Sobre las altas capacidades (AACC) todavía pesan muchos falsos mitos e ideas erróneas que al final dejan desprotegidos a unos menores que también pueden necesitar un apoyo educativo especializado y unas adaptaciones curriculares que no llegan.
Lo sabe bien Cristina Moreno, divulgadora sobre las altas capacidades en su cuenta @aacontracorrienteaacc, madre de un niño con esta condición y autora del libro El tesoro de las altas capacidades. Es, además, fundadora y directora de Vynvia, una plataforma que ofrece de forma gratuita herramientas personalizadas para las familias que necesitan ayuda y orientación a la hora de buscar profesionales especializados que trabajan con las altas capacidades, para que tengan el asesoramiento adecuado en cada caso. Hemos charlado con ellas sobre las dificultades que todavía entraña la evaluación de las AACC.
¿Cuáles son los problemas principales en la detección con los que se encuentran los padres de niños con altas capacidades?
La detección y evaluación de las altas capacidades es un camino que, para muchas familias, se vive como una verdadera carrera de obstáculos, ya que son muchos los problemas con los que se encuentran.
Uno de los primeros problemas al que se enfrentan las familias, y que muchas veces supone uno de los principales obstáculos que les impide avanzar, es la falta de conocimiento y formación de algunos profesionales. Según la LOMLOE (aquí en España), la responsabilidad de la detección y evaluación recae en el sistema educativo, y aquí es donde esta falta de conocimiento por parte de los profesionales educativos supone una barrera para las familias. A día de hoy siguen existiendo muchos mitos y estereotipos, y se suele esperar que el niño o la niña sea excelente en todas las áreas, presente un gran rendimiento académico, sea educado y se muestre motivado. Esto hace que muchos alumnos pasen “bajo el radar” porque no encajan en este estereotipo. Además, cuando las familias son los primeros en detectar y tener sospechas, si el perfil no es el que el docente espera ver, muchas veces tampoco se tiene en cuenta ni se derivan ya que “no lo ven” o a ellos “no les parece”.
Por otro lado, otro gran problema es que no existe un criterio único y universal. Dependiendo de la comunidad autónoma, el modelo, el punto de corte, el procedimiento… puede variar. Esta inconsistencia genera una enorme inseguridad jurídica y educativa para los padres. Así, por ejemplo, hay comunidades autónomas donde se aceptan informes externos, y las familias pueden “saltar” el primer obstáculo que mencionábamos anteriormente acudiendo a centros privados (asumiendo eso sí, un gran desembolso económico). Pero son muchas las comunidades donde esto no se acepta, y si hay sospechas la familia debe luchar con el centro para que el niño sea evaluado. Aquí aparece otro gran problema: los tiempos de la Administración Pública. Los equipos de orientación están saturados, y pueden tardar meses (o años) en realizar una evaluación oficial tras la petición de los padres. A veces, incluso aunque las sospechas vengan desde el propio centro, la falta de personal prioriza casos de dificultad de aprendizaje o problemas de conducta grave, dejando las altas capacidades en lista de espera indefinida.
¿Es habitual entonces que las familias tengan que insistir para que sus hijos sean valorados porque perciben que su desarrollo no es el habitual?
Lamentablemente, sí, es lo habitual. La mayoría de los informes no parten de una detección proactiva del centro escolar (aunque hay excepciones), sino de la insistencia (y muchas veces el desgaste) de las familias.
En muchas ocasiones, las primeras sospechas de que su desarrollo no es el habitual suele venir por parte de los padres. Esto es debido, por un lado, a que en casa suelen ser ellos mismos, más curiosos y motivados al poder centrarse en lo que realmente les apasiona, mientras que en el colegio muchos se camuflan para encajar o se muestran aburridos, desmotivados y desconectados ante actividades repetitivas y poco profundas. Además, por otro lado, es muy habitual que en los centros educativos busquen el rendimiento académico para detectar las altas capacidades (algo que es un gran error, ya que es un mito. Hay muchos perfiles y no todos deben mostrar un alto rendimiento).
¿Qué sucede una vez que el centro acepta evaluar al escolar?
Una vez el centro accede a evaluar, los padres se suelen enfrentar a otros muros más en el reconocimiento oficial. El primer gran obstáculo es el uso de pruebas desactualizadas, inadecuadas, incompletas, etc. La evaluación de altas capacidades debe ser una evaluación holística y multidisciplinar, que respete los tiempos del niño y que se lleve a cabo en un entorno que no perjudique su desarrollo. Pero en los centros muchas veces nos encontramos con que la evaluación se reduce exclusivamente a la aplicación de un test de inteligencia, realizado en varias sesiones robadas de su tiempo de recreo o de asignaturas que le gustan, sacado de su entorno de confianza, separado de sus compañeros y realizadas desde el minuto uno con prisas ante un desconocido al cual no tiene tiempo de conocer para sentirse cómodo. Todo esto, junto con el cansancio acumulado tras las horas de clase, los exámenes que puedan tener en mente… puede afectar negativamente a su rendimiento en los test.
