Lejos de la intensidad del circuito y del ritmo exigente de la competición, el tenista Jannik Sinner ha decidido cambiar de escenario por un corto período y embarcarse en una aventura en el mes de julio muy distinta a su rutina habitual. Cinco días de navegación por el Mediterráneo a bordo de un barco de lujo, disfrutando de suites abiertas al horizonte, gastronomía cuidada, bienestar a bordo y un itinerario que enlaza algunas de las costas más deseadas de Europa.
El viaje llega en uno de los momentos más dulces de su carrera. A sus 24 años, Sinner no solo lidera el ranking ATP, sino que firma una temporada brillante tras sumar algunos de los títulos más importantes del calendario, entre ellos Indian Wells, Miami, Montecarlo y, el más reciente, Madrid. Es el gran referente del tenis masculino actual y estos días de desconexión en clave slow luxury son el contrapunto a la intensidad del circuito que necesita.
GÉNOVA
En esta histórica ciudad portuaria italiana de la región de Liguria —a 1,5 horas de Barcelona y a 2 horas y 15 minutos de Madrid— que se despliega entre colinas y el Mediterráneo comienza la travesía de Sinner. Génova es famosa por muchas cosas, entre ellas ser la ciudad natal de Cristóbal Colón, pero para descubrir el resto hay que perderse por el entramado de callejuelas del centro histórico —uno de los más grandes de Europa—, admirar los palacios renacentistas de Via Garibaldi y detenerse en el antiguo puerto rediseñado por Renzo Piano. Y, por supuesto, degustar en sus trattorias el auténtico pesto genovés y la focaccia típica.
MARSELLA Y LAS CALANQUES
El barco tiene otra parada en esta cosmopolita, multicultural y creativa ciudad francesa que combina la energía de un gran puerto con la belleza agreste de la Provenza. La visita suele comenzar en el Vieux-Port, el alma de la Marsella, donde conviven, terrazas, el Mercado del Pescado y las embarcaciones con fachadas color mantequilla. Desde allí, la subida hasta Notre-Dame de la Garde regala una de las mejores panorámicas del Mediterráneo francés. Pero el verdadero lujo de este rincón está unos kilómetros más allá, en el Parque Nacional de las Calanques.
Los 20 kilómetros que se extienden entre Marsella y Cassis forman parte de un parque nacional único como no hay otro en el Mediterráneo: una sucesión de blancos acantilados calcáreos que se precipitan a plomo sobre el mar y contrastan poderosamente con el turquesa de unas aguas que se baten contra la roca. En este abrupto paisaje llaman poderosamente la atención las calanques (calas estrechas y profundas) de Sormiou, En-Vau o Port-Pin, pequeñas catedrales naturales abiertas al mar, ideales para nadar, hacer paddle surf o simplemente contemplar la versión más pura del Mediterráneo.
SAINT-TROPEZ
Otra escala de la Riviera francesa es sinónimo de veranos con glamur durante décadas, pero más allá de los beach clubs y los megayates, Saint-Tropez conserva rincones que recuerdan su pasado marinero y artístico. Pasear por La Ponche —el antiguo barrio de pescadores— permite descubrir calles estrechas, casas de color pastel y pequeñas plazas silenciosas. El mercado de la place des Lices reúne productores locales, flores y tejidos provenzales, mientras que el puerto mantiene intacta esa mezcla irresistible de informalidad chic y sofisticación mediterránea.
Muy cerca se encuentran algunas de las playas más célebres de la Costa Azul. Pampelonne, extensa y dorada, sigue siendo la más famosa, pero también se descubren pequeñas calas como Escalet o la cercana zona de Cap Taillat, donde el paisaje se vuelve más salvaje.
DE ANTIBES A MÓNACO
El barco avanza después por el tramo más seductor de la Riviera, con sus pueblos colgados sobre el mar, sus villas de elegancia atemporal escondidas entre pinares y jardines y esos puertos donde el lujo siempre es discreto y relajado. En Antibes, su casco antiguo conserva murallas frente al mar y alberga un mercado provenzal irresistible; en la cinematográfica Cannes, el paseo de La Croisette es la imagen más reconocible de la ciudad; y en Mónaco, todo gira en torno al puerto y el Casino de Montecarlo. También aparecen otras joyas como Èze, un laberinto de arquitectura medieval y fachadas de piedra encaramado en la colina, con vistas directas al Mediterráneo.
Navegar por esta parte del Mediterráneo significa también encadenar amaneceres sobre la costa italiana, tardes de cubierta frente a acantilados franceses y la sensación constante de estar en movimiento entre dos países que se miran desde el mar. A bordo se disfrutan todas las experiencias que uno pueda imaginar en el barco de Explora Journeys, un verdadero hotel de lujo flotante inspirado en los yates privados: desde sus suites frente al mar, con terrazas privadas y ventanales de suelo a techo, hasta sus interiores de diseño, sus seis restaurantes de alta gastronomía y su Ocean Wellness –The Spa, con un programa de bienestar llamado In Balance, desarrollado en estrecha colaboración con Sinner. Todo a la altura del número uno del tenis mundial.
Una travesía inolvidable antes de llegar a Civitavecchia —merece la pena dedicar unas cuantas horas a contemplar su fortaleza renacentista—, puerto de acceso a Roma, y despedirse así de todo un viaje de descubrimiento.










