En la adolescencia, la identidad ya no se construye solo en casa, en clase o con el grupo de amigos: ahora también se cocina a golpe de like. Las redes han convertido la mirada del otro en un termómetro constante, donde la validación llega en números y la comparación nunca descansa. En medio de todo esto, muchos chicos empiezan a medir su valor según lo que marca la pantalla, a sentirse “suficientes” solo cuando hay interacción y a crear un yo filtrado que compite con quien realmente son.
La exposición continua, los filtros y la presión por encajar hacen que crecer sea un proceso más público, más rápido y, a veces, más frágil. Por eso nos preguntamos qué pasa en el cerebro adolescente cuando recibe esa aprobación digital y, sobre todo cómo detectar que la autoestima en esta etapa empieza a depender del algoritmo. De todo ello hablamos con la psicóloga Clara López, vicedecana de Psicología y Neurociencia de la Universidad Europea de Valencia, para entender cómo se construye hoy la autoestima en plena era del like.
¿Cómo influye el “me gusta” en la construcción de la identidad?
Para poder responder a cómo influye un like en la construcción de la identidad de una persona, es necesario partir del propio concepto de identidad y de cómo esta se configura.
La identidad no es un elemento estático, sino un proceso dinámico que se construye en interacción constante entre lo que una persona piensa de sí misma y lo que recibe del entorno. En este sentido, no solo importa la autopercepción, sino también, y especialmente en las etapas tempranas del desarrollo, la mirada del otro. Inicialmente, ese “otro” está representado por las figuras de apego (madre, padre u otros cuidadores), que actúan como referentes fundamentales. Posteriormente, este papel lo asumen otros agentes significativos como docentes, iguales o grupos de pertenencia. A lo largo del desarrollo, estas figuras de referencia cambian, pero el proceso se mantiene: la identidad se va configurando en gran medida a partir del feedback recibido del entorno.
De alguna manera, ese feedback funciona como un “termómetro” que informa sobre quién soy y cómo soy percibido. Y esa percepción externa influye directamente en cómo me percibo a mí mismo.
Si trasladamos este proceso al entorno digital, el like puede entenderse como una forma simplificada de ese feedback. En términos muy resumidos, un like se interpreta como un “eres válido” dentro del grupo. Cuantos más likes se reciben, mayor parece ser esa validación social. Así, las redes sociales pasan a funcionar como un termómetro digital del valor percibido, ampliando además el marco de referencia: ya no se trata solo del grupo cercano y tangible, sino de un contexto potencialmente global.
¿Cómo cambia la percepción de uno mismo cuando la comparación social es continua?
Esto introduce un cambio relevante. En un contexto no digital, la construcción de la identidad requiere un proceso más elaborado: integrar distintas opiniones (familia, amigos, pareja), contextualizarlas y darles sentido en función del vínculo con cada persona. Es un proceso más reflexivo y cualitativo. Sin embargo, en el entorno digital, este proceso se simplifica de forma considerable. El cerebro tiende a traducir la experiencia en una lógica cuantitativa: a mayor número de likes, mayor valor personal.
De este modo, el like se convierte en una microacción cotidiana que externaliza y reduce procesos psicológicos complejos —como la autoestima y el autoconcepto— a indicadores numéricos. La evaluación del propio valor pasa así a depender, en gran medida, de métricas visibles e inmediatas.
En síntesis, las redes sociales no crean el mecanismo de construcción de la identidad, pero sí lo amplifican y lo simplifican, favoreciendo una asociación directa entre validación externa y valor personal. El riesgo radica en que dimensiones profundas y complejas de la identidad queden reducidas a una lógica de volumen: más likes, más valía.
¿Qué ocurre en el cerebro adolescente cuando recibe aprobación digital y por qué resulta tan adictivo?
Si incorporamos la perspectiva neuropsicológica a lo anterior, entendemos aún mejor por qué el like tiene tanto impacto en la construcción de la identidad, especialmente en etapas evolutivas sensibles como la adolescencia.
Cada vez que una persona recibe un like, se activan en el cerebro los circuitos de recompensa, produciendo liberación de dopamina, el neurotransmisor asociado al placer y al aprendizaje por refuerzo. Es decir, no se trata únicamente de una validación simbólica, sino de una experiencia biológica que el cerebro interpreta como algo positivo que conviene repetir.
