¿Cuántos pensamientos podemos tener al día? Se decía que alrededor de 50.000 aunque es un mito ya desterrado. El estudio más reciente y más fiable sobre este dato se publicó en 2020 en la revista médica Nature Communications. El objetivo de este trabajo de neurociencia era conocer la tasa de transición de pensamientos y su relación con el rasgo de neuroticismo (teoría del ruido mental). Se estableció que tenemos alrededor de 6.000 pensamientos al día. A día de hoy, es la cifra más fiable.
Los autores del estudio subrayaron que no todos los pensamientos son grandes ideas. Muchos son repeticiones, automatismos. Ahora párate a reflexionar: ¿cuántos de ellos son útiles? Es decir, ¿te ayudan en tu bienestar? ¿Los hay que responden a la realidad o son solo una anticipación de un futuro que no existe aún?
Lo importante no son los pensamientos en sí, sino cómo te relacionas con ellos, qué lugar ocupan, cuál es el significado que les das y cómo te hacen sentir. Partiendo de esto, hablamos con el educador Diego Olivar, que ha publicado el libro Pon freno a tus pensamientos. Este autor nos hace plantear ideas preconcebidas (y erróneas) como que somos lo que pensamos. Y también nos explica cuál es su idea de vivir bien. En este sentido, aprender a pensar también es importante.
Hemos charlado con él también sobre la felicidad y de todas esas frases motivacionales que, en muchas ocasiones, no nos hacen ningún bien, sino que nos someten a un estado de presión, de exigencia que nos genera frustración y culpa. ¿La conclusión? Si nos centramos en entender lo que pasa en nuestra cabeza en vez de luchar, quizá podamos alcanzar una mayor serenidad y paz interior.
A veces no necesitamos motivación, sino comprensión. No necesitamos empujarnos más fuerte, sino dejar de pelearnos con lo que sentimos. Porque paradójicamente, cuando dejamos de exigirnos estar siempre bien, empezamos a estar mejor de verdad.
¿Qué son los 'okupas mentales'?
En su libro cuestiona ideas muy arraigadas como "querer es poder" o "ser feliz es lo más importante". ¿Por qué cree que estas frases pueden perjudicar más que ayudar?
Esas frases funcionan bien como eslóganes, pero la vida no es un cartel motivacional.
En el libro propongo cambiar el enfoque: no se trata de repetir frases bonitas tipo Mr Wonderful, sino de construir una relación más honesta con nuestros pensamientos. A veces no necesitamos motivación, sino comprensión. No necesitamos empujarnos más fuerte, sino dejar de pelearnos con lo que sentimos. Porque paradójicamente, cuando dejamos de exigirnos estar siempre bien, empezamos a estar mejor de verdad.
Usted habla de "okupas mentales". ¿Cómo puede un lector identificar si un pensamiento está ocupando su mente de forma perjudicial?
Yo utilizo la metáfora de los "okupas mentales" porque hay pensamientos que no solo aparecen, sino que se instalan, toman el control y empiezan a cuestionar cómo te sientes y cómo actúas.
Un lector puede empezar a identificarlos con una señal bastante clara: el efecto que dejan. Los pensamientos, a veces son cantos de sirena. Prometen orden, explicación o incluso alivio, y te invitan a seguir su hilo… pero cuando llegas al final, no hay solución, hay más enredo. Te dejan atrapado, solo frente al malestar.
Un buen criterio es este: si un pensamiento no te acerca a una paz honesta, no a una paz artificial o evasiva, sino que te mete en espirales de preocupación, culpa o angustia, probablemente estás ante un "okupa". No porque pensar sea malo, sino porque ese tipo de pensamiento no resuelve, solo alimenta el sufrimiento.
Y aquí hay algo importante: muchas veces no es que esos pensamientos entren por la fuerza, es que nosotros dejamos la puerta entreabierta sin darnos cuenta. Nos enganchamos, los seguimos, los creemos sin cuestionarlos. Por eso hablo de responsabilidad, no en un sentido de culpa, sino de conciencia. Darnos cuenta de qué pensamientos estamos dejando quedarse es un punto de inflexión.
Al final, no se trata de controlar todo lo que pensamos, sino de hacernos responsable de lo más importante que tenemos que son nuestros pensamientos.
