La eliminación de Portugal ante España en los octavos de final del Mundial 2026 ha puesto el broche definitivo a la carrera mundialista del capitán de la selección portuguesa. A sus 41 años, Cristiano Ronaldo vivió una de las noches más duras de su trayectoria y abandonó el terreno de juego desconsolado, entre lágrimas, aunque con la serenidad suficiente para hablar unas palabras sobre lo que está por venir: "Tendré tiempo para pensar, estar con mi familia, no decidir las cosas con cabeza caliente y seguir la vida", declaró después del encuentro. Mientras el mundo del fútbol despide una etapa irrepetible, es un buen momento para regresar al lugar donde comenzó su historia: Funchal, la ciudad que vio nacer al cinco veces Balón de Oro y que hoy invita a descubrir no solo los orígenes del futbolista más universal de Portugal, sino también los muchos encantos de la capital de Madeira.
CÓMO LLEGAR A FUNCHAL
Desde Madrid y, en algunos periodos del año, también desde Barcelona, varias aerolíneas operan vuelos directos que permiten llegar a Madeira en unas 2 horas y 45 minutos. Si no hay conexión directa, la alternativa más habitual es hacer escala en Lisboa u Oporto. El aeropuerto se encuentra a 20 kilómetros de la capital.
La primera imagen de Funchal se queda grabada en la memoria, especialmente si el vuelo aterriza al caer la noche. Antes de tomar tierra, el avión sobrevuela una de las pistas más singulares de Europa, con parte de sus casi 3 kilómetros asentados sobre pilares que se adentran en el mar. Y, mientras se aproxima a la isla, la ciudad aparece iluminada como un enorme anfiteatro que trepa por las laderas de la montaña, hasta el punto de dar la impresión de contemplar un belén. Entre esas calles empinadas comenzó la historia de Cristiano Ronaldo, que nació y creció en el barrio de Santo António, uno de los que ascienden desde la bahía hacia el interior de Madeira.
EL MUSEO CR7
Precisamente allí, junto al puerto, está el Museo CR7, visita casi obligada para cualquier aficionado al fútbol. Antes incluso de cruzar la puerta, toca hacerse la foto con la estatua de bronce de Cristiano Ronaldo que da la bienvenida a los visitantes. Después, en su interior, aguardan los recuerdos y galardones conseguidos por la estrella portuguesa: camisetas, botas, trofeos y balones que resumen una carrera extraordinaria. El complejo alberga también el hotel Pestana CR7, uno de los proyectos empresariales del futbolista en su tierra natal.
QUÉ VER
Dejando atrás el museo, comienza el Funchal cotidiano, el de las terrazas junto al mar y las calles empedradas del casco histórico. Caminamos por la animada Avenida do Mar e das Comunidades Madeirenses, que bordea la marina, para descubrir el ritmo tranquilo de una ciudad abierta al Atlántico. El paseo conduce hasta el Forte de São Tiago, la fortaleza del siglo XVII que acoge un elegante espacio gastronómico donde comer o cenar contemplando el mar.
Más adelante arranca la rua de Santa Maria, convertida en una improvisada galería de arte gracias a las puertas y fachadas pintadas por artistas locales. Sus pequeñas terrazas y restaurantes llenan de ambiente una de las calles más animadas del casco histórico. Para comer, puedes reservar mesa en ComTradições, donde probar algunos de los grandes clásicos de la cocina madeirense, como la carne vinha d'alhos, la espetada o el imprescindible bolo do caco con mantequilla de ajo, o en Taberna Madeira, situada en la callejuela paralela.
Muy cerca descubrimos otro de los grandes imprescindibles de Funchal: el Mercado dos Lavradores. Nada más cruzar sus puertas nos sorprendemos con la variedad de frutas tropicales, flores y pescados que llenan sus puestos. La espada preta sigue siendo el rey de la gastronomía local y cuesta resistirse a comprar alguna fruta cuyo nombre ni siquiera habíamos oído antes.