Este efecto es especialmente relevante en la adolescencia, ya que el cerebro en esta etapa presenta una mayor sensibilidad a la aprobación social, particularmente en regiones como el estriado ventral que se relacionan con el sistema socioemocional de las personas y que son hiperreactivas durante la adolescencia. Al mismo tiempo, las áreas responsables del control inhibitorio y la regulación —como la corteza prefrontal— aún se encuentran en desarrollo. Esto genera un equilibrio desigual: una alta reactividad a la recompensa social junto con una menor capacidad de regulación.
En paralelo, las redes sociales incorporan dinámicas de refuerzo variable, similares a las de sistemas como las máquinas “tragaperras”: no todos los contenidos reciben la misma respuesta, ni siempre de forma predecible. Esta incertidumbre incrementa el nivel de atención y favorece la repetición de la conducta, ya que el cerebro queda “enganchado” a la expectativa de la próxima recompensa.
En este contexto, el like deja de ser una simple interacción social y pasa a convertirse en un potente modulador de conducta. La validación digital no solo refuerza determinadas formas de mostrarse, sino que también condiciona la repetición de comportamientos y la búsqueda constante de aprobación.
Por tanto, cuando conectamos estos mecanismos con el proceso de construcción de la identidad, observamos que no solo se simplifica la evaluación del propio valor (como comentábamos anteriormente), sino que además se refuerza de manera intensa y repetitiva. Esto ayuda a explicar por qué, en algunos casos, el uso de redes sociales puede derivar en patrones de uso compulsivo o cercanos a la conducta adictiva: no es únicamente una cuestión social, sino también neurobiológica.
Resumiendo, podemos decir que el like actúa simultáneamente como validación social, estímulo neuroquímico y mecanismo de aprendizaje. Y esa combinación lo convierte en un elemento especialmente influyente en la forma en que las personas, y en particular los adolescentes, construyen su autoconcepto y regulan su conducta.
El cerebro tiende a traducir la experiencia en una lógica cuantitativa: a mayor número de likes, mayor valor personal
¿En qué se diferencia crecer construyendo la identidad “en público” respecto a generaciones anteriores?
Es muy interesante esta pregunta, acabas de incorporar una variable muy significativa en el análisis de la situación, en este caso, la perspectiva contextual e histórica. Si incorporamos esta perspectiva histórico-contextual al análisis de la identidad, aparece un cambio cualitativo muy relevante entre generaciones.
En las épocas previas a la digitalización, la construcción de la identidad tenía lugar en contextos más acotados y privados: la familia, el grupo de iguales, el entorno educativo o el ámbito laboral. Eran espacios en los que la persona podía ensayar distintos roles, equivocarse, rectificar y reconstruirse sin una exposición constante. Además, en un entorno relacional saludable, los vínculos afectivos actuaban como moduladores del feedback: tendían a hacerlo más contenido y, en muchos casos, más cuidadoso. Y cuando ese feedback era negativo, existía la posibilidad de compensarlo acudiendo a otros vínculos significativos que ofrecían una mirada alternativa.
Por ejemplo, si en un grupo de amigos recibo críticas, podía acudir a otro espacio, como la familia, otra amistad o incluso un entorno académico, donde recibir reconocimiento o valoración positiva. Esa alternancia permitía integrar distintas miradas sobre uno mismo y construir una identidad más compleja y equilibrada, en la que convivían aspectos positivos y negativos. De este modo, la persona podía desarrollar una cierta capacidad crítica y tomar decisiones más ajustadas, no desde una única voz, sino desde la integración de diferentes capas de experiencia relacional.
La evaluación, por tanto, estaba presente, pero se daba de forma más difusa, cualitativa y, en cierto modo, más contenida.
En el contexto actual, sin embargo, la identidad se construye necesariamente integrando tanto los vínculos cercanos como los escenarios digitales, que son, por definición, públicos, permanentes y cuantificables, además de mucho más voluminosos en términos de número de personas y tiempo de exposición. Esta ampliación del contexto introduce un cambio relevante: si lo entendemos en términos de equilibrio, el peso relativo de los vínculos próximos puede perder influencia frente a la magnitud y frecuencia del feedback digital.
