Entrevista

José Luis Marín, médico psicoterapeuta: "Cuando alguien entiende que su dolor de espalda crónico puede tener relación con años de tensión acumulada, algo cambia"


Este experto reflexiona sobre cómo cuidarnos de verdad y nos ayuda a entender la conexión entre cuerpo, emociones y vida cotidiana, ya que puede cambiar la forma en que afrontamos el dolor y el malestar.


Mujer sonriendo con un jersey rosa de manga corta © Getty Images
5 de marzo de 2026 a las 18:19 CET

En un momento en el que el término “salud mental” aparece cada vez con más frecuencia, algunos profesionales empiezan a cuestionar si esa forma de nombrar el malestar humano se ha quedado demasiado corta. Entre ellos está el médico psicoterapeuta José Luis Marín, que defiende una visión mucho más amplia de la salud, en la que cuerpo, emociones y contexto vital forman parte del mismo sistema.

“Cuando alguien entiende que su dolor de espalda crónico puede tener relación con años de tensión acumulada, algo cambia”, explica. Para él, muchos síntomas físicos y emocionales no pueden comprenderse si se observan de manera aislada. 

En esta entrevista reflexiona sobre la fragmentación de la medicina, el peso de la infancia en la salud adulta o el papel del estilo de vida. Una conversación que invita a mirar la salud de una manera más completa.

Dr. José Luis Martín, médico psicoterapeuta
Dr. José Luis Martín, médico psicoterapeuta

Usted afirma que "la salud mental no existe". ¿Qué quiere decir exactamente con esa frase y por qué considera que es importante cuestionar ese concepto?

La frase es una provocación necesaria. Digo que no existe porque no puede existir como entidad separada. Es una abstracción administrativa, una conveniencia burocrática que hemos convertido en realidad clínica. Tenemos ministerios de salud mental, planes de salud mental, profesionales de salud mental, y todo eso ha terminado por convencernos de que hay una salud que ocurre del cuello para arriba y otra que ocurre del cuello para abajo. Pero el ser humano no funciona así. El cerebro está íntimamente conectado con el intestino, con el sistema inmunitario, con las glándulas suprarrenales. No hay nada que ocurra en lo psíquico que no resuene en lo corporal, y viceversa.

Lo que tenemos es salud, a secas. Una salud que necesita tres pilares para sostenerse: lo biológico, lo psicológico y lo social. Quitar cualquiera de ellos es garantizar que la cosa se caiga. Y, sin embargo, hemos construido sistemas enteros dedicados a mirar solo una de ellas. El resultado lo vemos todos los días: personas que van de especialista en especialista, de psicólogo a reumatólogo a gastroenterólogo, sin que nadie las mire enteras. Cuestionar el concepto de salud mental es empezar a cuestionar esa fragmentación.

La tristeza, que es una emoción necesaria, la que te permite parar y reflexionar, la que abre la puerta al cambio, se ha convertido en algo que hay que eliminar lo antes posible

Dr. José Luis Marín

También ha sido muy crítico con el DSM y con la proliferación de diagnósticos. ¿Cree que estamos medicalizando el sufrimiento cotidiano?

El DSM es un catálogo de las manifestaciones del sufrimiento humano, nada más. Tiene su utilidad para que los profesionales nos pongamos de acuerdo en los nombres, para la investigación, para las estadísticas. El problema es cuando confundimos el catálogo con la realidad. Que exista una categoría llamada "trastorno de ansiedad generalizada" no significa que esa cosa exista en la naturaleza como existe un virus o una bacteria. Es una convención, una manera de agrupar síntomas. Pero hemos terminado creyendo que los diagnósticos son entidades reales que habitan dentro de las personas.

Y sí, estamos medicalizando el sufrimiento cotidiano. La tristeza, que es una emoción necesaria, la que te permite parar y reflexionar, la que abre la puerta al cambio, se ha convertido en algo que hay que eliminar lo antes posible. El miedo, que es una señal de alarma legítima, se transforma en "trastorno" y se trata con benzodiacepinas. Hemos perdido la capacidad de tolerar el malestar, de entender que ciertas formas de sufrir son respuestas normales a circunstancias anormales. Si vives en precariedad, si trabajas doce horas, si no tienes red social, si no llegas a fin de mes, lo raro sería que no estuvieras ansioso.

