Mariana Capurro, psicóloga, sobre el duelo por una mascota en niños: "Decirles que no estén tristes o que no pasa nada les genera bloqueo; no hay que borrar la emoción sino acompañarla"


La muerte de un animal querido puede ser un momento de gran sufrimiento para toda la familia y para el niño, que tiene menos recursos de afrontamiento para saber cómo manejar sus emociones. Por eso, el papel de los adultos es crucial.


Mariana Capurro, psicóloga© Mariana Capurro
12 de mayo de 2026 a las 18:49 CEST

Mariana Capurro es psicóloga general sanitaria, especializada en estrategias de intervención en la infancia y adolescencia. Fundadora del proyecto Permiso para Educar, donde impulsa una mirada consciente y respetuosa de la crianza, acaba de publicar el cuento El jardín de las huellas (Ed. Sentir), ilustrado por Paula Marco, donde aborda la pérdida de una mascota en los ojos de un niño con sensibilidad y ternura, a la vez que da consejos a los adultos para acompañar este momento. Hemos charlado con ella.

Muchas veces, con la intención de proteger, los adultos evitan hablar de lo ocurrido, distraen al niño o intentan “sustituir” la pérdida regalándoles otra mascota

Mariana Capurro, psicóloga

En algunas ocasiones se infantiliza demasiado a los niños y no se habla de la muerte como tal, sino que se emplean eufemismos, como "se ha marchado". ¿Desde qué edad el menor puede comprender que la muerte de su mascota es irreversible?

Nos da mucho miedo hablar de la muerte, y sobre todo a nuestros hijos, porque queremos evitarles el sufrimiento, entonces tenemos la tendencia a decir frases como “se ha marchado”, “se ha dormido” ,“está descansando”,  y esto solo les genera más desconcierto.

Hasta los 2 años de edad no tienen concepto de muerte, pero perciben la tristeza, la ansiedad y los cambios en el entorno de sus cuidadores. Cuando tienen entre 3 y 6 años tienden a creer que la muerte es algo reversible: siempre esperan que el fallecido vuelva, e incluso a veces se preocupan por si tendrá frío o hambre. Y no es hasta pasados los 6 años que comienzan a comprender las tres características propias de la muerte que son: su irreversibilidad, su universalidad y su carácter definitivo.

Por eso, el lenguaje con el que abordamos este tema es muy importante. Los eufemismos, aunque bienintencionados, pueden generar confusión o incluso ansiedad. Decir que “se ha ido” puede hacer que el niño espere su regreso o tema que otros seres queridos “se vayan”. La claridad en lo que transmitimos, y adaptada a su edad, es la mejor forma que tenemos de ayudarlos en algo tan difícil como es la muerte de un ser querido.

Cuento El jardín de las huellas© Ed. Sentir

En el cuento, Coque, el perro de Nacho, está muy enfermo y su padre le insta a despedirse de él, aunque el niño no quiere. ¿Es bueno insistir en esa despedida para luego poder afrontar mejor el duelo de la pérdida?

Lo mejor que podemos hacer en estos casos es acompañar sin imponer o forzar una despedida, porque entonces el resultado sería contraproducente. Los niños necesitan sentir algo de control en situaciones que ya de por sí son emocionalmente desbordantes para cualquier persona, entonces obligarlos a ello puede convertir un momento sanador en una experiencia invasiva. Lo importante es ofrecer la posibilidad, no la exigencia. Y sobre todo asegurarnos de que están entendiendo lo que está ocurriendo porque de esa manera podrán decidir mejor si quieren hacerlo o no.

En todo caso, también podemos barajar la posibilidad de ofrecer una manera de despedirse de manera simbólica, (cartas, u otros rituales de despedida que también dependerán de los valores y cultura de la familia), y eso puede ser igual de reparador. En ambos casos, el adulto que acompañe tiene que estar dispuesto a acompañar y sostener emocionalmente ese momento.

