La historia de la Calabria griega arranca hace más de 2.700 años, cuando las colonias griegas establecidas en el sur de Italia dieron vida a la llamada Magna Grecia: ciudades poderosas que extendieron su influencia cultural por todo el Mediterráneo. La Bovesía, en otro tiempo conocida directamente como Grecia Calabra, es una de las dos áreas grecohablantes que han sobrevivido en la actualidad. Su carácter montañoso y de difícil acceso funcionó como un refugio.
Escasez de recursos y de trabajo y catástrofes naturales vaciaron las aldeas del interior, forzando el abandono total de algunas localidades del corazón grecanico. Su idioma, conocido también como griko, es una lengua griega que conserva palabras con raíces dóricas del siglo VIII a.C., pero apenas 5.000 personas lo hablan o entienden. Este es un viaje a los lugares donde el idioma sobrevive, pueblos como Bova, Gallicianò y algunos núcleos del municipio de Roghudi y sus alrededores, donde aún es posible encontrar señales que recuerdan un legado agónico.
Al sur de la Italia continental, el Parco Nazionale dell’Aspromonte es un mirador al mar Jónico, al mar Tirreno e incluso a Sicilia. Cruzado por numerosos cursos de agua que pueden crear increíbles riadas con las lluvias de los meses más fríos, como la que desalojó definitivamente la ciudad fantasma de Roghudi Vecchio. El estrecho de Mesina queda al suroeste del macizo, y desde las alturas del parque su silueta se percibe como un brillo de agua entre los perfiles costeros.
Para recorrer este espacio natural, once senderos señalizados, como el camino de Samo, el más largo de ellos, rebuscan entre los bosques, cascadas y cañones en excursiones para todos los gustos. Sin embargo, es al sur de este donde se concentran esos pequeños reductos urbanos, rurales, pequeños y resistentes, donde la lengua es una joya, el encanto una condición y el tiempo un enemigo.
Bova, la capital griega
Con apenas 500 habitantes, Bova figura entre los Borghi più Belli d’Italia (los pueblos más bonitos de Italia) a sus 900 metros de altura. Encaramada a la ladera oriental del macizo del Aspromonte, en una posición que explica su longevidad pero también su carácter de observatorio, su fundación se pierde en la leyenda. Unos dicen que fue la reina griega Oichista, quien imprimió la planta de su pie sobre la cima de la roca donde hoy se alzan las ruinas del castillo. Los arqueólogos dicen que el asentamiento se remonta al Neolítico.
El patrimonio arquitectónico que se conserva es notable: la concatedral de Santa María dell’Isodia (siglo XII) alberga una estatua de mármol de la Virgen con el Niño, obra del escultor Rinaldo Bonanno. Las ruinas de la fortaleza normanda dominan el pueblo en el espolón rocoso. Y el conjunto se completa con la iglesia de San Rocco —donde todavía se celebran oficios según el rito greco-bizantino—, la iglesia del Espíritu Santo, la Torre Normanda y el laberinto de callejones de piedra donde la toponomástica conserva ecos de la lengua griega.
El curioso Museo di Paleontologia e Scienze Naturali dell’Aspromonte expone aquí unos 18.000 fósiles de fauna y flora de Calabria, pero si hay un centro cultural que destaca aquí es el Museo della Lingua Greco-Calabra, que conserva objetos etnográficos que el lingüista alemán Gerhard Rohlfs recopiló durante sus viajes por Calabria. En sus salas es posible seguir el recorrido milenario del grecanico a través de fotografías de época, documentos de archivo, audiovisuales y reconstrucciones de escenas cotidianas.
Como curiosidad, el grecanico cuenta con una gran variedad de términos para describir la variedad y calidad de los terrenos, lo que prueba que esta lengua fue cincelada durante siglos por comunidades de pastores y agricultores que nombraron el mundo desde la intimidad de su montaña. Para redondear la visita, mejor que esta sea en agosto, pues es cuando se celebra el Festival Paleariza, la gran cita anual del folclore grecanico, centrada en la música y los instrumentos tradicionales, evocadores de la vida de sus comunidades.