Las redes sociales convierten así la construcción de la identidad en un proceso visible para audiencias amplias e indeterminadas, incorporando además métricas explícitas (likes, visualizaciones, comentarios) que objetivan la evaluación social. De este modo, lo que antes era una experiencia más cualitativa pasa a traducirse en indicadores cuantificables que son, para un cerebro en construcción, difícilmente refutables.
Lo que antes era un proceso más íntimo y progresivo pasa a convertirse en una construcción en tiempo real y bajo evaluación constante. La identidad no solo se construye, sino que se muestra mientras se está construyendo. Y esa exposición introduce una presión añadida: la necesidad de “acertar” en cómo uno se presenta.
En este sentido, el margen para el error, que es esencial en el desarrollo identitario, se reduce o, al menos, se percibe como más costoso. Equivocarse ya no ocurre solo en un círculo cercano, sino que puede quedar registrado, compartido y evaluado. Esto puede favorecer estrategias de autopresentación más rígidas, donde la persona tiende a ajustar su comportamiento a aquello que obtiene mayor validación. Esto, bajo mi punto de vista, tiene alto riesgo si pensamos en costes a largo plazo.
La diferencia no es solo de momento histórico, sino de naturaleza del proceso: hemos pasado de una construir una identidad que se podría ensayar y pulir en espacios relativamente privados con personas de confianza que se presume que velan por nuestro bienestar a una identidad que se construye en público, bajo evaluación constante y con métricas visibles, lo que implica mayor presión y menor tolerancia al ensayo y error, precisamente en una etapa evolutiva donde explorar quien quiero ser y quien no quiero ser, es fundamental para una adultez saludable.
¿Qué riesgos aparecen cuando la autoestima depende de métricas externas como los 'likes' o los seguidores?
Los riesgos, creo que los hemos ido nombrando o anticipando, pero si tenemos que ser más concretos y centrarnos en qué le ocurre a la autoestima personal cuando se vincula a métricas externas, podemos profundizar mucho más.
En los entornos digitales, la validación es inmediata, visible y cuantificable. Esto facilita que la percepción de uno mismo deje de apoyarse en procesos más internos, reflexivos y estables, para depender de indicadores externos que, por naturaleza, son variables y externos. Esta combinación puede llevar a que, la autoestima puede se vuelva más frágil, ya que variará en función de la respuesta recibida en cada interacción.
La evidencia científica apunta en esta dirección. Distintos estudios concluyen que un uso intensivo de redes sociales se relaciona con una menor autoestima, en parte mediada por la comparación con otros, y también con mayores niveles de ansiedad, depresión y malestar psicológico en jóvenes.
En este contexto, el problema no es la existencia de validación externa, que forma parte del desarrollo de la identidad, sino de la naturaleza de esa validación externa. Cuando el “termómetro” del valor personal se sitúa fuera (métricas, likes, etc), la regulación emocional se vuelve más dependiente del entorno, se vuelve menos reflexivo y, por tanto, más inestable.
Distintos estudios concluyen que un uso intensivo de redes sociales se relaciona con una menor autoestima, en parte mediada por la comparación con otros
¿Qué impacto tienen los cuerpos y vidas “perfectas” que se muestran en redes sobre la autoestima?
Esta es otra variable fundamental para comprender la construcción de la identidad. Para poder definir quién soy, necesariamente tengo que preguntarme quién quiero llegar a ser. En ese proceso, es natural recurrir a referentes aspiracionales que actúan como modelos, a partir de los cuales puedo identificar rasgos, valores o formas de comportamiento que quiero incorporar, ensayando y aproximándome progresivamente a aquello que deseo construir en mí mismo.
Tradicionalmente, estos referentes solían encontrarse en el entorno cercano: familiares, docentes, figuras de apego o personas del propio contexto social. Esto permitía una referencia más realista, con acceso a matices, contradicciones y aspectos cotidianos de esas figuras. Sin embargo, en el contexto actual, los referentes se amplían de forma exponencial a través de las redes sociales, donde cualquier persona, independientemente de la distancia o el vínculo, puede convertirse en modelo.
