Más allá de Amalfi, Positano, Maiori o Minori, la Costa Almalfitana cuenta con numerosos pueblitos que merecen una visita. Los más conocidos se encuentran al borde del mar, entre las carreteras que serpentean junto a los acantilados, con playas diminutas y un exceso de turistas que les quita parte de su encanto. Pero sobre esas montañas, a 365 metros sobre la línea de la costa y escondido entre la naturaleza mediterránea, aparece Ravello, un pequeño pueblo con aires de cuento desde el que es posible disfrutar del mejor atardecer sobre la península Sorrentina.
Su ubicación es uno de sus grandes atractivos. Quizá sea porque no es tan conocido o, más bien, porque llegar hasta Ravello no es nada sencillo, pero aquí la densidad turística es más ligera que en el resto de la costa y la esencia de la vida amalfitana local todavía se mantiene intacta. Para llegar hasta allí tan solo hay que recorrer 7 kilómetros, pero el camino se torna algo sinuoso entre las estrechas carreteras y las curvas con las que cuenta el recorrido. Pero una vez arriba, entre sus callejuelas de piedra, sus jardines, terrazas y miradores, el Mediterráneo ofrece una panorámica única donde los tonos azules, desde el marino hasta el perlado, lo inundan todo. Especialmente cuando llega la última hora de la tarde, el sol desciende tras el horizonte y se refleja sobre el mar.
CIUDAD PALACIEGA
La puesta de sol es uno de sus encantos, pero no el único, porque la villa merece una visita pausada. Su majestuosidad actual está directamente relacionada con su historia, pues, aunque se unió al ducado de Amalfi en el siglo IX, Ravello creció exponencialmente cuando fue elevado a diócesis en 1086. Fue en ese momento cuando se construyó el Duomo di Ravello y las familias ricas dedicadas al comercio y a la industria de la lana construyeron entre estas montañas sus grandes palacios, como Villa Rufolo –de la familia que lleva el mismo nombre y que destaca por su arquitectura árabe-normanda y sus jardines colgantes–, el Palazzo Avino –de la familia Sasso, hoy convertido en hotel de lujo– o el Palazzo Confalone, transformado también en alojamiento.
Así, poco a poco, Ravello pasó de ser un pueblo de montaña a convertirse en una preciosa villa plagada de grandes edificios que ha enamorado a miles de viajeros, escritores, artistas y, en especial, músicos. De hecho, la ciudad es conocida con el apodo de la ‘Ciudad de la música’ porque cuando en 1880 el compositor alemán Richard Wagner la visitó, se quedó prendado de ella hasta tal punto que el segundo acto de su ópera Parsifal, una de sus obras más importantes, está inspirado en los jardines de Villa Rufolo. Tal ha sido su influencia que desde 1953 se celebra cada año en su honor el Festival de Ravello, convirtiéndose en una de las programaciones musicales más importantes del país. Desde entonces, la relación entre Ravello y la música no ha dejado de crecer hasta el punto de que entre sus callejuelas se encuentra también el famoso Auditorio Oscar Niemeyer, construido en 2011, que lleva el nombre de su arquitecto.
ENTRE PALACIOS Y CASAS SEÑORIALES
Más allá de la música, para descubrir la esencia de Ravello tan solo hace falta dar un paseo por sus calles. Su casco histórico, aunque no es muy grande, está plagado de detalles que lo hacen muy especial, desde cada uno de los palacios y casonas señoriales hasta sus patios, las iglesias y sus fachadas, las plazas y los espacios públicos que invitan a la socialización, sus verdes parques y, por supuesto, las pequeñas terrazas y miradores desde las que asomarse al Mediterráneo. Entre ellos se encuentra Villa Cimbrone con su Terraza dell’Infinito y los icónicos jardines de Villa Rufulo.
Pero si lo que se quiere es despedir el día por todo lo alto, el lugar es Caruso, A Belmond Hotel, uno de los hoteles más exclusivos de Ravello en el que no hace falta alojarse para disfrutar de una panorámica privilegiada del atardecer desde su infinity pool (gracias a su pool day pass) o cenando en su restaurante Il Pantaleone, bajo la dirección del chef Armando Aristarco, donde sus recetas de aires marineros ponen el broche final a una espectacular velada para disfrutar del mejor atardecer sobre el Mediterráneo.









