malo”, “siempre se porta mal”, “es un pegón”. Separa al niño de la conducta que queremos cambiar: “Últimamente le cuesta gestionar su enfado”, “aún está aprendiendo a no hacer daño a otros”.
Involucra a tu hijo en la conversación, en función de su edad, hablad con él y no sólo sobre él: “Cariño, me dice la seño que hoy has pegado a un compañero, no puedes hacer eso, hace daño”, “cariño, me cuenta la seño que ha habido un problema con un compañero, ¿estás preparado para contarme ahora qué ha pasado o prefieres que lo hablemos luego en casa?”. Luego, habla con tu hijo o hija en casa. La conversación con la maestra puede ser breve, pero luego en casa puedes hablar con tu hijo o hija para buscar una solución.
Una vez en casa, ¿cuál sería la conversación a mantener con el niño sobre lo ocurrido?
Ponte a su altura, míralo a los ojos y habla con serenidad. Eres su ejemplo y su guía. Explícale el porqué de las cosas: cuando son pequeños, aun no pueden entender bien nuestro razonamiento, pero hay que explicarlo igual, con palabras más sencillas: “No pegues, duele”, “No puedes pegar, hace daño”. Poco a poco, las explicaciones ayudarán al niño, internalizándolas y sirviéndole de guía para desarrollar su empatía hacia los derechos y necesidades de los demás. Puedes decirle que, cuando las personas estamos juntas, surgen conflictos, es algo normal. Y que a veces no sabemos cómo resolverlos y nos desborda el enfado o la frustración, sólo se nos ocurre pegar, empujar o quitar un juguete. Pero eso no es adecuado para convivir con otras personas, hace daño y a nadie nos gusta que nos peguen.
Lo importante es validar la emoción y corregir la acción. La rabia es natural, pero la agresión no es aceptada. El enfado y el instinto de agresión son naturales, sobre todo en niños más pequeños que no tienen recursos cognitivos ni lingüísticos para gestionarlos, y los expresan con agresividad. Pero los adultos estamos aquí para ayudarles a aprender nuevas habilidades, para acompañar al niño a que aprenda a resolver conflictos sin hacer daño a los demás ni a sí mismos, de la forma más respetuosa para poder vivir en sociedad y jugar junto a otros niños.
Ayúdale a poner nombre a sus emociones y a entender la situación: “La seño me ha dicho que hoy has pegado a tu compañero, ¿me quieres contar qué ha pasado?, ¿qué sentías?, ¿y qué has pensado?, “¿te has enfadado porque no te dejaban jugar/querías ese juguete?”, y enséñale alternativas: si no puedo pegar, ¿qué hago? En función de la edad y competencias del niño, puede probar a: poner en palabras lo que le pasa: “no quiero”, “es mío”, “estoy enfadado”; alejarse para calmarse, respirar, patalear; pedir ayuda al adulto para resolver conflictos de forma asertiva, negociando, haciendo turnos...
Según la edad del niño, podemos tener una conversación más larga o buscar un cuento que hable sobre alternativas a la agresión. Queremos que sirva de aprendizaje y no sólo de corrección, y establece una consecuencia lógica, que tenga relación con el acto: “Como le has hecho daño a tu compañero, mañana tendrás que ayudarle, o le llevarás un dibujo, o tendrás que cuidarle muy bien”. Al final, cierra la conversación con un mensaje positivo: "Sé que estás aprendiendo y que a veces es difícil, mañana lo vas a hacer mejor. Te quiero mucho y estoy aquí para ayudarte a aprender".
Si el niño ha pegado en respuesta a que le han pegado o molestado a él, ¿cómo hay que abordarlo?
Aquí entra en juego el instinto de protección de los padres y la “defensa propia”, y esto confunde a veces a los padres. No vale el “si te ha pegado, defiéndete y pégale tú también”, porque estamos justificando que la violencia es una solución válida según el momento, y nuestro objetivo es que aprenda a gestionar conflictos de forma pacífica, positiva y asertiva. Es importante enseñar la diferencia entre “defenderse” y “agredir”: defenderse no es pegar, no es devolver el golpe, es poner un límite. Puede protegerse con los brazos, alejarse o gritar pidiendo ayuda. Pero si le devuelves el golpe, te conviertes en alguien que también hace daño y esto sólo aumenta el conflicto. Enséñale alternativas como protegerse de un golpe con las manos o con los brazos, o gritar con voz firme “¡No, para!”, “¡no me pegues, me hace daño!”, o a buscar ayuda de la profe, alejarse del lugar o del juguete motivo del conflicto. Una vez más hay que validar la emoción, pero corregir la acción.