El matiz relevante es que estos nuevos referentes no muestran el 100% de su realidad, sino versiones parciales, seleccionadas y, en muchos casos, idealizadas de su vida. Esto introduce un sesgo importante en el proceso de comparación e identificación, ya que la persona no está tomando como referencia una realidad completa, sino una narrativa construida que, necesariamente, deja fuera la complejidad del día a día.
La investigación ha mostrado que estar expuesto a este tipo de referentes favorece procesos de comparación social ascendente, que se asocian con una disminución de la autoestima. Este efecto se intensifica en la adolescencia, donde como he explicado antes, la identidad está en pleno proceso de construcción y la sensibilidad a la evaluación social es especialmente alta. En este contexto, la comparación con vidas aparentemente “perfectas” puede generar una percepción de distancia entre quién soy y quién “debería ser”, favoreciendo sentimientos de insuficiencia, vacío, atrapamiento, indefensión, etc.
¿Por qué algunos adolescentes sienten que “sin filtro” no son suficientes?
¿Qué ocurre cuando una persona quiere parecerse a su modelo aspiracional, pero percibe que no logra alcanzarlo? Tiende a utilizar las herramientas disponibles para reducir esa distancia. En el entorno actual, especialmente en lo estético, una de esas herramientas son los filtros.
El impacto de las “vidas perfectas” amplifica esta dinámica, ya que genera una brecha significativa entre el yo real y el yo aspiracional. Ante esa distancia, el yo editado aparece como una solución intermedia que permite acercarse, al menos en lo visible, a aquello que se desea proyectar. Como sabemos, las redes sociales tienden a amplificar versiones idealizadas de la vida. No solo observamos esas versiones en otros, sino que también aprendemos a construirlas sobre nosotros mismos. Filtrar, seleccionar, retocar o ajustar lo que mostramos se convierte en una práctica habitual. De esta forma, no solo cambia la referencia externa, sino también la forma en que nos representamos.
En este proceso, se va configurando una doble dimensión de la identidad: por un lado, el yo real, con sus matices, imperfecciones y contradicciones; por otro, el yo editado, diseñado para ser compartido y validado en el entorno digital. El problema no es la existencia de esta edición, que en cierto grado es normal en cualquier contexto social y lo hacemos habitualmente cuando hacemos uso de nuestros distintos roles (yo profesional, yo familiar, etc.), sino la distancia que puede llegar a establecerse entre ambas.
Cuando esa brecha crece, aparece una dinámica especialmente sensible: la validación ya no recae sobre el yo real, sino sobre la versión filtrada. Y esto puede generar la sensación de que “tal y como soy”, sin mediación, no es suficiente. Es decir, la aceptación queda condicionada a una versión mejorada de uno mismo. Si la comparación ya se producía con versiones idealizadas de otros, ahora también se produce internamente: me comparo no solo con los demás, sino con mi propia versión editada. Y esa comparación, por definición, siempre es desigual y es probable que experimentemos una sensación de insuficiencia que impacta directamente en la autoestima y en la coherencia interna de la identidad.
¿Qué sucede emocionalmente cuando el estado de ánimo depende de la respuesta en redes?
Que el estado de ánimo quede condicionado, de forma casi exclusiva, a la respuesta que obtengo en las redes en las que me expongo, implica que existe un cierto grado de desconexión o debilitamiento del peso de las figuras de apego y de los vínculos significativos en mi vida como principales referentes emocionales y que tampoco hay una construcción sólida de la identidad personal en la que poder anclarnos para calibrar el feedback que recibo en los entornos digitales. Cuando esto ocurre, el estado emocional deja de depender en mayor medida de procesos internos más estables y empieza a volverse más reactivo al entorno digital y por tanto, más volátil.
