Hay una broma que circula desde hace años por Italia con la insistencia de los buenos chistes. El hashtag #ilmolisenonesiste acumula en redes más visitas que habitantes tiene la región, lo cual, tratándose de menos de 290.000 personas repartidas entre los Apeninos y el Adriático, no resulta tan difícil. Una región que lleva décadas vaciándose —las autoridades han llegado a ofrecer 8.000 euros anuales a quien se mude a uno de ellos— encontró en la burla su forma de mostrarse ante el resto del mundo. El artista Biancoshock lo plasmó en un mural en el pueblo de Civitacampomarano: “Il Molise non esiste, resiste”. Esa pintada se ha convertido en el emblema involuntario de toda la región.
Molise (que sería nuestro Teruel) sí que existe, y su existencia es densa. Es la única región italiana nacida de la división de otra —hasta 1963 formó parte de Abruzzi e Molise— y la segunda más pequeña del país, situada a unos 230 kilómetros de Roma, justo en la costa opuesta. Su historia empieza mucho antes que la de muchas regiones más célebres: los samnitas dejaron aquí un teatro que deja sin palabras; la ciudad romana de Saepinum aguarda intacta en un campo donde las ovejas siguen cruzando por donde lo hacían hace 2.000 años; y en Agnone, un pueblo de menos de 5.000 almas, una familia lleva fundiendo campanas desde el 1040 para iglesias de medio mundo.
La capital con dos caras
Campobasso se divide en dos mitades que se miran. Por encima, el borgo medieval de calles estrechas y escaleras apiladas en la ladera. Por debajo, el ensanche del siglo XIX con sus plazas arboladas y edificios públicos. El castillo Monforte, restaurado a mediados del siglo XV por quien le dio su nombre, domina la ciudad desde la cima de la colina, y al pie de sus murallas el Museo Sannítico Provincial hace de prólogo del viaje: piezas de ámbar, cerámica, bronce y mármol que van del Paleolítico hasta la alta Edad Media lombarda, procedentes de todos los yacimientos que promete el camino.
El centro histórico guarda en un paseo joyas como la Catedral, levantada en 1504 por orden del señor feudal Andrea de Capua, conde de Tremoli, y su aspecto neoclásico actual responde a una remodelación del siglo XIX. Apoyándose en la ladera, la Iglesia de San Bartolomeo, de estilo románico, contrasta con la Iglesia de San Antonio Abad, con fachada tardo-renacentista e interior barroco.
En el Corpus Christi, la Sagra dei Misteri convierte la ciudad en un espectáculo singular: trece máquinas ideadas en 1748 por el artista Paolo Saverio di Zinno, animadas por niños y adultos, recorren las calles representando episodios del Antiguo y Nuevo Testamento a hombros de los vecinos.
Saepinum, la ciudad por descubrir
A cuarenta kilómetros de la capital, en la localidad de Altilia, se extiende lo que con algo de entusiasmo llaman la pequeña Pompeya de Molise. Es probable que ese apodo suene a exageración hasta que uno entra por la Porta Bojano y comprende que no lo es. El parque arqueológico de Saepinum conserva con gran integridad la estructura de una ciudad romana de provincia: el foro con su pavimento de lastroni de piedra, la basílica con columnas de orden jónico, las termas y un teatro del siglo I d.C. con capacidad para 3.000 espectadores que conserva intactos la escena y el graderío.
La ciudad se asienta en el cruce exacto de dos rutas históricas, el tratturo Pescasseroli-Candela —una cañada que los pastores usaban para mover los rebaños entre los pastos de montaña y los del sur— y la carretera que conecta el macizo del Matese con la costa. Dos milenios después, las ovejas siguen pasando. Lo que convierte al lugar en algo diferente a cualquier otro yacimiento romano es esa coexistencia: sobre las gradas del teatro, los campesinos del siglo XVIII construyeron sus casas con los mismos bloques de piedra del edificio, y esa mezcla entre la ruina y el presente le da una atmósfera única.
Pietrabbondante: la historia más antigua
Si Saepinum muestra Molise bajo Roma, Pietrabbondante lo muestra antes de Roma. A 1.000 metros de altitud en el Alto Molise, el recinto samnita combina un teatro y un templo en un emplazamiento de belleza salvaje entre piedra, silencio y la vista sobre los valles. El camino hacia Agnone pasa por Isernia, capital samnita antes de ser romana, con la Fontana Fraterna como monumento más visible.