Vivimos rodeados de discursos sobre felicidad. ¿En qué momento cree que la felicidad dejó de ser una emoción para convertirse en una obligación?
Desde que nacemos ya aparece ese mensaje: "hijo, lo más importante es que seas feliz". La intención es buena, pero nadie nos explica cómo, ni qué significa realmente eso. Y ahí empieza el problema: convertimos algo natural y cambiante en una especie de mandato difuso que tenemos que cumplir.
La felicidad, en ese contexto, deja de ser una emoción para convertirse en una medida. Se cuantifica: eres feliz o no lo eres. Se compara: tiene éxito, pero no es feliz. Se promete: las marcas, los discursos sociales, incluso ciertos enfoques de la psicología popular, nos venden la idea de que hay caminos claros hacia ella. Y entonces la felicidad deja de ser una experiencia para convertirse en una meta. Y cuando buscas un destino sin entender el camino, lo más probable es perderte. De hecho, eso es lo que reflejan muchos datos actuales: más herramientas, más discurso sobre bienestar y también más desconexión y malestar.
Sería liberador quitarle tanto peso a la palabra felicidad, porque la hemos convertido en una exigencia constante y cuando algo se convierte en obligación, deja de ser natural.
Hay una idea que resume muy bien esta paradoja: cuanto más buscamos la felicidad como objetivo directo, más nos alejamos de ella. Quizá la idea no sea perseguirla, sino construir una vida con sentido, donde quepan también la duda, la incomodidad y los momentos difíciles. Paradójicamente, es ahí donde la felicidad aparece… pero ya no como meta, sino como consecuencia.
Estar feliz depende en gran medida de lo que pasa fuera;ser feliz tiene más que ver con cómo nos relacionamos con lo que pasa. Cuando entiendes esto, dejas de exigirte una alegría permanente y empiezas a construir algo más sólido
La presión por ser felices nos convierte en infelices
Usted diferencia entre "estar feliz" y "ser feliz". ¿Por qué es importante esta distinción?
La distinción es clave porque estamos mezclando dos planos completamente distintos. Estar feliz es un estado emocional puntual, ligado muchas veces a estímulos inmediatos, a esa lógica más dopaminérgica del corto plazo: algo ocurre, me gusta, me activa, y siento bienestar. Es legítimo, necesario incluso, pero es inestable por naturaleza.
Ser feliz, en cambio, no tiene que ver con estar permanentemente alegre ni con eliminar emociones incómodas. Es un estado más profundo, más estructural. Aquí ya no hablamos de picos emocionales, sino de una forma de estar en la vida. Como apuntaba José Ortega y Gasset, "podemos atravesar tristeza, enfado o incertidumbre y, aun así, sostener un cierto equilibrio interno si hay comprensión y aceptación de lo que nos ocurre".
El problema hoy es que confundimos ambos niveles. Intentamos convertir el estar feliz en algo constante, y eso nos lleva a una persecución agotadora de estímulos, experiencias o resultados que mantengan ese estado. Pero la emoción, por definición, fluctúa. No está diseñada para quedarse.
Por eso la distinción importa: porque estar feliz depende en gran medida de lo que pasa fuera; ser feliz tiene más que ver con cómo nos relacionamos con lo que pasa. Y ahí es donde hay margen real de trabajo personal. Cuando entiendes esto, dejas de exigirte una alegría permanente y empiezas a construir algo más sólido: una estabilidad que no niega el malestar, pero tampoco se rompe con él.
¿Qué impacto tiene esa presión por ser felices constantemente en nuestra salud mental?
El impacto es más profundo de lo que parece, porque no hablamos solo de una idea cultural, sino de una exigencia constante basada en un elitismo emocional que termina moldeando cómo nos tratamos por dentro.
Para empezar, genera desgaste. Si sientes que deberías estar disfrutando cada momento, acabas analizando continuamente si estás siendo lo suficientemente feliz. Ese "disfruta como si fuese el último día" puede convertirse en una trampa: en lugar de vivir, evalúas. Y cuando comparas tu experiencia real con ese ideal, casi siempre sales perdiendo.
Además, introduce una presión imposible. Pretender estar bien todo el tiempo va en contra de cómo funciona la mente humana. Las emociones fluctúan. Forzar una felicidad constante no solo es irreal, sino que acaba produciendo justo lo contrario: frustración, ansiedad y sensación de insuficiencia. Y lo que es peor, pensar en lo que sientes, algo que produce sufrimiento.