Previo a la llegada de las redes, una persona podía recibir a lo largo del día comentarios positivos/negativos/neutros de su entorno de interacción (una valoración de un docente, una conversación con un amigo, un gesto de apoyo en casa) que, en conjunto, ofrecían una lectura más matizada de sí misma. En cambio, en el contexto digital, puede publicar un contenido y recibir en pocos minutos decenas o cientos de respuestas condensadas en un formato simple: likes, visualizaciones o comentarios breves, sin apenas contexto relacional. El feedback que, antes de los entornos digitales, estaba distribuido y modulándose a través de múltiples contextos —familia, amistades, experiencias directas—, pasa ahora a estar marcado en mayor medida por interacciones breves, frecuentes y cuantificables, muchas de ellas provenientes de personas con las que no existe un vínculo profundo y, en ocasiones, en volúmenes muy elevados.
¿Cómo influye el miedo a no encajar o a quedarse fuera en su comportamiento digital?
Traducido al día a día, lo que veremos en la persona que tiene condicionado su estado de ánimo a la respuesta social en redes, es una dinámica relativamente sencilla: el estado de ánimo tiende a elevarse cuando hay aprobación (likes, comentarios positivos, interacción) y a descender cuando esta desaparece o se vuelve negativa. La investigación ha mostrado que, en adolescentes, la autoestima fluctúa en función del feedback recibido en redes, siendo especialmente sensibles tanto a la validación como a su ausencia.
Pero esto no será una experiencia que podamos ver u observar a simple vista, se tratará de una experiencia interna muchas veces enmascarada detrás de conductas sutiles como búsqueda de planes continuos que postear, cambio de estilo (vestir/musical/de ocio, etc) acorde a modas diferentes de las que solía utilizar, conductas de consulta sistemática de las notificaciones de sus dispositivos móviles durante la realización de actividades cotidianas, planificación de las horas a las que se genera el post/publicación anticipando una mayor interacción del mismo sin que exista otro motivo que lo justifique, comprobación recurrente de la conexión y/o batería del dispositivo, etc.
Además, no solo influye la presencia de feedback, sino también su ausencia. No recibir respuesta o recibir menos de la esperada puede ser interpretado como falta de validación. Por ejemplo, subir una imagen y no obtener interacción en el tiempo anticipado puede generar una sensación inmediata de duda o rechazo, independientemente de otros espacios donde la persona sí es valorada.
En definitiva, cuando el estado emocional de la persona está supeditado a la respuesta que obtiene de redes, este tiende a volverse más inestable, no tanto por la intensidad de las experiencias, sino por su variabilidad constante. Se generan pequeños picos de bienestar asociados a la aprobación, seguidos de caídas ante la ausencia de respuesta o la comparación con otros contenidos. Estas oscilaciones, repetidas a lo largo del día, pueden ir configurando un tono emocional más fluctuante y, en algunos casos, afectar al bienestar general.
Subir una imagen y no obtener interacción en el tiempo anticipado puede generar una sensación inmediata de duda o rechazo, independientemente de otros espacios donde la persona sí es valorada
¿Qué señales indican que un adolescente está desarrollando una autoestima frágil?
Me es difícil generar una lista de señales de alerta, porque cada caso es necesario analizarlo en su contexto específico. Creo que es más apropiado hablar de patrones que pueden ser compatibles con una dependencia creciente del feedback externo y una dificultad para sostener la propia valía desde el dentro (self).
Ya hemos hablado de que la identidad y la autoestima empiezan a organizarse en torno a la mirada del otro, y desde ahí, puedo ir generando mi propio autoconcepto. Cuando ese equilibrio se pierde y debido a las características del feedback externo se dificulta la creación de una identidad interna y más estable, pueden aparecer algunas manifestaciones características:
- Necesidad constante de validación externa, con tendencia a buscar aprobación de forma reiterada antes de sentirse seguro. Un ejemplo de esto podría ser revisar varias veces en poco tiempo si una publicación ha recibido nuevos likes o mensajes, o sentir cierta inquietud hasta comprobar que ha habido respuesta.
- Malestar desproporcionado ante baja interacción, donde la ausencia de respuesta se vive como rechazo personal. Esto no siempre implica respuestas emocionales muy intensas como ira o rabia, a veces simplemente es notar una ligera decepción o incomodidad si una historia o publicación tiene menos interacción de la habitual, o eliminar un contenido porque “no ha funcionado”.
