Que Lisboa es la ciudad de las mil caras es algo ya sabido por todos: la capital lusa no escatima en carisma y estilo para crear, de cada uno de los barrios repartidos a lo largo y ancho de su territorio, lugares con fuerte identidad. Sin embargo, hoy no venimos a hablarte de la histórica Alfama ni del elegante Barrio Alto. No te vamos a proponer perdernos por las callejuelas de Baixa ni por las de Chiado.
Hoy venimos a seducirte, a conquistarte, hablándote de este bohemio rincón que lleva ya un tiempo concentrando todas las miradas. Nos vamos a Príncipe Real. Qué, ¿te apuntas?
Indagando en el pasado
Cosmopolita y elegante, creativo y, a la vez, profundamente local. Las tranquilas calles de Príncipe Real se despliegan por las empinadas cuestas que surgen más allá del popular Mirador de Sāo Pedro Alcántara. Una zona tal vez más inexplorada por el turista de a pie que, desde hace unos años, sin embargo, sí que atrae a aquellos viajeros ávidos de escenas más cotidianas. Aquí lo autóctono convive con lo extranjero en plena armonía. Y en ello radica, precisamente, su valor.
Caminamos flanqueados por palacetes decimonónicos y tiendas independientes que dan forma y contexto a una zona en la que sentimos que todo fluye a un ritmo más pausado. Los tranvías recorren las avenidas de mayor tránsito, como la Rua Dom Pedro V, haciendo la vida un poco más fácil a quienes no se llevan tan bien con las cuestas. Nosotros, que hemos decidido venir a pie, paramos junto al Jardín do Príncipe Real para tomar aliento: en su quiosco de estética vintage nos unimos a las charlas entre vecinos que apuran el —¿segundo? ¿tercer?— café del día.
Y aquí un inciso: resulta que tanto el barrio como el jardín, e incluso la calle —y otros tantos rincones en la zona, como el hotel en el que nos vamos a hospedar— reciben su nombre del Príncipe Real Dom Pedro V, en cuyo honor se urbanizó toda la barriada a mediados del siglo XIX. Aquel era un momento en el que la capital comenzaba a expandir sus dominios más allá de su antiguo núcleo medieval tras el terremoto de 1755 que tanto daño causó. Durante mucho tiempo el vecindario fue hogar de familias nobles, algo que se continúa respirando hoy, de ahí su majestuosa arquitectura y el trazado ordenado de sus calles. Calles que, gracias a la pronunciada altura del barrio, nos sirven de improvisados miradores al mar, que se otea allá a lo lejos. Y ahora, ¿qué tal si hacemos check-in?
Reinventarse o morir
No hay duda de que el alma de un lugar se halla en los detalles. En la historia que lo sostiene. Y es eso precisamente lo que ocurre con Palácio Príncipe Real (palacioprincipereal.com), escondido tras un discreto portón en una empinada calle del barrio que nos tiene encandilados. Construido en 1877 y testigo de la vida social de la élite portuguesa durante décadas, el edificio fue rescatado del olvido por Gail y Miles Curley, un matrimonio británico que supo devolverle la vida desde una mirada contemporánea y cálida, pero llena de personalidad. Un lugar que no fue solo el resultado de una rehabilitación arquitectónica, sino también de una decisión vital: cuando los propietarios dejaron atrás su vida anterior para apostar por este edificio olvidado, estaban cumpliendo uno de sus mayores sueños.
Nos adentramos en sus dominios y quedamos fascinados ante su interior, que conserva techos pintados a mano, azulejos originales, suelos de mármol y escaleras de madera. Todo ello reinterpretado, gracias al talento de Gail, con una estudiada decoración que hace que cada estancia sea única: un refugio urbano de solo 25 habitaciones que combina la solemnidad de su pasado aristocrático con una hospitalidad íntima y profundamente personal.
A la propuesta gastronómica honesta y cuidada de su coqueto restaurante, y a su espacio dedicado al wellness desde el que Filippa, terapeuta de la casa, dedica a sus huéspedes un servicio de lo más exclusivo, hay que añadir la joya de la corona: un exuberante jardín secreto de 1.400 metros cuadrados —la obra maestra de Miles— que funciona a modo de pequeño edén donde no faltan ni piscina climatizada —ojo, accesible 24 horas—, ni buganvillas, ni limoneros ni, por supuesto, silencio. Un refugio urbano en el que sus comprometidos anfitriones invitan a bajar el ritmo y a entregarse al placer de no hacer nada. ¡O casi!
Tardecitas de paseo y shopping
Pero queremos continuar indagando en esa escena cultural que ha sabido convertir al barrio en uno de los más deseados —y vividos— de la capital portuguesa. Príncipe Real se ha reinventado con estilo y conciencia, pero, sobre todo, sin perder su esencia. Ahí lo demuestra su reconocido Museo Nacional de Historia Natural y de Ciencia, o uno de los lugares más amados por los lisboetas: el Jardín Botánico, un inesperado vergel urbano.
A la hora de conocer el lado más transgresor, la cosa se pone seria: frente a la Plaza Príncipe Real nos adentramos en el antiguo Palácio Ribeiro da Cunha, uno de los edificios más emblemáticos del barrio, hoy sede de Embaixada (embaixadalx.pt). Traspasar las enormes puertas de este edificio de estilo neomorisco, levantado en el siglo XIX, es descubrir una encantadora galería comercial que nos recibe con una esbelta escalinata central y antiguos frescos decorando techos y paredes. En sus amplias estancias hay hoy alojados proyectos locales y negocios con alma lusa enfocados al diseño y a la moda, a la artesanía y a la gastronomía.
Un patio interior rodeado de arcos porticados y coronado por un enorme lucernario acoge las mesas y sillas de su coqueto gin-bar. Un espacio en el que parar y conversar, pero también donde respirar el alma de Príncipe Real. Nos asomamos a ver los productos de cosmética y para el hogar de Castelbel y las prendas de Isto o A Industria. Nos acercamos hasta el espacio que ocupa Ecolā, que nos sorprende con sus elegantes piezas elaboradas 100% con lana, y caemos prendados de la originalidad y compromiso sostenible de las zapatillas de Hirundo. Entre unos y otros, hay lugar también para galerías de arte.
Hay que cruzar la avenida para conocer otro rincón singular, Loja Real, donde también se concentra lo mejorcito del talento nacional: cerámicas y moda comparten estanterías y mesas con complementos de todo tipo, calzado e incluso papelería. Pero ahí no termina la cosa: con solo recorrer la calle, los escaparates continúan seduciéndonos. Y pasamos de las preciosas vajillas de Cerâmica Factory a los quesos de Queijaria, de las piezas elaboradas exclusivamente con materias naturales de Stró, a los chocolates de autor de Betinna Corallo. Aquí aprovechamos: no se nos ocurre mejor lugar para recuperar energías tras una jornada non-stop.
Y entonces, cuando menos lo esperamos, nos asalta la duda, nos abraza el miedo. Y verbalizamos esa pregunta que lleva toda la tarde rondando nuestra cabeza. ¿Habrá suficiente espacio en la maleta para llevarnos todo lo que hemos comprado? Más nos valdrá...