Sin movernos del mismo entorno, seguimos con la ruta gastronómica. Entramos en Uaucacau para probar sus originales chocolates artesanales —imprescindibles los bombones de pitanga, poncha, pistacho, vinho Madeira o maracuyá—; pasamos después por la Fábrica de Santo António, fundada en 1893, para comprar unas galletas y unas mermeladas; hacemos un alto en A Mercadora para brindar con una poncha, la bebida más representativa de la isla; y terminamos con una Brisa en Cristalina Chique, el refresco más consumido de la isla, incluso por delante de la Coca-Cola.
Entre una parada y otra también hay tiempo para descubrir algunos de los edificios más representativos de Funchal, como la Sé, su catedral de estilo manuelino, concluida hace más de cinco siglos y uno de los grandes símbolos de la ciudad, o la iglesia del Colegio de los Jesuitas, junto al Museo de Arte Sacra.
Madeira también sabe a vino. Y para conocer la tradición vinícola de la isla, ningún lugar mejor que la bodega Blandy's, la más antigua del archipiélago, instalada en el antiguo convento de San Francisco. El recorrido por sus instalaciones permite descubrir, entre barriles centenarios, las cuatro variedades que se producen aquí y la singular técnica de la estufagem, mediante la que el vino envejece con calor en lugar de hacerlo en bodegas subterráneas. No es casualidad que los madeirenses sigan recordando con orgullo que fue el primer vino europeo en llegar hasta la India.
Otra de las tradiciones centenarias de la isla es el bordado artesanal. En el taller de Bordal (bordal.pt) puede conocerse todo el proceso, desde el diseño de los dibujos hasta el picado, el perforado o el tintado, pero también el trabajo de las cerca de 400 mujeres que siguen bordando desde sus casas mantelerías, ropa de cama o prendas de bebé, manteniendo vivo uno de los grandes símbolos de Madeira.
SUBIR EN TELEFÉRICO, BAJAR EN UN CARRO DE CESTO
Después de recorrer el centro histórico, llega el momento de contemplar desde las alturas la ciudad donde nació Cristiano Ronaldo. El teleférico parte desde el parque Almirante Reis y asciende hasta Monte, a 550 metros sobre el nivel del mar. Son apenas 15 minutos de trayecto, suficientes para comprobar cómo Funchal se despliega poco a poco entre el océano y la montaña, ofreciendo una panorámica espectacular.
Una vez arriba, merece la pena perderse por el Monte Palace Tropical Garden, uno de los jardines más bellos de Madeira (montepalacemadeira.com). Sus plantas exóticas, lagos y esculturas muestran hasta qué punto el clima privilegiado de la isla favorece una vegetación exuberante. Desde aquí también es posible enlazar con otro teleférico que conduce hasta el Jardín Botánico o acercarse al Parque Municipal do Monte y a la histórica Quinta Jardins do Imperador.
Y si subir resulta inolvidable, bajar lo es todavía más. Los tradicionales carros de cesto, guiados por dos carreiros, se deslizan sobre patines de madera durante dos kilómetros por las empinadas calles de Funchal en un descenso tan divertido como sorprendente. Una tradición nacida a finales del siglo XIX que sigue siendo una de las experiencias más singulares de Madeira.
DÓNDE DORMIR
No hay un hotel más icónico en Madeira que el Belmond Reid's Palace. Encaramado sobre un acantilado y rodeado de exuberantes jardines tropicales, lleva más de un siglo recibiendo a jefes de Estado, artistas y grandes personalidades. Conserva intacta la tradición británica de la hora del té y ofrece unas vistas privilegiadas desde sus terrazas de la bahía de Funchal, especialmente al caer la tarde, cuando la ciudad vuelve a encenderse y recupera esa imagen de belén que descubrimos al llegar en avión.

















