Dra. Blanca Borrás, pediatra: "Un niño que come de todo un poco, sin angustia ni culpa, va a estar mejor que aquel que come perfecto, pero bajo mucha presión"


Sin azúcar, sin harinas, sin saborizantes... La preocupación por una alimentación saludable donde no tienen cabida productos con menos valor nutricional lleva a muchas familias a ser muy estrictas con la dieta infantil y a establecer prohibiciones. ¿Cómo puede afectar esto al niño?


Blanca Borrás, pediatra© Blanca Borrás
17 de septiembre de 2026 a las 13:04 CEST

Alimentarse no es solo un proceso nutritivo, sino que tiene un gran valor social y emocional. Actualmente, las familias tienen mucha más información de lo que supone para el organismo una dieta adecuada y del efecto de ciertos productos, como los ultraprocesados. Sin embargo, cuando las restricciones son muy numerosas y habituales, el niño puede acusarlo.

Hablamos sobre ello con la Dra. Blanca Borrás Mullor, pediatra de Atención Primaria en el Departamento Clínico-Malvarrosa, de Valencia, y divulgadora en la cuenta de Instagram @pediatriaconblanca. 

Prohibir un alimento puede tener el efecto contrario al buscado: lo convierte en "el fruto prohibido", con el consiguiente aumento del deseo y de la obsesión por conseguirlo

Dra. Blanca Borrás, pediatra

¿Qué riesgos tiene darle un valor moral a la comida, como comida buena o mala, cuando hablamos de ello con un niño?

Los niños no entienden de composición nutricional de los alimentos, por eso cuando le decimos que una comida es “mala", no está entendiendo que tiene mucho azúcar o pocas vitaminas. Está entendiendo que, si lo come, está haciendo algo que no debía. Con el tiempo, esto puede hacer que el niño asocie comer con sentirse culpable, en vez de asociarlo con tener hambre o disfrutar. Por eso, en vez de hablar de comida buena o mala, funciona mejor hablar de "esto lo comemos todos los días" y "esto lo comemos de vez en cuando". Así el niño puede entender mejor la diferencia entre alimentos habituales y ocasionales.

Y esto no vale solo para lo que queremos que coma menos: también para cómo hablamos de lo que queremos que coma más. Si a las verduras o al pescado los presentamos siempre como una obligación ("tienes que comerte esto porque es bueno para ti"), lo único que conseguimos es que suenen a una imposición. Un niño pequeño no entiende de vitaminas ni de fibra, pero sí entiende de colores, texturas y sabores. Hablar de las características sensoriales de los alimentos o de ciertas curiosidades van a tener un mayor efecto en la aceptación del alimento sin necesidad de ponerle una etiqueta de bueno o malo. Por ejemplo: hablar de lo crujiente que está la zanahoria, de lo dulce que es el tomate cuando está bien maduro, de por qué los guisantes vienen en una vaina, o de que el brócoli parece un arbolito. 

Niña pequeña sentada a la mesa para comer© Getty Images

En padres que no quieren dar determinados productos a sus hijos, como preparaciones con azúcar o snacks como patatas fritas, ¿cuál es la forma correcta de hacerlo para que ese alimento no les resulte precisamente más atractivo por la prohibición?

Prohibir un alimento puede tener el efecto contrario al buscado: lo convierte en "el fruto prohibido", con el consiguiente aumento del deseo y de la obsesión por conseguirlo. La clave está en no prohibirlo de forma rotunda, sino en gestionarlo con algunas estrategias sencillas:

  • No comprar en casa lo que consideramos poco adecuado para los niños. Si no lo queremos para ellos, tampoco para los adultos. Lo que no está a la vista no genera negociación ni discusión constante.
  • Gestionar la disponibilidad en lugar de prohibir: decidir en qué ocasiones sí se puede comer ese alimento (cumpleaños, fiestas, fines de semana). En vez de "esto está prohibido", funciona mejor "esto no lo tomamos normalmente en casa, pero podrás comerlo en cumpleaños o fiestas".
  • No convertir esos alimentos en premio. Si presentamos un dulce como recompensa por comportarse bien, corremos el riesgo de que el niño lo idealice todavía más, y de que se devalúe lo saludable que ha comido antes para "ganárselo".
Niño pequeño con brick de leche y patatas fritas© Getty Images

¿Qué se debe hacer cuando el niño pide probar algo que no es del agrado de los padres, como un helado, porque lo ve expuesto o en otros niños?