A la hora de analizar los resultados, muchos centros siguen exigiendo un cociente intelectual (CI) determinado (120/130, dependiendo de la comunidad autónoma) para aceptar las altas capacidades. Esto deja muchos perfiles fuera, ya que podemos estar ante niños con un talento simple donde destacan mucho en un área, pero en el resto están en la media (o incluso por debajo) y su CI no llega a esos valores. Perfiles de doble excepcionalidad donde las dificultades de una opacan las fortalezas de la otra y viceversa, y en los que si no se sabe observar muchas veces pasan desapercibidos al no mostrar el CI esperado. Incluso perfiles muy altos que, debido a situaciones concretas que afectan a su bienestar emocional, no son capaces de reflejar todo su talento en los test. De este modo, el análisis de resultados se convierte a menudo en una 'dictadura del número'. Se prioriza un CI total que, en casos de doble excepcionalidad o talentos simples, queda diluido por la media aritmética, negando al alumno la ayuda que legalmente le corresponde.
A todo esto, hemos de sumar el temor de muchos a ser vistos como padres ambiciosos que quieren que su hijo sea “especial”. Este sentimiento, aumentado recientemente por comentarios y noticias, evita o retrasa la comunicación de muchas familias con los centros educativos ante las sospechas que puedan surgir en casa.
¿Desde qué edad se pueden evaluarse las altas capacidades?
Las altas capacidades se pueden empezar a evaluar desde edades muy tempranas. Sin embargo, la respuesta varía según si atendemos a la normativa legal o a la praxis habitual de los centros educativos.
La normativa vigente en España pone el foco en la detección precoz y en la intervención inmediata. Esperar a los 6 años (como hacen muchos centros) contraviene este principio de atención temprana. Pero muchos orientadores se resisten a evaluar en Infantil basándose en que “los resultados no son definitivos”. Esto es debido a que se suele hablar de precocidad intelectual en esta etapa en la que el cerebro está en pleno desarrollo y la madurez cognitiva aún no es estable. No obstante, que un perfil sea “provisional” y se deba volver a evaluar en un futuro, no le resta importancia. Si existe una necesidad educativa hoy, debe atenderse hoy para evitar la desmotivación, la pérdida de curiosidad innata… Es decir, la falta de una “etiqueta definitiva” no debería justificar la falta de respuesta educativa.
Por tanto, la detección debería iniciarse en el momento en el que se observan los primeros indicios (y a partir de que haya pruebas válidas para evaluar). No con el objetivo de poner un sello para siempre, sino de comprender la arquitectura cognitiva del niño para ofrecerle el entorno que necesita ahora.
¿Cómo varían las pruebas para determinarlo dependiendo de la edad del niño?
Las pruebas para determinar las altas capacidades evolucionan conforme el cerebro del niño se desarrolla. El objetivo siempre es el mismo (medir el potencial), pero las herramientas cambian para adaptarse a la capacidad de expresión, atención y madurez motora de cada etapa.
A edades muy tempranas, la evaluación suele comenzar con los adultos. Encontramos test que se basan en la adquisición de hitos del desarrollo, los padres rellenan cuestionarios sobre la precocidad en el lenguaje, la motricidad, la curiosidad…. Podemos encontrar también escalas de observación, mediante las cuales el docente y la familia aportan información sobre cómo el niño interactúa con el aprendizaje y sus iguales.
Respecto a las pruebas directas, que son pasadas por los niños, a estas edades están diseñadas para ser lúdicas y breves, ya que los niños tienen tiempos de atención más cortos, y su psicomotricidad aún está en desarrollo. Se utilizan muchos materiales manipulativos y dibujos. Se evalúa más lo que el niño hace y dice que lo que el niño escribe. A esta edad es muy importante la observación: el evaluador debe estar muy atento a cada detalle.
A medida que el niño crece, las pruebas con las que es evaluado empiezan a mezclar tareas verbales con tareas de lápiz y papel. Las pruebas se vuelven más abstractas y complejas, eliminando los elementos infantiles y subiendo el nivel de dificultad para evitar el “efecto techo”. No obstante, independientemente de la edad, una evaluación rigurosa nunca debe limitarse a un test de inteligencia. Par obtener una imagen real del perfil del niño deben incorporarse pruebas que analicen el perfil cognitivo, creativo, emocional y contextual del alumno.
¿Qué profesionales son los más adecuados para hacer esta evaluación y cuáles no serían recomendables para ello?