Un sufrimiento que empieza a vivirse como un error. No como una parte inevitable de la vida, sino como una señal de que algo estás haciendo mal. Es cierto, nadie muere por sufrir… pero vivir instalado en el sufrimiento, o luchando constantemente contra él, erosiona profundamente la salud mental.
Tener un pensamiento no es lo mismo que ser ese pensamiento. Igual que como expone el budismo al hablar de un sexto sentido, cuando hueles un limón no te conviertes en un limón, que aparezca una idea en tu cabeza no significa que te defina ni que tengas que obedecerla.
No somos nuestros pensamientos
Usted propone un cambio de paradigma: no somos nuestros pensamientos. ¿Qué implica esto en la práctica diaria?
Implica algo muy concreto: dejar de vivir fusionados con lo que pensamos. La idea de que no somos nuestros pensamientos no es filosofía abstracta; es una herramienta práctica para dejar de ser arrastrados por cada idea que aparece en la mente.
Hay un dato que lo ilustra bien. En estudios y dinámicas educativas, cuando se preguntó en un estudio de 2014 "¿quién es tu peor enemigo?", un 50% de adultos respondió: yo mismo. Y lo más llamativo es que, al hacer esa misma pregunta a niños en el colegio en el que soy director de 10 a 12 años, muchos dan la misma respuesta. Eso señala algo importante: no es que la mente sea el problema, es que no nos han enseñado a relacionarnos con ella.
En la práctica diaria, este cambio de paradigma empieza por una distinción sencilla pero potente: tener un pensamiento no es lo mismo que ser ese pensamiento. Igual que como expone el budismo al hablar de un sexto sentido, cuando hueles un limón no te conviertes en un limón, que aparezca una idea en tu cabeza no significa que te defina ni que tengas que obedecerla.
A partir de ahí, cambia tu margen de acción. No puedes evitar que surjan pensamientos, pero sí puedes decidir a cuáles les das espacio. Esa es la verdadera responsabilidad: no controlar lo que aparece, sino elegir qué haces con ello.
Y esto tiene consecuencias muy reales. Primero, una sensación de liberación: dejas de identificarte automáticamente con todo lo que pasa por tu mente. Segundo, reduces el impacto de pensamientos dañinos, porque ya no los tomas como verdades absolutas. Y tercero, empiezas a construir criterio interno: no todo lo que piensas merece ser seguido.
Aprender a pensar, en este sentido, es aprender a vivir. Porque vivimos con nosotros mismos las 24 horas del día, y pocas cosas son más determinantes que la relación que tenemos con nuestra propia mente.
El papel de las expectativas
¿Cómo podemos empezar a gobernar nuestra mente en lugar de ser gobernados por ella?
Gobernar la mente empieza por entender cómo funciona. Los pensamientos son como granos: si los rascas, pican más. Cuanto más caso les haces, más aparecen. No porque sean más importantes, sino porque les estás dando atención, y la atención es el alimento de la mente. Por eso muchas veces intentar quitarlos a la fuerza solo los intensifica.
Gobernar la mente no va de controlarla a la fuerza, sino de aprender a dirigir la atención y la respuesta. Y eso empieza con algo muy honesto: cuando uno está mal, las frases vacías no sirven. "Anímate" o "piensa en positivo" no cambian nada si no hay herramientas concretas detrás. Por eso el enfoque del libro es práctico: ofrecer recursos que a mí me habría gustado tener, combinando evidencia científica con lo que realmente funciona en el día a día.
El primer paso es interrumpir el automatismo. La mente tiende a engancharse en bucles, y si no hacemos nada, nos arrastra. Técnicas como el "gomazo" van justo ahí: generar un corte, un pequeño impacto que te saque del piloto automático. Esta técnica consiste en llevar una goma elástica en la muñeca y cuando te asalta un pensamiento en bucle o algo que te molesta, tirar de la goma contra la piel. No es magia, es crear un espacio entre el pensamiento y tu reacción.
El segundo paso es recuperar el cuerpo como ancla. El control de los sentidos, qué escuchas, qué miras, dónde pones la atención y la respiración son herramientas muy potentes porque te devuelven al presente. La respiración, por ejemplo, no es solo relajación: es una forma directa de influir en tu sistema nervioso. Cuando la regulas, cambias tu estado interno, y eso reduce la intensidad de los pensamientos.