Mujer en pijama blanco y amarillo sentada en cama con un despertador y una planta en la mesa.© Adobe Stock

Habla de una visión psicosomática y biopsicosocial. En la práctica, ¿cómo cambiaría una consulta médica si realmente integrara biología, emociones y contexto social?

Cambiaría radicalmente, empezando por el tiempo. No se puede conocer a una persona en seis minutos. Haría falta sentarse, mirar a los ojos, preguntar no sólo qué síntomas tienes sino cómo vives, con quién vives, de qué trabajas, qué te preocupa, qué te pasó. Haría falta escuchar sin estar tecleando en el ordenador. Parece básico, pero se ha vuelto revolucionario.

Una consulta así exploraría la conexión entre lo que el paciente cuenta hoy y lo que ha vivido antes. Cuando alguien entiende que su dolor de espalda crónico puede tener relación con años de tensión acumulada, cuando puede vincular su gastritis con una situación laboral insostenible, algo cambia. No es magia. Está demostrado que esa asociación entre lo corporal y lo biográfico tiene efecto terapéutico por sí misma. Pero para eso el profesional tiene que querer mirar, tiene que haber sido formado para mirar, y tiene que tener condiciones laborales que le permitan mirar. Ahí es donde el sistema actual falla estrepitosamente.

También implicaría salir del consultorio. Preguntar por el barrio, por la vivienda, por el trabajo, por la red de apoyo. Entender que a veces lo que enferma no está dentro del paciente sino en las condiciones en que vive. Y eso ya es político, claro. Lo psicológico siempre es político, aunque nos cueste aceptarlo.

La química cerebral alterada que encontramos en una persona deprimida no cayó del cielo, es el resultado de un proceso. Años de estrés sostenido, de dormir mal, de comer a las apuradas, de no moverse, de vivir en alerta permanente

Dr. José Luis Marín

Señala que muchas enfermedades se originan en nuestros estilos de vida. ¿Hasta qué punto la alimentación, el entorno urbano o el estrés social influyen más que la química cerebral?

Influyen mucho más, y además son previos. La química cerebral alterada que encontramos en una persona deprimida no cayó del cielo, es el resultado de un proceso. Años de estrés sostenido, de dormir mal, de comer a las apuradas, de no moverse, de vivir en alerta permanente por la precariedad, van dejando una huella inflamatoria en el organismo. Esa inflamación crónica de bajo grado afecta a las articulaciones, al intestino, al corazón, y también al cerebro. Las alteraciones en neurotransmisores son el final de la cadena, no el principio.

Hemos cambiado radicalmente nuestra forma de vivir en muy pocas décadas. Los ritmos circadianos, que durante miles de años estuvieron regulados por la luz del sol, ahora están sometidos a pantallas que emiten luz azul a las dos de la madrugada. La alimentación se ha industrializado hasta volverse irreconocible. El movimiento, que era parte inevitable de la vida cotidiana, ahora hay que "hacerlo" como actividad separada, ir al gimnasio, porque el resto del día transcurre sentado. Y todo esto lo hemos hecho creyendo que era gratis, que el cuerpo se adaptaría sin consecuencias. Pero la factura ha llegado, y la estamos pagando con esta explosión de malestar que luego etiquetamos como "epidemia de salud mental".

Madre e hija de pie boca abajo sobre la alfombra en casa© Getty Images

La infancia ocupa un lugar central en su planteamiento. ¿Cómo impactan las experiencias tempranas en la salud global décadas después?

El ser humano nace con un cerebro extraordinariamente inmaduro. A diferencia de otros mamíferos, que a las pocas horas de nacer ya caminan, nosotros llegamos al mundo completamente indefensos y dependientes. Esa indefensión tiene una razón evolutiva. Permite que el cerebro se termine de desarrollar fuera del útero, en contacto con el ambiente, moldeado por las experiencias. Y las experiencias más determinantes son las relacionales. El cerebro del bebé se construye en el vínculo con sus cuidadores.
Si ese vínculo es suficientemente bueno, si hay presencia, mirada, sintonía, el sistema nervioso aprende a regularse. El niño incorpora la capacidad de calmarse, de tolerar la frustración, de confiar en que el mundo es un lugar relativamente seguro. Pero si hay carencias, negligencia, falta de sintonía sostenida, el sistema nervioso queda configurado para la alerta permanente. Eso no desaparece, queda inscrito en el cuerpo, en las conexiones neuronales, en la forma de responder al estrés.

