Vivimos rodeados de consejos para dormir mejor, comer más sano, movernos cada día, meditar cinco minutos al amanecer, desconectar del móvil antes de acostarnos y organizar la agenda con precisión casi quirúrgica. Nunca habíamos tenido tanta información sobre cómo cuidarnos y, sin embargo, rara vez nos habíamos sentido tan cansados. ¿Cómo es posible que el bienestar, que debería ser un refugio, se haya convertido en otra fuente de presión?
En este contexto, el descanso necesita justificarse, el placer se vive con culpa y los hábitos saludables se transforman en pruebas silenciosas de disciplina e identidad. Si no cumplimos con la rutina perfecta, no cuestionamos el modelo, nos cuestionamos a nosotros. Por eso conviene detenerse y preguntarse qué ha ocurrido: ¿cuándo el cuidado dejó de ser alivio y empezó a parecerse a una obligación más?
Todo esto es lo que se plantea la psicóloga y doctora en neurociencia Noelia Samartin. Hemos hablado con ella para interpretar bien esta presión a la que estamos sometidos y reflexionar sobre si esta nueva cultura del bienestar encaja en nuestra vida real o si deberíamos plantearnos qué es lo que realmente necesitamos.
¿Por qué el bienestar se ha convertido en una exigencia más y no en un alivio?
Porque lo hemos convertido en un proyecto de rendimiento. El bienestar dejó de ser un estado que habitar y pasó a ser una meta que alcanzar. Y cuando algo se convierte en meta, automáticamente activa comparación, evaluación y productividad.
Vivimos en una cultura que nos dice que hay una forma óptima de dormir, de comer, de entrenar, de meditar, de organizar la agenda y hasta de descansar. El bienestar se ha llenado de métricas, rutinas ideales y listas infinitas. Así, sin darnos cuenta, lo que debería aliviar, añade carga.
En el libro hablo de ese “trabajo después del trabajo”: terminamos la jornada laboral y empieza la jornada del autocuidado obligatorio. El gimnasio, el táper saludable, la meditación, la lectura productiva, los diez mil pasos… Todo con la promesa de una versión mejor de nosotros mismos.
El problema no son los hábitos saludables. El problema es el contrato implícito que firmamos: “si haces todo esto, estarás bien”. Cuando no podemos sostenerlo (porque tenemos un contexto real, cansancio real y límites reales), no cuestionamos el contrato; nos cuestionamos a nosotros. Y es ahí cuando, el bienestar deja de ser alivio y se convierte en exigencia.
Nuestra vida real no se parece a ese ideal de bienestar: ocho horas de oficina sedentaria friccionan con la vida activa que “deberíamos” llevar; comer en treinta minutos entre tareas no favorece la alimentación consciente que nos recomiendan; tener solo sábado y domingo para descansar, socializar y organizar la semana nos obliga a elegir entre hacer batch cooking o ver a amigos que hace meses que no vemos.
Por tanto, estamos confundiendo autocuidado con autoexigencia constante
Sí, y este solapamiento es más común de lo que creemos. Convivimos con un bombardeo constante de cómo “deberíamos” vivir: la rutina ideal, la alimentación perfecta, la productividad equilibrada, el descanso óptimo. Ese modelo se internaliza y empezamos a intentar sostenerlo sin preguntarnos si encaja con nuestro contexto.
El problema es que nuestra vida real no se parece a ese ideal: ocho horas de oficina sedentaria friccionan con la vida activa que “deberíamos” llevar; comer en treinta minutos entre tareas no favorece la alimentación consciente que nos recomiendan; tener solo sábado y domingo para descansar, socializar y organizar la semana nos obliga a elegir entre hacer batch cooking o ver a amigos que hace meses que no vemos. Esta fricción constante entre ideal y realidad es el caldo de cultivo perfecto para que aparezca la autoexigencia.
El autocuidado auténtico es contextual y flexible. Escucha recursos, límites y momento vital. La autoexigencia, en cambio, ignora todo eso y solo mira el ideal. Así, cuando el autocuidado se convierte en una lista rígida de obligaciones, deja de ser cuidado y pasa a ser otra forma de control.
En este contexto, ¿qué daño hace la idea de que “si quieres, puedes” aplicada a la salud mental?
La frase “si quieres, puedes” pone el foco exclusivamente en el individuo. Le otorga poder de acción, sí, pero también le entrega toda la responsabilidad. Si no lo consigue, la conclusión lógica es: “no lo quiso lo suficiente”.
Cuando hablamos de salud mental, esto es especialmente problemático. Porque no estamos hablando solo de voluntad, estamos hablando de contexto, de momento vital, de recursos internos y externos, de historia previa, de red de apoyo, de condiciones socioeconómicas y de estado fisiológico. Reducirlo todo a querer es invisibilizar esas variables.
Además, cuando la disciplina falla (que es algo normal) el cerebro interpreta esa discrepancia como error. Y si ese error se vive como fracaso personal (si no se contextualiza), se activa la culpa. El mensaje ya no es “esto no me encaja ahora”, sino “yo no soy capaz” o “yo no soy suficiente”.