Y el tercer paso es desarrollar criterio: no todo pensamiento merece tu atención. Gobernar la mente implica elegir a qué le das espacio y a qué no. Esto no significa negar lo que te pasa, sino no alimentar aquello que te hace daño.
En el fondo, es un entrenamiento. Igual que no pretendes ponerte en forma en un día, tampoco puedes esperar dominar tu mente de forma inmediata. Pero con herramientas concretas, repetidas en el tiempo, ocurre algo importante: dejas de reaccionar automáticamente y empiezas a responder con intención. Ahí es donde pasas de ser gobernado a empezar a gobernar.
Como planteaba Friedrich Nietzsche, "no hay hechos, solo interpretaciones". Y muchas de esas interpretaciones están profundamente influenciadas por lo que vemos fuera. Hoy ese fuera está amplificado por las redes sociales: un escaparate donde la vida parece siempre intensa, plena, feliz. Pero no es la vida completa, es una versión editada.
¿Qué papel juegan las expectativas, propias y sociales, en nuestro malestar cotidiano? Las redes sociales amplifican la comparación constante. ¿Cómo podemos protegernos de ese efecto?
Las expectativas no son solo un filtro, son el marco desde el que sentimos la vida. No vivimos únicamente lo que nos pasa, vivimos la distancia entre lo que ocurre y la imagen que teníamos de cómo debería ser. Y esa imagen, muchas veces, no es inocente: está cargada de ideales, de comparaciones, de promesas silenciosas que hemos ido comprando sin darnos cuenta.
Por eso las expectativas tienen tanto peso. Porque no solo anticipan, también juzgan. Convierten cada momento en una especie de examen constante: ¿esto era como esperaba?, ¿debería sentirme mejor?, ¿por qué no estoy como se supone que tendría que estar? Y ahí empieza el desgaste.
Como planteaba Friedrich Nietzsche, "no hay hechos, solo interpretaciones". Y muchas de esas interpretaciones están profundamente influenciadas por lo que vemos fuera. Hoy ese fuera está amplificado por las redes sociales: un escaparate donde la vida parece siempre intensa, plena, feliz. Pero no es la vida completa, es una versión editada.
Entonces dejamos de vivir lo que nos pasa y empezamos a compararlo con una imagen. Y cualquier realidad pierde frente a una expectativa idealizada. No porque nuestra vida sea peor, sino porque la estamos midiendo con una vara que no es real.
Hay una metáfora muy potente que se cuenta en relatos sobre el Everest: cuando alcanzas la cima, "el cielo sigue estando igual de lejos". Y eso es exactamente lo que ocurre con las expectativas. Llegas a lo que pensabas que te iba a llenar y la sensación no es la que imaginabas. No porque hayas fallado, sino porque habías colocado en ese logro una promesa emocional que no podía sostener.
Protegernos no pasa por salir del mundo, sino por cambiar la relación con él. Preguntarnos si lo que esperamos es realmente nuestro o aprendido. Bajar ese nivel de exigencia invisible que nos empuja a estar siempre mejor.
Porque cuando las expectativas dejan de ser una comparación constante, aparece algo mucho más valioso: la posibilidad de vivir lo que hay, sin estar midiéndolo todo el tiempo contra una ficción.
No puedes evitar que los pensamientos lleguen pero sí puedes elegir a cuáles les das importancia. Y eso cambia todo. Porque cuando empiezas a decidir qué atiendes y qué no, dejas de estar a merced de tu mente.
Para vivir bien: aprende a vivir, pensar y aceptar
Volvamos a la felicidad, si no se trata de perseguirla, entonces ¿qué significa para usted vivir bien?
Para mí, vivir bien no es alcanzar un estado permanente de felicidad, sino construir una forma de estar en la vida que sea habitable. Y eso pasa más por la paz y la calma que por la euforia. Son emociones con menos fuegos artificiales, pero mucho más sostenibles.
Uno de los problemas es haber reducido todo a una sola meta: ser feliz. Como si fuera la única vía válida. Y quizá ahí está el error. Cada vez tiene más sentido desplazar el foco hacia algo más profundo: estar en paz con lo que es, incluso cuando no es perfecto.