Niño abrazando a su perro© Getty Images

Tras la muerte del perro, Nacho se pregunta: "Y si hubiera jugado con él, ¿se habría quedado?". ¿Es frecuente el sentimiento de culpa o de responsabilidad en los niños ante el fallecimiento de su animal?

En las primeras etapas del desarrollo predomina lo que en psicología llamamos 'pensamiento egocéntrico'. Esto no tiene nada que ver con egoísmo ni con falta de educación. Es una fase evolutiva necesaria, descrita por Piaget, en la que el niño está construyendo su identidad y su forma de entender el mundo.

En esta etapa, el niño tiende a interpretar que lo que ocurre a su alrededor tiene relación directa con él. No porque quiera ser el centro, sino porque aún no ha desarrollado completamente la capacidad de descentrarse y comprender la perspectiva del otro. Por eso, ante una pérdida, aparece con frecuencia la culpa. Pero no es una culpa moral, sino una forma de intentar dar sentido a algo que no comprende. Es, en el fondo, un intento de hacer lo desconocido, más manejable.

A esto se suma el pensamiento mágico, muy presente en estas edades. Los niños pueden creer que sus acciones, pensamientos o deseos tienen un impacto directo en la realidad. Por ejemplo, pueden pensar: “si hubiera jugado más con él”, “si no me hubiera enfadado”, “si me hubiera portado mejor, nada de esto habría pasado". A veces, culparse a sí mismos es menos angustiante que aceptar una realidad mucho más difícil de integrar: que la muerte es irreversible, impredecible y no depende de ellos.

Por eso, el papel del adulto es tan importante en esta fase del duelo. Necesitan mucho acompañamiento, validando la emoción que hay detrás, poniendo palabras a lo que el niño siente y ayudándole a comprender, poco a poco, que lo ocurrido no es su responsabilidad, sin invalidar lo que está sintiendo.

Madre abrazando a su hijo pequeño © Getty Images

¿Qué puede hacer que el duelo en los niños por la pérdida de su mascota no avance como sería deseable?

El mayor obstáculo en el duelo infantil es la invalidación emocional. Muchas veces, con la intención de proteger, los adultos evitan hablar de lo ocurrido, distraen al niño o intentan “sustituir” la pérdida regalándoles otra mascota.

El mensaje implícito que recibe el niño es que lo que siente no es importante, y eso tiene consecuencias, porque cuando una emoción no es reconocida, el niño no puede elaborarla. No aprende a entenderla ni a integrarla, y entonces esa emoción no desaparece y puede aparecer más adelante en forma de irritabilidad, conductas regresivas, somatizaciones o incluso un bloqueo emocional. Necesitan un entorno donde sus emociones sean nombradas, validadas y sostenidas para poder darles sentido.

Otro gran obstáculo es la incoherencia emocional en los adultos. A veces el adulto dice “no pasa nada” o “ya está”, pero su lenguaje no verbal, su tono o su propia dificultad para sostener la situación transmiten lo contrario. Si el adulto evita el tema, cambia de conversación o se muestra incómodo, el niño interpreta que ese dolor no puede compartirse. Y entonces deja de expresarlo… En ambos casos, el efecto es el mismo: el duelo no encuentra un lugar donde procesarse.

Padre e hijo jugando en un parque donde hay un perro© Getty Images

¿Cómo deben acompañar los adultos al niño cuando está reciente la pérdida y ve a otros animales, por ejemplo, en el parque?

Esos momentos son pequeños “recordatorios emocionales”. Pueden despertar tristeza, enfado o incluso evitación. No hay que evitarlos, sino acompañarlos. Lo primero que debemos hacer es poner palabras a lo que está sintiendo en ese momento, nombrar lo que sentimos ayuda a regularlo, y entonces los adultos tienen que acompañar y respetar lo que el niño demanda en la medida de lo posible.