Por lo que, entender que “querer no es suficiente” es profundamente liberador. Nos permite hablar de afinidades, de contexto, de límites, de escuchar quiénes somos hoy y qué necesitamos. Nos permite individualizar cada caso y entender el entorno como parte activa del proceso.
¿Por qué nos cuesta tanto soltar hábitos que, en teoría, nos hacen bien?
Porque muchas veces no estamos sosteniendo un hábito, estamos sosteniendo una identidad.
Hay hábitos que empiezan como una decisión saludable y terminan convirtiéndose en una prueba de quién creemos que somos: “soy disciplinada”, “soy productivo”, “soy saludable”, “soy constante”. Cuando ese hábito empieza a generar fricción o agotamiento, no solo sentimos que estamos dejando una conducta; sentimos que estamos perdiendo una cualidad valiosa de nuestra identidad.
Además, cuando abandonamos un hábito que prometía bienestar, el cerebro interpreta esa discrepancia como un error. Y si lo leemos desde el marco del “si quieres, puedes”, ese error no se convierte en información, sino en fracaso y se activa la culpa.
Por lo que nos cuesta soltar porque soltar implica revisar tanto la idea del yocomo las creencias previas sobre hábito, y aceptar que, quizá, ese hábito no encaja con nuestro contexto actual y que no todo lo saludable es saludable para todos en todo momento.
Hoy las “amenazas” no son un depredador, sino correos pendientes, expectativas, comparación constante y sensación de no llegar. Cuando acumulamos pequeños errores de predicción (no cumplo la rutina, no entreno hoy, no medito, no respondo a tiempo) el cerebro puede interpretarlos como fallos relevantes. Si a eso le añadimos autoexigencia, el sistema nervioso entra en hiperalerta.
En el libro hablas también del sistema nervioso y la sensación de fatiga, ¿qué papel juega el primero en el agotamiento diario?
Un papel central. Vivimos en un estado de activación sostenida que muchas veces hemos normalizado. Nuestro sistema nervioso está diseñado para activarse ante amenazas puntuales y volver después a la calma. El problema es que hoy las “amenazas” no son un depredador, sino correos pendientes, expectativas, comparación constante y sensación de no llegar.
Cuando acumulamos pequeños errores de predicción (no cumplo la rutina, no entreno hoy, no medito, no respondo a tiempo) el cerebro puede interpretarlos como fallos relevantes. Si a eso le añadimos autoexigencia, el sistema nervioso entra en hiperalerta.
Y esa hiperalerta sostenida agota: no siempre estamos cansados porque hagamos demasiado, a veces estamos agotados porque estamos en vigilancia constante, intentando cumplir expectativas, anticipando tareas, corrigiéndonos mentalmente...
El sistema nervioso no distingue bien entre una amenaza física y una amenaza a la identidad o al estatus. Si sentimos que estamos fallando continuamente, el cuerpo responde con la conocida respuesta de estrés para intentar protegernos y adaptarnos, lo que nos da una sensación constante de “no llego” o “no soy suficiente” que mantiene la percepción de agotamiento.
Parece que ahora imitamos las rutinas de bienestar de las famosas, pero no siempre nos van bien a todas
Porque no todos jugamos con las mismas cartas ni en la misma mesa. Cada persona tiene una combinación distinta de temperamento y carácter, historia vital, recursos, contexto social, carga laboral y red de apoyo. Pretender que una rutina universal funcione para todos es ignorar esa complejidad.
Además, el mantenimiento de un hábito no depende solo de la voluntad. Depende del entorno, del estado emocional, de los costes de oportunidad que evaluamos inconscientemente todo el tiempo. A veces elegir descansar en lugar de entrenar no es falta de disciplina, es una microdecisión coherente con el momento.
El bienestar sostenible necesita un ajuste individual y contextual. No una receta estándar.
El discurso dominante insiste en que el bienestar es una cuestión individual, pero es más complejo. El acceso a tiempo, descanso, alimentación saludable, espacios seguros para moverse, estabilidad laboral o apoyo social impactan en el estado psicológico y todos sabemos que estas variables no estás distribuidas de manera equitativa.
¿Cómo influye el contexto social y económico en nuestro malestar psicológico?
Influye más de lo que solemos admitir. El contexto no lo determina todo, pero sí que condiciona mucho.
El discurso dominante insiste en que el bienestar es una cuestión individual, pero es más complejo. El acceso a tiempo, descanso, alimentación saludable, espacios seguros para moverse, estabilidad laboral o apoyo social impactan en el estado psicológico y todos sabemos que estas variables no estás distribuidas de manera equitativa.
Cuando ignoramos estas variables y mantenemos el mensaje de que todo depende de la actitud, generamos culpa en personas que en realidad están gestionando condiciones adversas.