Sus seis chorros de agua en una logia de piedra caliza construida probablemente con bloques de monumentos romanos anteriores son un síntoma involuntario de la forma en que Molise ha reutilizado siempre su pasado. Pero el argumento más antiguo de Isernia está a las afueras, en la zona arqueológica de La Pineta, donde se hallaron restos del Homo aeserniensis que datan de hace más de 700.000 años, algunos de los más antiguos de Europa.
Para llegar a Agnone hay que ir a propósito, pues el pueblo se aferra a sus 800 metros de altitud con una obstinación igual a la de sus campanas. Aquí funciona desde el año 1040 la Pontificia Fonderia Marinelli, considerada la empresa familiar más antigua de Italia y una de las tres más antiguas del mundo. La vigesimoséptima generación de los Marinelli sigue aplicando la misma técnica de fundición que sus fundadores utilizaron hace casi 1.000 años, produciendo unas cincuenta campanas al año para iglesias de todo el planeta: la del Jubileo 2000, colgada en la Plaza de San Pedro, la réplica de la dañada en la Torre de Pisa durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, o las que suenan en la sede de la ONU en Nueva York. La visita guiada incluye el Museo Histórico de la Campana, que alberga la mayor colección del mundo.
Entre montañas hacia el mar
El macizo del Matese, con cumbres que superan los 2.000 metros, es visible desde casi cualquier punto. Abierto en primavera a los excursionistas que buscan senderos entre pastos y hayedos, una de las rutas más conocidas parte del Campitello Matese y sube hacia el refugio Colle del Caprio, a 1.850 metros. El Monte Miletto, el más alto de Molise, a 2.050, no tiene nada que envidiarle, pues su cima regala una panorámica del Adriático por el este y del golfo de Nápoles por el oeste. No lejos, Frosolone merece una parada doble, pues no solo figura en la lista de los borghi più belli d'Italia, sino que también es conocido por su artesanía de tijeras y cuchillos. Como privilegio extra, tiene el singular honor de ser el último pueblo italiano donde la trashumancia a pie hacia la Puglia sigue haciéndose a lo largo de los tratturi, esas cañadas milenarias que desde 1997 constituyen el Parque Regional de los Tratturi.
Pero antes de llegar al mar hay que parar en Larino. Los motivos sobran: su catedral gótico-románica de 1319, el Palacio Ducal medieval, los restos de anfiteatro romano y sus colores. Porque tras el terremoto de 2002, las autoridades decidieron devolver a las casas sus tonos históricos mediante una investigación cuidadosa, pintando las fachadas en una gama de suaves colores pastel que ha convertido el centro en uno de los más fotogénicos de la región, trayendo de vuelta a antiguos habitantes. A finales de mayo, la fiesta del patrón San Pardo llena las calles con más de cien carrozas decoradas con flores de papel y tiradas por bueyes, en un doble aliciente para acercarse en primavera.
Civitacampomarano y Termoli
Civitacampomarano —CVTà, como suena en el dialecto de sus 150 vecinos— eligió ser de esos pueblos que resisten a la despoblación y lo hizo a base de spray y brochas. En 2014, una vecina escribió un correo a la artista callejera romana Alice Pasquini pidiéndole que viniera a pintar en su pueblo moribundo. Pasquini aceptó, descubrió que su madre era originaria del lugar, y lo que empezó como un proyecto de revitalización se ha convertido en el CVTà Street Fest, que en 2025 celebró su décima edición. El resultado visible es un museo al aire libre de más de 70 obras integradas en las paredes del pueblo con una naturalidad que hace que parezcan haber nacido con los edificios. La localidad recibe visitantes durante todo el año, aunque el festival se celebra a finales de mayo.
El itinerario termina en Termoli, donde el promontorio amurallado asoma al Adriático con una silueta que lo distingue de cualquier otra ciudad costera. El castillo suevo del siglo XI, la catedral románica del XII y el callejón de A Rejecelle —con sus 34 centímetros de ancho, se dice que es la calle más estrecha de Italia— ocupan un casco histórico que en primavera, antes de que el turismo estival tome la ciudad, conserva un ambiente temporalmente tranquilo hasta que en el puerto comience el intenso ir y venir de los ferrys a las Islas Tremiti.

