Se puede aprovechar la ocasión también para hablar de la mascota que ya no está y preguntarle qué le recuerda a ella, o qué momento bonito tiene en la memoria. Todo esto, aunque parezca doloroso, ayuda al niño a procesar lo que siente en ese momento. 

Niño triste © Getty Images

En el cuento se insiste en validar los sentimientos del niño y en que la tristeza y el enfado pueden convivir en muchas ocasiones. ¿Qué errores se suelen cometer en este sentido?

Uno de los errores más frecuentes es intentar “ordenar” la emoción: primero tristeza, luego calma, después aceptación. Pero las emociones no funcionan de forma lineal. Pueden convivir, mezclarse y aparecer de forma inesperada. Un niño puede estar triste y, al mismo tiempo, enfadado. Puede parecer que está bien y, de repente, volver a conectar con el dolor.

Incluso las propias fases del duelo no son iguales para todas las personas ni siguen un orden concreto. Intentar encajar lo que sienten en una secuencia lógica responde más a la necesidad del adulto de entender lo que ocurre que a la realidad emocional del niño.

Otro error muy habitual es querer corregir la emoción: “no estés triste”, “no te enfades”, “no pasa nada”. Aunque estas frases suelen salir desde el cuidado, lo que generan es bloqueo. El niño aprende que hay emociones que no son bienvenidas y deja de expresarlas, pero no porque hayan desaparecido, sino porque no encuentran espacio. Más que cambiar la emoción, el objetivo es darle lugar: nombrarla, validarla y sostenerla.

Padre con sus hijos viendo un álbum de fotos© Getty Images

Con la caja de recuerdos, Nacho tiene un lugar al que volver para recordar a Coque. ¿Cómo podemos saber que están preparados para crear esa caja de recuerdos?

La caja de recuerdos es un recurso simbólico muy útil porque permite transformar la ausencia en memoria. Y la memoria no se guarda solo en “ideas”, sino en experiencias sensoriales. El cerebro conecta lo que vemos, tocamos u olemos con las emociones que vivimos en ese momento. Por eso, cuando un niño abre una caja de recuerdos y mira una foto, toca un objeto o reconoce un olor, se activan redes neuronales relacionadas con la memoria (como el hipocampo) y con la emoción (como la amígdala). Entonces no solo recuerda, sino que vuelve a sentir desde un lugar seguro. Esto le permite integrar la pérdida poco a poco, transformando el dolor en recuerdo y manteniendo el vínculo desde la calma.

El momento adecuado suele aparecer cuando el recuerdo ya no es solo dolor, sino también conexión, es decir, cuando el niño puede hablar del animal, recordarlo o hacer preguntas sin desbordarse completamente.

madre con su hija en brazos consolándola© Getty Images

Para los padres, acompañar en un duelo al hijo puede rescatar heridas antiguas, pero también es una oportunidad de sanarlas. ¿Cómo debe ser ese acompañamiento emocional a un menor que ha perdido a su mascota?

Acompañar el duelo de un hijo implica, en muchos casos, reencontrarse con el propio. Y eso remueve. Remueve recuerdos, experiencias no resueltas, formas en las que a uno mismo le enseñaron (o no) a transitar la pérdida. Pero también es una oportunidad enorme. Porque cuando un adulto acompaña desde la presencia, la honestidad y la regulación, está ofreciendo también un lugar seguro donde lo que duele puede sentirse sin miedo.

El niño necesita un adulto que esté, que nombre lo que ocurre, que valide sin prisa y que no intente borrar la emoción. Alguien que pueda sostener un “entiendo que estés triste” sin necesidad de cambiarlo rápidamente por un “ya pasará”.

Los niños aprenden a gestionar lo que sienten a través de la relación. Es en ese vínculo donde se construye la seguridad emocional. El adulto tiene que entender que no evitará el dolor, pero sí puede ayudar mucho a atravesarlo. Y en ese proceso, el niño no solo aprende sobre la pérdida, sino que también entiende que incluso en los momentos difíciles, hay alguien que se queda a su lado incondicionalmente.