Décadas después, esa persona puede aparecer en la consulta con síntomas que parecen no tener explicación. Dolor crónico, fatiga, ansiedad flotante, relaciones que siempre terminan mal. Los estudios son contundentes. Las experiencias adversas en la infancia se correlacionan no solo con trastornos mentales sino con enfermedades autoinmunes, cardiovasculares, metabólicas. El cuerpo lleva la cuenta de todo lo que vivimos, especialmente de lo que vivimos cuando aún no teníamos palabras para nombrarlo.

La neuroplasticidad nos enseña que una psicoterapia bien hecha puede revertir parte del daño. Las conexiones neuronales disfuncionales que se establecieron en la infancia pueden reorganizarse

Dr. José Luis Marín

Si dejamos de hablar de "salud mental" como algo separado, ¿qué debería hacer una persona que hoy sufre ansiedad o depresión y no quiere reducir su malestar a un diagnóstico?

Lo primero es saber que tu dolor es legítimo. El discurso dominante te dice que algo está mal en tu cerebro, que tienes un desequilibrio químico, que eres portador de un trastorno. Eso genera una identidad de enfermo que muchas veces empeora las cosas. Hay que recuperar la idea de que lo que sientes puede ser una respuesta comprensible a lo que has vivido y a las condiciones en que vives. No es que estés roto, es que has atravesado cosas difíciles y tu organismo está respondiendo.
Después, buscar a alguien que pregunte, que se interese por tu historia, que te mire. Que no esté tecleando mientras le cuentas lo que te pasa. Hay cada vez más profesionales que trabajan así, aunque todavía son minoría. Si sientes que tu historia cuenta, podrás contar tu historia. Y contarla es el primer paso. Porque el silencio hace más daño que la propia experiencia traumática. Mantener esa experiencia aislada, no poder compartirla, genera una situación de estrés crónico que limita la posibilidad de escapar.

La buena noticia es que, si algo se rompió en la relación, puede reconstruirse en la relación. La neuroplasticidad nos enseña que una psicoterapia bien hecha puede revertir parte del daño. Las conexiones neuronales disfuncionales que se establecieron en la infancia pueden reorganizarse. No estás condenado a sufrir eternamente porque tu cerebro vino defectuoso de fábrica. Tu historia cuenta, y contarla es el primer paso para poder reescribirla.

Dos mujeres con gafas de sol disfrutando de helados en un día soleado.© Getty Images

Por último, ¿cómo debemos empezar a cuidarnos de verdad y de una manera global?

Hay que empezar por aceptar que no hay atajos. Vivimos en una cultura de la inmediatez donde todo se resuelve con un clic, una app, una pastilla. Pero el cuerpo no funciona así. Los daños acumulados durante años no se revierten en una semana, y las soluciones rápidas suelen ser parches que tapan el síntoma mientras el problema sigue creciendo debajo.
Cuidarse de verdad implica revisar cómo dormimos, cómo comemos, cuánto nos movemos, qué consumimos a través de las pantallas. Los informativos y las redes sociales nos mantienen en un estado de activación permanente, de indignación y miedo, que tiene consecuencias fisiológicas reales. Apagar eso no es evasión, es higiene básica. Leer un libro en lugar de hacer scroll infinito no es un lujo de intelectuales, es una forma de recuperar el tiempo interior, de activar zonas del cerebro que las redes atrofian.

Pero el cuidado más importante es relacional. Somos mamíferos sociales, nos construimos en el vínculo con otros y seguimos necesitándolo toda la vida. Invertir en relaciones, cultivar amistades, estar presente con la familia, participar en comunidad, no es accesorio, es la base sobre la que se sostiene todo lo demás. Puedes comer perfecto y hacer ejercicio todos los días, pero si estás solo, si no tienes a nadie que te mire y te escuche, algo fundamental va a faltar. El tejido social que hemos ido destruyendo en nombre del progreso y la eficiencia es exactamente lo que necesitamos reconstruir si queremos hablar en serio de cuidarnos.

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