Dr. José Jiménez, pediatra, sobre habilidades como gatear, correr o saltar: "Conviene ajustar la dificultad a las habilidades del niño y no solo a su edad"


El movimiento es esencial para bebés y niños, para situarse en el mundo, aprender a integrarse en el entorno y fomentar habilidades de naturaleza cognitiva y emocional. ¿Qué hay que tener en cuenta en cada momento?


Bebé intentando gatear© Getty Images
22 de octubre de 2026 a las 18:02 CEST

Las habilidades motrices de los niños, es decir todos los movimientos que son capaces de ir adquiriendo con el desarrollo, tienen gran importancia y, aunque hay unos hitos marcados que señalan en qué franja de edad la mayoría de los pequeños es capaz de llegar a ellos, la variabilidad es grande y depende de cada niño y de sus circunstancias. 

En los primeros años de vida, el movimiento es un estímulo muy potente que configura una parte esencial de su evolución y que puede advertir, en algunos casos, de que algo no va bien, cuando hay muchas dificultades para conseguir ciertas respuestas, como el volteo, la bipedestación... En todo caso, los padres tienen que introducir la actividad física en sus bebés considerando esas diferencias, para acompañar lo mejor posible a su hijo. El movimiento, ya sea como parte de un desarrollo integral en los primeros años de vida, o formando parte de la actividad física que reporta beneficios físicos y emocionales en niños mayores, siempre debe estar presente en la vida de los menores.

Los periodos de crecimiento rápido también pueden alterar temporalmente la coordinación o el equilibrio, por lo que el nivel de exigencia debe adaptarse al momento de desarrollo, la experiencia previa y las capacidades individuales

Dr. José Jiménez, pediatra

 Ajustar la dificultad a cada circunstancia

Tal como comenta el Dr. José Jiménez, jefe de Servicio de Pediatría del Hospital Universitario Sanitas La Moraleja, de Madrid, “la edad sirve como orientación, pero no determina por sí sola si un niño está preparado para una actividad deportiva. Durante la infancia se desarrollan capacidades motrices como el equilibrio y la coordinación, aunque este proceso no ocurre al mismo ritmo en todos los menores. Por eso conviene ajustar la dificultad a las habilidades que ya ha adquirido y no únicamente a los años que tiene”.

Partiendo de esta premisa, durante los primeros años de vida, la recomendación es tener muy en cuenta el aspecto físico, que va a ayudar al bebé a fomentar la propiocepción (saber cómo se sitúa su cuerpo en el espacio), y a través de esas habilidades motrices básicas va a promover su desarrollo en los demás campos, como el cognitivo. Son juegos y desplazamientos más básicos que van entrenando habilidades más complejas como la coordinación ojo-mano y que constituyen la base para, más adelante, lograr movimientos de mayor dificultad. 

Y todo ello debe ajustarse a las circunstancias concretas de cada uno: no es igual un niño enfermo o con alguna discapacidad que otro que está sano y no tiene dificultades. En este último caso, "la actividad física adaptada permite trabajar capacidades como la fuerza, la movilidad, el equilibrio y la coordinación, siempre teniendo en cuenta las necesidades y posibilidades de cada niño. Estos avances pueden contribuir a mejorar su autonomía en actividades cotidianas, pero los beneficios van más allá del desarrollo físico", asegura Javier Pérez, director de la Cátedra Fundación Sanitas de Deporte Inclusivo.

Y añade: "Practicar deporte también favorece la autoestima, la confianza y las relaciones sociales. No necesariamente tienen que ser actividades deportivas y regladas, sino que a través del movimiento y tareas más generales se pueden trabajar muchas habilidades motrices básicas. También se pueden trabajar los sentidos (como la vista, el oído y el tacto) y la imagen corporal (conociendo los diferentes segmentos de nuestro cuerpo y sus posibilidades) para tener una adecuada percepción y que esto les ayude a relacionarse con los demás y con el entorno. Actividades como reptar, trepar, saltar o los giros y cambios de dirección ayudan a adquirir habilidades y agilidad que pueden ser muy necesarios a la hora de realizar acciones motrices más complejas".

Niña pequeña sobre un objeto de equilibrio© Getty Images

Los movimientos recomendados por edades

En ausencia de esa enfermedad o discapacidad, para las que habrá que articular adaptaciones, la mayoría de los niños están preparados para alcanzar algunos hitos a determinada edad. Son los siguientes, tal como detallan los expertos de Sanitas:

  • Hasta los 2 años: descubriendo el movimiento. "En estos primeros años se adquieren progresivamente la bipedestación y distintas formas de desplazamiento. Los espacios seguros permiten explorar diferentes posiciones y desplazamientos. Gatear, levantarse o manipular objetos ayuda a conocer progresivamente las posibilidades del propio cuerpo", señalan. En el caso de que haya discapacidad, habría que adaptar el entorno y proveer de apoyos para favorecer una exploración lo más activa e independiente posible por parte del niño.
  • Entre los 3 y los 5 años: ampliar las habilidades motrices. "Correr, saltar, lanzar o mantener el equilibrio permite consolidar habilidades básicas en una etapa en la que la dominancia lateral se afianza y la coordinación y el control de los movimientos todavía están madurando. Las actividades incorporan psicomotricidad, juegos en el agua, experimentar con los ritmos o propuestas sencillas con pelota", detallan. No es un momento para exigir precisión, sino para dar rienda suelta a la experimentación de las distintas formas de movimiento. El grupo empieza a tomar más protagonismo, y posiblemente haya diferentes grados de habilidad entre los niños, que pueden ser compensados con adaptaciones.
Niño pequeño practicando natación en piscina© Getty Images/Tetra images RF
  • Entre los 6 y los 9 años: acercarse a disciplinas más organizadas. “A estas edades los niños se inician progresivamente en actividades deportivas adaptadas y con reglas sencillas, mientras continúan desarrollando y perfeccionando sus habilidades motrices y su coordinación”, apunta el Dr. José Jiménez. Suele ser el momento en que, coincidiendo con la entrada en Primaria y la elección de extraescolares, se decantan por un deporte: natación, fútbol, baloncesto... A veces prefieren actividades individuales y otras, prácticas colectivas. Es importante, dejar que el niño decida según sus gustos e ir reconsiderando la decisión, según se sienta en dicho deporte. Los cambios a esta edad son frecuentes, y no hay que darles más importancia, pues están en un proceso exploratorio.
Adolescente en clase de tenis© Getty Images/Aflo Images
  • A partir de los 10-12 años: aumentar gradualmente la complejidad. A medida que los niños van cumpliendo años y se acercan a la adolescencia, el deporte toma más peso en sus vidas. Si pertenecen a un equipo, tienen que entrenar más días o más horas, hay más compromiso y se les exige un aprendizaje técnico y táctico más específico, para el que empiezan a mostrar la madurez necesaria. No obstante, la pubertad también pone encima de la mesa que hay diferencias en el ritmo de maduración entre niños de la misma edad. Así lo explica el pediatra: "Los periodos de crecimiento rápido también pueden alterar temporalmente la coordinación o el equilibrio, por lo que el nivel de exigencia debe adaptarse al momento de desarrollo, la experiencia previa y las capacidades individuales". Es bueno, en todo caso, que se mantenga cierta variabilidad deportiva, según aconsejan, para evitar una repetición excesiva de los mismos movimientos y esfuerzos durante esta etapa de intenso crecimiento.