Las altas capacidades no son una patología ni un trastorno, por ello no se diagnostican, sino que se identifican y evalúan. Esto abre el abanico de profesionales que, por su profesión, están plenamente habilitados para realizar este proceso. El profesional oficialmente habilitado y capacitado para evaluar las altas capacidades es el psicólogo (preferiblemente clínico o sanitario). Pero los pedagogos y psicopedagogos también están habilitados para realizar esta evaluación, especialmente en el contexto educativo. La colegiación es el signo de garantía. Estar colegiado garantiza que el profesional está sujeto a un código deontológico y que su titulación es válida para emitir informes con validez oficial.
Pero la titulación y la colegiación únicamente habilitan legalmente, pero es la especialización la que garantiza que la evaluación sea útil y no se quede en un simple número de CI. Las altas capacidades son muy heterogéneas y complejas, y sus test requieren de cierta formación y conocimiento. Es por esto que no serían recomendables profesionales no especializados en altas capacidades.
Una vez con el informe en la mano, ¿qué beneficios o ventajas tiene a distintos niveles como el escolar?
Tener un informe de altas capacidades no es (como muchos creen) tener una “etiqueta”. En España, bajo el marco legal de la LOMLOE, este documento (si es pasado por el centro educativo o reconocido por este) reconoce al alumno como alumno de necesidades específicas, por lo que por ley debería ser atendido por el centro educativo mediante adaptaciones curriculares (en caso de ser necesarias).
Por otro lado, el informe oficial abre puertas a recursos que, de otro modo son inaccesibles: becas y ayudas del Ministerio, programas de enriquecimiento, etc. Pero, sin duda, el beneficio más importante es el autoconocimiento. Para el niño o la niña entender por qué se siente “diferente”, por qué nota que no encaja reduce la culpa y el sentimiento de ser “raro”. Para la familia, el informe confirma sus percepciones y les da seguridad para defender los derechos de su hijo frente al centro y ante el entorno social.
No obstante, es importante destacar que el informe es el documento que otorga el derecho, pero este no viene automáticamente. Los padres deben seguir luchando para asegurar las medidas escolares, para solicitar las ayudas y subsidios…
¿Desde qué edad se puede comentar al niño que tiene altas capacidades y cuál es la forma adecuada de hacerlo para que lo integre bien? ¿Le ayuda saber de su condición especial?
Este es uno de los grandes miedos de las familias ¿Contárselo o no contárselo? ¿Cuándo? A veces la gente cree que decirle a un niño que tiene altas capacidades puede hacer que se sienta “superior” o “etiquetado”, que le genere presión o incluso la necesidad de cumplir las expectativas de los demás, pero la información y el autoconocimiento son una herramienta esencial.
No hay una edad adecuada. Lo ideal es cuando el niño empiece a notar que es diferente, que algo no encaja… A edades muy tempranas ya suelen percibir que sus intereses no coinciden con los de sus amigos, que aprenden cosas sin esfuerzo mientras otros necesitan más tiempo, que comprenden las reglas del juego a la primera mientras a los demás se las han de explicar varias veces…. Si no les damos una explicación, ellos empiezan a ver que algo no encaja, y suelen pensar que ellos son el problema.
Si se ha realizado una evaluación y hay un informe, el niño tiene derecho a conocer su perfil. Esconderlo puede corroborar sus creencias de que el problema está en él. Saberlo le ayuda, pero no por la “etiqueta”, sino por la comprensión de su propio funcionamiento. Le ayuda a poner nombre a lo que siente, a conocerse y a entender el motivo de esas diferencias que estaba sintiendo.
Pero no solo necesitan saber que tienen altas capacidades, o su CI, necesitan comprender qué son realmente las altas capacidades, que representa en concreto su perfil, sus fortalezas y debilidades. La forma en que se lo comuniquemos determinará si lo vive como un privilegio arrogante, como algo malo y negativo, o como una característica personal más. Es muy importante:
- Enfocarlo como una característica más, algo más que se junta a muchas otras características que lo definen, no la exclusividad de quién es.
- Que entienda que tener altas capacidades es una capacidad potencial, no un resultado, desmitificando así el éxito garantizado y remarcando la importancia del esfuerzo y la constancia.
- Normalizar la diferencia. Hacerle ver que todos tenemos perfiles distintos y que eso no es mejor ni peor; simplemente es diferente.
- Evitar las expectativas de perfección. Quitarle la presión del famoso mito “tienes que ser el mejor en todo porque eres listo” es fundamental para evitar la ansiedad y el perfeccionismo insano.
Decírselo no debe ser como darle un trofeo, sino más bien como darle un manual de instrucciones para que aprenda a manejarse. Y para hacerlo lo mejor es elegir un momento tranquilo, usar el término altas capacidades con naturalidad, hacerlo con un lenguaje apropiado a su capacidad cognitiva para que pueda comprenderlo y preguntando en todo momento qué siente. Mantener una charla fluida, aportando nuestra experiencia, poniendo conocidos como ejemplo y escuchando sin juzgar es la mejor manera de introducirles en las altas capacidades hacia un autoconocimiento sano y una autoestima fuerte.












