Cogolludo fue en otro tiempo un pueblo importante y la muestra es el elegante palacio de los Duques de Medinaceli que preside su plaza Mayor, una de esas rarezas patrimoniales que no esperas encontrar en una localidad de apenas 500 habitante. Tiene su explicación. Cuando se levantó, a finales del siglo XV, estas tierras formaban parte del extenso señorío de la poderosa Casa de Medinaceli, una de las grandes familias nobiliarias de España. Además de controlar territorios estratégicos, la familia necesitaba plasmar su poder también a través de la arquitectura, convirtiendo así una villa bajo su dominio en escaparate de prestigio y modernidad. Otra prueba más de la relevancia simbólica del municipio dentro del linaje es que el heredero de Medinaceli ostentó históricamente el título de marqués de Cogolludo.
El edificio resultó novedoso en la época, porque frente a los palacios fortificados medievales, el de Cogolludo apostó por una fachada de piedra almohadillada, rectangular y simétrica, de fuerte inspiración italiana, que recuerda a los palacios florentinos del quatrocento. Aunque conserva elementos góticos en ventanales y decoración, está considerado uno de los primeros edificios plenamente renacentistas de España, algo revolucionario para finales del siglo XV.
El interior del Palacio Ducal, que don Luis de la Cerda y Mendoza, I duque de Medinaceli, mandó construir para residencia de su hija doña Leonor, sufrió siglos de deterioro y abandono, y aunque hoy no conserva intacta toda su riqueza original, mantiene espacios de interés como el patio, restos decorativos y una notable chimenea gótico-mudéjar, que se pueden admirar durante las visitas guiadas que se realizan desde la oficina de turismo (cogolludo.es; 5 €).
Aun así, la gran estrella sigue siendo la fachada, ante la que tiene lugar la Jornada Renacentista, una fiesta con desfiles, campamentos, bailes, conciertos y recreaciones históricas que este año se celebra el próximo 30 de mayo.
Compartiendo protagonismo con el palacio, en la misma plaza Mayor porticada, una de las más grandes de la provincia —donde los duques de Medinaceli eran recibidos en el siglo XV por el pueblo con teatros, música y corridas de toros— donde se encuentra la iglesia de Santa María —de origen medieval, aunque con transformaciones posteriores—, que refuerza la idea de este espacio como centro político y religioso del antiguo señorío de los Medinaceli. Hace solo unos meses, el templo se convertía en escenario de rodaje de La Promesa, la serie de televisión ambientada en 1913, que se emite cada tarde en RTVE, y se engalanó para grabar la no-boda de Lorenzo y Ángela, dos de sus protagonistas.
Aunque no se ve en ninguna escena, en el interior de la iglesia se encuentra un lienzo de José de Ribera, El Españoleto, cuya presencia tiene relación, precisamente, con la Casa de Medinaceli, pues durante siglos fue mecenas y protectora de numerosas obras religiosas. Los que sí se dejaron ver por Cogolludo fueron los actores Arturo García Sancho, Manuel Regueiro, Isabel Serrano, Guillermo Serrano, Amparo Piñero e Ibrahim Al Shami, invitados a la ceremonia que no pudo ser.
En las calles tranquilas del pueblo o en su entorno próximo se ven otros lugares de interés, como el templo dedicado a San Pedro, las ruinas de su castillo, de los conventos de San Francisco y del Carmen y un conjunto de 5 ermitas. Pero Cogolludo también tiene una rica y longeva tradición vitivinícola, aunque esté rodeado de campos de cultivo de secano, que se remonta a la época medieval y para descubrirlo hay que conocer la Finca Río Negro. Más de 600 hectáreas de bosques y viñedos por los que se mueven en libertad ciervos, corzos y jabalíes y, hace pocos años, hasta una familia de lobos ibéricos.
El viñedo, a 1000 metros de altura, es uno de los más altos de Europa —y el más alejado de cualquier otro viñedo en España—, y su paisaje y entorno enamoraron a José Manuel Fuentes, empresario de origen palentino, que, a finales de los años 90, plantó la primera parcela, recuperando así lo que había sido la actividad de la finca hasta dos décadas antes. Doce años después, salió al mercado su primera añada, que obtuvo a la primera nada menos que 92 puntos en la prestigiosa Guía Peñín. Desde entonces su gama de vinos se ha ido completando, siempre bajo la misma premisa de lograr el mejor vino que esta tierra, con un microclima único —conocida por el rigor de sus inviernos y por su despoblación como "la Siberia española"—, fuese capaz de dar, respetando la expresión de este paraje único en su elaboración.
La visita a la bodega empieza descubriendo su historia, su vendimia tardía e íntegramente manual y los secretos de elaboración de sus 5 vinos, y finaliza con una cata de tres de ellos acompañados de un aperitivo a base de quesos, cecina y embutidos de caza (fincarionegro.com; 30 €). Un final con buen sabor para una visita a un pueblo que está lleno de sorpresas.