No es lo mismo intentar implementar hábitos saludables con estabilidad económica y red de apoyo que hacerlo mientras se es cuidador de otra persona, sostienes jornadas extensas de trabajo, no vives en una vivienda digna o no te alcanza el sueldo para llegar a fin de mes. Y cuando no incluimos estas variables en la conversación sobre salud mental, la narrativa se vuelve injusta.
¿Qué significa escuchar de verdad al cuerpo en una sociedad hiperproductiva?
Escuchar de verdad al cuerpo implica cambiar la relación que tenemos con él. En una sociedad hiperproductiva lo hemos convertido en una herramienta de rendimiento: debe aguantar, adaptarse, responder, no fallar... Lo escuchamos solo cuando interrumpe nuestros planes.
Escuchar el cuerpo de verdad es reconocer que no es un obstáculo, sino un sistema de información. Que la fatiga, la tensión constante, la irritabilidad o la apatía no siempre son fallos que haya que corregir, sino señales que nos hablan de desajustes entre lo que estamos viviendo y lo que necesitamos. Implica dejar de preguntarnos únicamente “¿cómo sigo produciendo?” y empezar a preguntarnos “¿qué me está diciendo esta sensación?”. Es un gesto de coherencia interna: ajustar la vida a la experiencia corporal, en lugar de forzar al cuerpo a encajar en la agenda.
Y esto, en una cultura que premia la productividad por encima de todo, es profundamente contracultural.
Eso nos conduce a la idea de que nos cuesta parar y disfrutar de verdad, vivimos el placer con culpa. ¿Por qué?
Porque hemos aprendido a asociar valor con esfuerzo y sufrimiento.
Culturalmente nos resulta más fácil legitimar el cansancio que placer, el sacrificio que el disfrute. Si algo cuesta, parece más merecido, y, si es sencillo, parece superficial.
Además, vivimos muy instalados en lo que podríamos llamar “modo logro”: una forma de funcionar orientada al siguiente objetivo, a la mejora constante y a la optimización. Desde ahí, el placer solo es aceptable si cumple una función: recargar para seguir rindiendo, celebrar una meta alcanzada o formar parte de una experiencia extraordinaria que pueda contarse.
El placer cotidiano (el de una sobremesa tranquila, el de no hacer nada, el de caminar sin destino) no produce narrativa épica, no impresiona y no acumula capital simbólico. Por eso lo percibimos como falto de valor y nos sentimos culpables si lo experimentamos demasiado, ya que hemos confundido placer con exceso: “debería estar haciendo algo más útil”, “no me lo he ganado”, “estoy siendo poco productiva”.
Pero el placer no es lo contrario de la responsabilidad. Es una dimensión básica de regulación y conexión, que nos marca conductas valiosas para nuestra supervivencia: como comer, los vínculos o descansar. Cuando lo excluimos o lo condicionamos constantemente, perdemos ese norte que nos marca aquello necesario para vivir bien.
Vivimos en una sociedad del rendimiento en la que ya no nos explotan otros, sino que nos autoexplotamos
¿Qué perdemos cuando convertimos el descanso en algo que hay que justificar?
Cuando el descanso necesita explicación, deja de ser parte del ritmo humano y empieza a depender de si hemos rendido lo suficiente. Y entonces se llena de condiciones: “cuando termine esto”, “cuando avance más”, “cuando lo merezca”. Y; sin darnos cuenta, lo convertimos en premio.
Como dice Byung-Chul Han, vivimos en una sociedad del rendimiento en la que ya no nos explotan otros, sino que nos autoexplotamos. Y en esa lógica, descansar va en contra del objetivo que nos da valor, producir, y se convierte en una falta, una debilidad o una pérdida de tiempo.
En esta estructura social y cultura, lo que perdemos es la paz de parar sin culpa. Perdemos la consciencia de que nuestro valor no está en producir constantemente. El descanso no es una recompensa: es parte de nuestra condición humana, es una necesidad fisiológica que debemos atender como cualquier otra.
¿Cuáles son las señales que nos lanza nuestro cuerpo para empezar a parar?
El cuerpo rara vez empieza gritando. Primero susurra: puede ser una dificultad persistente para dormir, una sensación de cansancio que no se resuelve con descanso puntual, tensión muscular constante, mayor reactividad emocional, pérdida de interés por cosas que antes generaban placer o sensación de ir en piloto automático. También puede aparecer como desconexión: hacer mucho y sentir poco.
Cuando esas señales se ignoran, suelen intensificarse: bloqueos, explosiones emocionales, síntomas físicos recurrentes sin causa clara o sensación de saturación o de no reconocerse.
Muchas veces interpretamos estas señales como debilidad o falta de disciplina. Pero con frecuencia no indican que falte voluntad, sino que sobra fricción entre lo que estamos sosteniendo y lo que podemos sostener.
Parar no siempre significa abandonar todo. A veces significa observar, escucharte, ajustar, simplificar, recuperar coherencia y flexibilidad permitiendo que el sistema vuelva a un ritmo más humano.