Vivir bien no significa renunciar a metas, ilusiones o ambición. Significa no perderse en ellas. Poder caminar hacia objetivos sin que tu bienestar dependa exclusivamente de alcanzarlos. Porque la vida, en realidad, ocurre en ese camino.
Me gusta explicarlo con una imagen muy sencilla: la vida es como un sándwich. Al principio nos cuidan, después cuidamos: a hijos, a padres, a otros, y al final volvemos a necesitar cuidado. Entender eso, aceptarlo, forma parte de vivir bien. No es solo avanzar, es comprender en qué parte del sándwich estás.
También hay algo importante: cuanto más centrados estamos únicamente en objetivos individuales, más frágil se vuelve nuestro bienestar. Cuando ampliamos la mirada, dar, compartir, aportar, aparece una forma de sentido más estable. No siempre es más fácil, pero sí suele ser más sólido.
En el fondo, vivir bien tiene que ver con tres cosas bastante simples y bastante exigentes a la vez: aprender a vivir, aprender a aceptar y aprender a pensar. No para controlar la vida, sino para no pelearnos constantemente con ella.
En el libro explica que las emociones tienen un ciclo natural. ¿Por qué muchas veces se convierten en sufrimiento prolongado?
Las emociones, por naturaleza, son transitorias. Tienen un inicio, un pico y un descenso. El problema es que muchas veces no dejamos que ese ciclo se complete, porque intervenimos con la cabeza y ahí es donde aparece el sufrimiento prolongado.
Hay algo muy cotidiano que lo refleja: cuando alguien nos pregunta "¿qué tal estás?", la mayoría responde "bien", casi por inercia. No es solo falta de sinceridad con los demás, es también una desconexión con lo que sentimos. Porque, en el fondo, ciertas emociones como la tristeza, la ansiedad o el aburrimiento siguen estando mal vistas. Como si fuesen un fallo.
Entonces ocurre algo clave: no sufrimos tanto por la emoción en sí, sino por la interpretación que hacemos de esa emoción. Empezamos a pensar cómo deberíamos sentirnos en lugar de permitirnos sentir lo que realmente está pasando. Y ahí es donde se rompe el ciclo natural.
Un ejemplo muy real: estás con tu hija, llevas horas jugando, estás cansado o aburrido, pero tienes en la cabeza la idea de que deberías estar feliz, agradecido, disfrutando cada segundo porque eso es lo que ves, lo que se espera, lo normal. Ese choque entre lo que sientes y lo que crees que deberías sentir ya no es solo cansancio o aburrimiento, es culpa, frustración, sensación de estar fallando.
Las emociones, cuando se sienten y se aceptan, tienden a moverse. Pero cuando se piensan desde el juicio, desde ese "esto no debería estar pasándome", se quedan atrapadas. Y es ahí donde una emoción puntual se convierte en sufrimiento sostenido.
Por eso el cambio no pasa por intentar pensar que debemos sentir siempre lo "correcto", sino por dejar de pelearnos con lo que sentimos.
Para un lector que se siente atrapado en sus propios pensamientos, ¿cuál sería el primer paso para recuperar el control?
El primer paso es tan simple como incómodo: entender de verdad que no eres tus pensamientos. No como una idea bonita, sino como un cambio de posición interna. Lo que piensas aparece, pero no te define ni te obliga.
A partir de ahí, entra la responsabilidad. No puedes evitar que los pensamientos lleguen, pero sí puedes elegir a cuáles les das importancia. Y eso cambia todo. Porque cuando empiezas a decidir qué atiendes y qué no, dejas de estar a merced de tu mente.
También implica darle el valor que tiene aprender a pensar. Nos han enseñado muchas cosas, pero muy pocas sobre cómo gestionar lo que pasa dentro de nuestra cabeza. Y vivimos con nosotros mismos todo el tiempo. Afinar esa relación no es un lujo, es una necesidad.
Luego vienen las herramientas: pequeñas prácticas que te devuelven el control cuando lo pierdes. Cortar el bucle, volver al cuerpo, redirigir la atención. No es teoría, es entrenamiento. Y cuanto antes empieces, mejor, porque dejar la puerta abierta a ciertos pensamientos hace que luego cueste mucho más desalojarlos.
Y comprar mi libro por supuesto.










