Javier Bardem y Penélope Cruz son la pareja de actores españoles más internacional. Forman un tándem perfecto dentro y fuera de la pantalla, en parte, porque tienen claras cuáles son sus prioridades: sin duda, son sus hijos, Leo (de 15 años) y Luna (de 13). Pero al mismo tiempo se sienten felices y realizados en su profesión. Una profesión que comparten y que ambos han labrado en gran parte en Estados Unidos, lo que les obliga a pasar largas temporadas fuera de casa. "Lo más importante de mi vida son ellos, los amo", ha dicho Bardem en una entrevista concedida a la revista Esquire. "Pero también amo mi profesión y quiero que entiendan la importancia de la pasión en lo que hacemos". Es consciente del privilegio de poder dedicarse a lo que tanto le gusta y de que eso implica también esfuerzo y formación constante.
Por ello, hay "algo innegociable" en la familia de Javier Bardem y Penélope Cruz. Se trata de un pacto sobre la crianza de sus hijos: "al menos uno de los dos debe estar siempre con ellos". Es decir, compaginan sus respectivos rodajes y compromisos profesionales para que sus hijos no estén solos al cuidado de terceras personas durante largas temporadas, y él nunca está fuera más de dos semanas y así lo refleja siempre por contrato. Hemos preguntado por qué es tan importante un acuerdo familiar de este tipo a Raquel Muñoz Navarro, psicóloga general sanitaria, directora del Centro de Psicología Emocional-Mente, en Castellón, y colaboradora de TusClasesParticulares, donde imparte clases de técnicas de estudio y apoyo a estudiantes con necesidades especiales. "Porque la presencia estable de una figura de apego es la base de la seguridad emocional, el cimiento sobre el que se construye todo lo demás", nos responde. "Los niños desarrollan su equilibrio interno sabiendo que hay alguien disponible, predecible y sensible a sus necesidades".
El adolescente necesita saber que hay un adulto disponible en la retaguardia, aunque sea él quien elija cuándo acercarse
La psicóloga, con una dilatada trayectoria vinculada al ámbito infanto-juvenil, nos explica que, cuando al menos uno de los progenitores está siempre, el mensaje que el niño interioriza es que, pase lo que pase, no está solo. "Esa certeza es precisamente la que después les permite explorar el mundo, tolerar frustraciones, asumir riesgos sanos y separarse con confianza", asegura. "Paradójicamente, los niños que se sienten más seguros de sus vínculos son los que mejor toleran las ausencias".
Nos indica que la clave es la constancia, pues evita la sensación de provisionalidad que desestabiliza tanto a los niños: necesitan saber quién les recogerá del colegio, quién estará en la cena, quién les acompañará si enferman. "La vida cotidiana —los deberes, el baño, las rutinas de la noche— es donde realmente se educa y se construye la confianza, mucho más que en los grandes momentos", afirma.
"Y este tipo de pactos tiene un valor añadido: convierte la conciliación en un proyecto de equipo". El motivo es, según nos cuenta, que los hijos perciben que sus padres se coordinan, se relevan, renuncian a cosas y les colocan en el centro de las decisiones, "y eso transmite una idea muy potente de compromiso y de familia", añade. "No es solo quién está: es el porqué se organizan así".
La presencia de los padres durante la adolescencia de los hijos
Bardem habla en presente de ese pacto; es decir, él y su mujer siguen teniéndolo muy en cuenta, a pesar de que sus hijos estén ya en la adolescencia. A veces parece que los adolescentes en general (no los de ellos en concreto) no necesitan ya a sus padres en esta etapa porque son más autónomos y muchos de ellos se aíslan y pasan horas solos en su habitación, pero nada más lejos de la realidad. Según Raquel Muñoz Navarro, es justo al revés: los necesitan tanto como en la infancia, aunque lo expresen de otra manera y a veces de la forma más desconcertante posible. "El adolescente necesita saber que hay un adulto disponible en la retaguardia, aunque sea él quien elija cuándo acercarse", afirma. "Y esos acercamientos no se pueden programar: la conversación importante surge un martes a las once de la noche en la cocina, mientras se prepara un bocadillo, y si no hay nadie al otro lado, sencillamente no ocurre. La disponibilidad no se puede delegar ni concentrar en un fin de semana intensivo".
La psicóloga pone de manifiesto algo que la mayoría de padres de adolescentes lleva a cabo, y es que en esta etapa la presencia añade una función que cobra especial importancia: la de supervisión afectuosa. Saber por dónde se mueven, con quién van, cómo están emocionalmente, qué consumen en redes… Conocer esa información "es uno de los factores protectores más sólidos que conocemos frente a los riesgos propios de la edad: consumos, conductas de riesgo, malestar emocional".
Muñoz Navarro indica que un progenitor presente detecta antes los cambios de humor, el aislamiento, los problemas con el grupo o los primeros signos de ansiedad."A los 13 y 15 años los hijos están construyendo su identidad, y para rebelarse, compararse y diferenciarse necesitan un muro estable contra el que hacerlo". Por tanto es fundamental tener claro que "la puerta entreabierta de la habitación necesita a alguien al otro lado".