En el caso de que la conducta de pegar a otros sea muy repetitiva, ¿qué habría que observar por si es una señal de que algo no va bien?
Cuando la conducta de pegar deja de ser algo puntual y se vuelve frecuente o repetitiva, suele haber una necesidad no satisfecha o un desarrollo aún en proceso, o también alguna dificultad más significativa de base. A veces, la agresividad sólo es la punta del iceberg, lo que vemos bajo otras posibles dificultades. Si hay agresividad indiscriminada y de forma constante, dificultades sensoriales altas, un nivel muy bajo de tolerancia a la frustración o dificultades de gestión emocional significativas, cambios bruscos de conducta, aislamiento, ansiedad, comportamientos regresivos, ira excesiva o desobediencia extrema o problemas escolares, son señales clave para buscar la ayuda de un profesional.
¿Es bueno que el niño vaya a disculparse ante el otro al que ha pegado o le lleve un dibujo para pedirle perdón?
Normalmente, los niños tardan un ratito en calmarse, debemos darles tiempo. No le obligues a pedir perdón en el momento del conflicto, forzar a pedir perdón o perdonar no enseña empatía, sólo obligación y puede aumentar el resentimiento. Es mejor decir: "Ahora estás calmándote, luego iremos a ver si tu amigo está bien y a pedirle disculpas cuando estés listo". El niño agredido también tiene derecho a escoger cómo y cuándo perdonar, no podemos forzarle si aún no está preparado para perdonar el golpe.
Mejor que el perdón, podemos alentar a reparar el daño cometido. Ir a preguntar cómo está el otro niño, cuidarle y preocuparse por él son conductas de empatía práctica. Hacerle un dibujo, prestarle un juguete, cederle el turno en el juego, etc. son conductas reparadoras que contrarrestan el daño ocasionado. Así, también enseñamos que todos cometemos errores y que podemos repararlos o compensarlos.
Si es el padre del otro niño el que le increpa al nuestro por pegarle, ¿cómo deberíamos actuar?
Normalmente, suele molestarnos que otro padre recrimine algo a nuestro hijo, pero depende de cómo sea la intervención del otro padre. Si el tono es adecuado, utiliza palabras que son acordes con lo que nosotros diríamos, podemos darle la razón y tomarlo como un apoyo: “¿Ves? Al papá de Juanito no le gusta que pegues a su hijo, no podemos pegar porque hace daño”.
El problema surge si el tono o las palabras de ese padre no son apropiadas, o la recriminación es desproporcionada. Aquí vuelvo a recomendar respirar profundo y mantener la calma, y dirigirte a ese padre con prudencia y serenidad, pero con firmeza. Puedes decirle: “Gracias por tu interés, entiendo que te moleste, a mí también me disgusta que pase esto y lo siento mucho, pero si hay un problema con mi hijo, prefiero encargarme yo”, o “, perdona, siento mucho el golpe a tu hijo y espero que esté bien, pero prefiero que no le hables a mi hijo de esa manera, yo intervendré para que entienda que no puede pegar y se disculpe”. Si es un familiar o alguien que suele cuidar a tu hijo o hija o alguien con quién compartís mucho tiempo, habla con ese adulto en privado para establecer límites sobre su estilo de crianza, explicarle cómo te gusta abordarlo, sin desautorizarlo frente al niño.
Si es necesario, retira a tu hijo del lugar para hablar con él en privado. Tras la confrontación, habla con tu hijo a solas para escuchar su versión. Explícale la situación, validando sus emociones y proporcionándole calma y seguridad. Puedes aprovechar esa situación incómoda o injusta para explicarle a tu hijo que se aleje si un adulto le grita o le trata mal, y que acuda a ti o a otro adulto de confianza para buscar ayuda.