Gallicianò: La acrópolis viva
Elevado a 621 metros sobre el nivel del mar, a orillas del río Amendolea, en la ladera sur del Aspromonte, Gallicianò es una fracción del municipio de Condofuri. Con unos 60 habitantes, es el asentamiento más pequeño del área grecanica y, al mismo tiempo, el más vivo lingüísticamente, hasta el punto de que es llamado 'la Acrópolis de la Magna Grecia': el único enclave donde el griego de Calabria sigue siendo una lengua de uso cotidiano entre sus escasos vecinos. Como curiosidad, todos comparten un apellido, Nucera, y para distinguirse entre sí usan apodos heredados de la familia.
El primer documento conocido sobre el asentamiento es del siglo XI y figura en el Brevion de la iglesia metropolitana bizantina de Reggio Calabria. El nombre del pueblo deriva de Gallicum, nombre medieval de la actual Kilkis, en el norte de Grecia, de donde llegaron los repobladores que se instalaron en el sur de Italia huyendo de las devastaciones búlgaras. La carretera de acceso bordea el amplio cauce seco de un torrente del río y asciende por colinas salvajes hasta una posición de vigilancia natural sobre el valle.
A pesar de su pequeñez, el patrimonio cultural del pueblo es sorprendentemente denso. La iglesia de San Juan Bautista, en la plaza principal —denominada Alimos Square en honor a un antiguo topónimo griego— alberga una estatua de mármol de San Juan del siglo XVIII de la escuela Gagini y dos campanas fechadas en 1508 y 1683. La iglesia ortodoxa de la Panaghàa tis Elladas (Nuestra Señora de Grecia) es de estilo greco-bizantino.
El pequeño Museo Etnográfico recoge herramientas de la vida cotidiana ancestral, y la Casa de la Música conserva instrumentos propios de la localidad. La biblioteca en lengua griega, creada en los años 90, reúne textos en griego antiguo y en griego moderno, además de publicaciones contemporáneas de autores de la cultura local. Un pequeño teatro adyacente a la iglesia fue dedicado al patriarca ecuménico de Constantinopla Bartolomeo I durante su visita al pueblo en 2001, un gesto con el que se reconocía la importancia de esta comunidad.
El fantasma de la Bovesía
No tiene sentido dejar la Calabria griega sin visitar antes el pueblo abandonado más impresionante de toda la región. El borgo se alza sobre un espolón rocoso dominado por el Monte Cavallo, a unos 600 metros. Su nombre deriva del griego rogòdes (lleno de grietas) o de rhekhodes (áspero), topónimo que describe con precisión el paisaje al que se aferra. A sus pies discurre también un torrente del Amendolea, el más extenso del territorio del Aspromonte.
En el pasado, se dice que fue incluso navegable, lo que explica que los pueblos del interior se construyeran en posiciones inaccesibles desde el mar para protegerse de las incursiones piratas. Con los desastres de 1971, sus 1.650 habitantes tuvieron que abandonar sus hogares y dispersarse por municipios vecinos. Algunos resistieron en la fracción de Ghorio di Roghudi, pero con los nuevos desprendimientos de 1973 cedieron definitivamente.
Así fue como, en 1988, nació el nuevo Roghudi, a unos 40 km del emplazamiento original, en un territorio cedido por el municipio de Melito Porto Salvo, donde hoy viven unos casi mil habitantes. El último que residió en Roghudi Vecchio, Leone Pangallo, falleció en 2013 sin haber aceptado nunca el traslado. Su casa permanece intacta con la cafetera sobre el fogón y su chaqueta colgada de la silla como un memorial involuntario que a menudo visitan los excursionistas.
El folklore del lugar merece una atención especial. La leyenda habla de la naràda —un nombre derivado de las nereidas griegas—, una mujer con pies de mula que seduce a hombres y niños a orillas del torrente hasta hacerlos desaparecer. Más documentada históricamente es la costumbre de clavar grandes clavos en las fachadas de las casas para atar cuerdas a los tobillos de los niños y evitar que cayeran al precipicio, no como castigo, sino como medida de supervivencia de un pueblo al borde del abismo.