Que un niño quiera probar algo que ve comer a otros (y que suele tener formas o colores llamativos) es de lo más normal. Si se lo prohibimos reiteradamente podemos conseguir el efecto “fruto prohibido” que comentábamos antes. Hay una diferencia entre dejar que coma algo puntualmente y que se convierta en costumbre. Por eso podemos hacer excepciones sin culpas en ciertas circunstancias (vacaciones, un día especial…), ya que lo que de verdad importa es lo que se come de forma habitual y no lo puntual.

¿Deberían los padres seguir ese mismo régimen de comidas para tener una coherencia familiar? 

Por supuesto, los niños aprenden con el ejemplo de sus referentes. Si les decimos que tienen que comer verduras, pero los adultos no las comemos o las apartamos del plato reciben un mensaje confuso y eso genera más resistencia. Los niños aprenden más por lo que ven que por lo que escuchan. Lo que en casa se considera un alimento excepcional debe serlo también para los adultos.

Además, también considero importante que las comidas se realicen en familia, no que los padres coman en un horario diferente a los niños. Siempre que se pueda que al menos una o dos comidas al día sean conjuntas (por ejemplo, el desayuno y la cena), donde todos coman más o menos lo mismo, así se generan más oportunidades de imitación o de querer probar.

Niño pequeño con una tarrina vacía de helado© Getty Images

¿Qué hacer cuando el niño toma esos alimentos “prohibidos” con ansiedad o a escondidas de los padres?

Cuando llegamos a este punto, es señal de que la restricción ha sido excesiva y de que ese alimento ha acumulado demasiada carga negativa. Lo primero es evitar castigos y riñas: avergonzar o culpar al niño solo empeora la situación. Conviene revisar si hemos sido demasiado estrictos y empezar a ofrecer ese alimento con más naturalidad, en distintos contextos, para que deje de vivirlo como algo prohibido.

También ayuda cuidar el lenguaje que usamos, de modo que el niño entienda que ningún alimento es un secreto, y mantener en casa un ambiente de confianza y serenidad donde se sienta libre de contarnos qué le preocupa antes de que la situación vaya a más. Si estas medidas no son suficientes, conviene consultarlo con el pediatra sin avergonzarnos.

Niño cogiendo todas las galletas de un plato© Getty Images/Tetra images RF

¿Hay más riesgo de trastornos de la alimentación cuando hay muchas restricciones alimentarias (aunque sea con elementos más saludables) desde que el niño es pequeño?

Sí. Un control autoritario y restrictivo de la alimentación en la infancia es un factor de riesgo de trastornos de conducta alimentaria en el futuro.

La preocupación excesiva por comer saludable se puede considerar un desorden alimentario. Las restricciones muy rígidas —aunque se deban a la mejor intención por la búsqueda de lo saludable— pueden derivar en ideas obsesivas con la comida o atracones ante la disponibilidad del alimento considerado como prohibido, además de más riesgo de preocupación excesiva por la imagen corporal o por los nutrientes o ingredientes de lo que se ingiere.

Niño pequeño comiendo solo un plato saludable© Getty Images/PhotoAlto

¿Como equilibrar el deseo de alimentar de forma saludable sin perjudicar la salud mental del menor?

Es importante entender que enseñar a comer bien también es aprender y respetar las señales del propio cuerpo (saber interpretar señales de saciedad, no obligar a terminar el plato…) y no agobiarse si algún día se come algo no saludable.

El equilibrio se puede lograr cuando los padres deciden qué comida se compra, cuándo se come y dónde y el niño decide si prueba la comida y cuánta cantidad come. Dentro de este marco hay espacio tanto para priorizar una alimentación saludable como para permitir alimentos excepcionales sin necesidad de prohibir ni de recurrir a premios o castigos con la comida.

En resumen, un niño que come de todo un poco, sin angustia ni culpa, va a estar mejor que aquel que come perfecto, pero bajo mucha presión.