María Branyas vivió 117 años y 168 días. Cuando falleció, en agosto de 2024, era la persona más longeva del mundo y uno de los casos que más interés despertó entre los científicos que estudian el envejecimiento.
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¿Cómo era posible alcanzar esa edad y conservar un estado de salud tan bueno? La respuesta no estaba en un único secreto, claro. Los investigadores apuntan a varios elementos que actuaron juntos a lo largo de su vida: una genética favorable, hábitos saludables mantenidos durante décadas y una microbiota que parecía mucho más joven de lo que correspondía a su edad.
Entre sus rutinas diarias había una que llamó especialmente la atención: comía tres yogures al día desde hacía años. ¿Puede un alimento influir en la longevidad? Es fácil dejarnos llevar por el deseo de vivir tantos años como esta supercentenaria y pensar que basta con aumentar el consumo de yogur. Sin embargo, nuestro organismo no funciona de una forma tan sencilla y no existen alimentos milagro.
Lo que sí saben los expertos es que algunos hábitos pueden favorecer una microbiota más saludable, y precisamente ahí encontraron una de las pistas más interesantes del caso de María Branyas.
María Branyas Morera, nacida en 1907 en San Francisco y fallecida en 2024 en Olot, llegó a ser la persona más longeva del mundo con 117 años
Una microbiota propia de una persona más joven
Durante años pensamos que la salud dependía exclusivamente de nuestras células. Sin embargo, hoy sabemos que convivimos con microorganismos que desempeñan funciones esenciales para el organismo. Habitan en la piel, la boca o el intestino, pero es este último el que concentra gran parte del interés científico actual.
La microbiota está formada por billones de microorganismos que viven principalmente en el intestino y que intervienen en procesos tan importantes como la digestión, el funcionamiento del sistema inmunitario, el metabolismo o la regulación de la inflamación.
Y precisamente la inflamación es uno de los procesos más relacionados con el envejecimiento. A medida que cumplimos años aumenta la tendencia a desarrollar una inflamación crónica de bajo grado que favorece la aparición de enfermedades cardiovasculares, diabetes, deterioro cognitivo y otras patologías asociadas a la edad.
Sin embargo, los análisis realizados a Branyas mostraban niveles de inflamación especialmente bajos para una persona de su edad, explica Esteller.
Además, la composición de su microbiota presentaba características más propias de personas considerablemente más jóvenes, un hallazgo que llamó la atención de los investigadores por su posible relación con el buen estado de salud que mantuvo hasta edades muy avanzadas. ¿Tenían que ver los yogures?
Cuando se habla de microbiota, enseguida aparecen relacionados alimentos como el yogur o el kéfir. Y no es casualidad. "Los yogures aportan probióticos, bacterias vivas capaces de reforzar nuestro sistema inmunitario", afirma Esteller. Como recuerdan los investigadores, Branyas consumía tres yogures al día de forma habitual.
Ahora bien, el experto insiste en que ningún alimento por sí solo explica una vida tan larga. La salud intestinal depende de muchos más factores y uno de los más importantes es la fibra.
Presente en verduras, frutas, legumbres y cereales integrales, la fibra sirve de alimento para muchas de las bacterias beneficiosas que viven en el intestino. Por eso, los especialistas recomiendan observar el conjunto de la dieta y no centrarse únicamente en un producto concreto.
En otras palabras, los yogures pueden ser una pieza más del puzle, pero no sustituyen una alimentación equilibrada ni unos hábitos saludables mantenidos durante años.
Otro de los hallazgos que más sorprendió a los científicos fue la diferencia entre la edad cronológica de María Branyas y su edad biológica. La primera es la que marca el calendario. La segunda intenta medir el grado real de envejecimiento del organismo a través de distintos marcadores celulares.
Según detalla Esteller, los relojes epigenéticos de Branyas indicaban una edad biológica aproximadamente 20 años inferior a la que cabría esperar para una persona de su edad. En otras palabras, sus células parecían envejecer más lentamente que las de la mayoría de la población.
La genética pudo darle una ventaja inicial, pero los expertos creen que los hábitos cotidianos también desempeñaron un papel importante. De hecho, cuando los investigadores analizan a personas que alcanzan edades excepcionales suelen encontrar algunas características que se repiten con frecuencia.
"Cuando estudiamos a los centenarios y supercentenarios vemos que la mayoría no han sido fumadores ni bebedores", señala Esteller. A partir de ahí, el genetista defiende un patrón alimentario sencillo y alejado de las dietas extremas: verduras, alimentos fermentados, yogur, pescado azul, carne blanca y abundante fibra.
También destaca la importancia de mantener un peso saludable. No solo por sus beneficios cardiovasculares o metabólicos. "Sabemos que la obesidad se asocia a un peor pronóstico en muchos tipos de cáncer", recuerda el experto.
Las personas con obesidad suelen presentar una menor supervivencia en distintos tumores y, según algunos estudios, el exceso de grasa corporal puede favorecer procesos que ayudan al crecimiento tumoral.
Junto a la alimentación, el ejercicio físico aparece una y otra vez en las investigaciones sobre envejecimiento saludable. "Las personas que realizan ejercicio físico responden mejor al tratamiento contra el cáncer", afirma Esteller.
Diversos estudios han mostrado que la actividad física regular puede mejorar tanto la supervivencia como el pronóstico de algunos pacientes. Además, ayuda a preservar la masa muscular, protege la salud cardiovascular y favorece un envejecimiento más saludable.
Lo que nos enseña el caso de María Branyas
Si algo demuestra el caso de María Branyas es que la longevidad rara vez depende de un único alimento o de una fórmula secreta.
Los tres yogures que consumía cada día probablemente fueron una pieza más dentro de una rutina mantenida durante décadas: una alimentación equilibrada, una microbiota saludable, actividad física regular y la ausencia de factores de riesgo como el tabaquismo.
La salud emocional, la socialización, evitar el aislamiento, la curiosidad también son hábitos que influyen en la longevidad. De hecho, María Branyas hablaba con frecuencia de la importancia de las relaciones personales. Es más, cuando le preguntaban por el secreto de su longevidad, citaba aspectos como "una buena conexión con la familia y los amigos".
Nadie puede asegurar que estos hábitos permitan vivir 117 años. Pero sí parecen aumentar las probabilidades de llegar a edades avanzadas con una mejor calidad de vida. Esa es, probablemente, la lección más útil que deja la mujer más longeva del mundo.