- Autoimagen excesivamente vinculada a redes, en la que la manera de percibirse depende en gran medida de cómo uno es percibido digitalmente. Hay personas que se sienten más atractivos, interesantes o capaces los días en los que una publicación tiene buena recepción, y más inseguro cuando pasa desapercibida.
- Comparación frecuente con otros, especialmente con versiones idealizadas, que refuerza la sensación de no estar a la altura. Esto podemos percibirlo cuando al ver el perfil de otra persona, pensar “debería estar haciendo más cosas como esa” o “mi vida es menos interesante”, aunque no genere un malestar muy intenso. Normalmente suelen ser pensamientos o sensaciones fugaces.
- Dificultad para aceptarse sin exposición, donde el valor personal parece sostenerse mejor cuando es visto, reconocido o validado por los demás. Pensar que ciertos momentos “pierden valor” si no se comparten, o que una experiencia es más válida cuando puede ser mostrada y reconocida por otros.
En conjunto, hablo de señales relativamente sutiles que muchas personas pueden experimentar en algún momento. La clave no está en su aparición puntual, sino en su frecuencia y en el peso que van ganando en la forma en que la persona se percibe y regula emocionalmente y en cómo esto puede o no condicionar su día a día. Desde una perspectiva clínica estas señales sugieren una regulación emocional más dependiente del entorno y a un autoconcepto menos estable. Pero no implican en sí mismas un problema, como decía al inicio, cada caso hay que valorarlo individualmente.
¿Qué prácticas ayudan a que los adolescentes no dependan del 'like' para sentirse bien?
Para mí es clave incorporar hábitos que actúen como factores de protección en la construcción de la identidad en el entorno digital. No se trata de eliminar las redes, sino de recolocar su peso y reforzar otras fuentes útiles para la construcción del autoconcepto y la autoestima más estables.
Algunas estrategias que podemos recomendar para equilibrar el peso que tienen las redes y la exposición que realizamos en ellas son las siguientes:
- En primer lugar, es fundamental fomentar espacios de identidad fuera de las redes. Actividades como el deporte resultan especialmente relevantes, ya que permiten construir la autoestima desde la experiencia directa: el esfuerzo, la constancia o la mejora progresiva. Por ejemplo, un adolescente que entrena de forma regular puede valorar su propio progreso (correr más, mejorar una técnica o aportar al equipo) sin que ese reconocimiento dependa de la validación externa. En este caso, el valor no viene dado por cuántas personas lo ven, sino por lo que uno es capaz de hacer y sostener en el tiempo.
Esto implica, además, poner un matiz importante: la experiencia cumple su función protectora cuando se vive y se integra, no cuando queda supeditada a su exposición. Es decir, el beneficio no está en “publicar que hago deporte”, sino en hacerlo, sostenerlo e incorporarlo como parte de quién soy, con independencia de si es mostrado o no. - En segundo lugar, cobra importancia la educación en pensamiento crítico digital. Entender que lo que se muestra en redes es parcial, filtrado y, en muchos casos, idealizado, permite tomar distancia respecto a esas referencias. Por ejemplo, ser consciente de que una imagen no refleja el proceso completo ayuda a reducir la comparación automática y a interpretar la información con mayor criterio.
- En esta línea, también están surgiendo movimientos sociales —como el de “Instagram vs. realidad”— que visibilizan precisamente esta diferencia entre lo que se muestra y lo que realmente hay detrás. Este tipo de iniciativas están contribuyendo a generar una mirada más crítica, recordando que muchas de las imágenes que consumimos responden a encuadres, selección y edición, y no a una representación 100% real y completa de la persona.
- Relacionado con esto, resulta útil reducir la exposición a estímulos que favorecen la comparación constante. No se trata de dejar de usar redes, sino de gestionar activamente el contenido: dejar de seguir perfiles con los que no nos identificamos o que reflejan estilos de vida poco ajustados a la realidad, y priorizar aquellos más cercanos (personas de nuestro entorno) o, en caso de perfiles aspiracionales, aquellos que aportan aprendizaje, bienestar y una narrativa más equilibrada.
De este modo, el entorno digital se vuelve menos invasivo en términos emocionales. Si vamos a estar expuestos a él varias horas al día, al menos conviene que ese contenido sume en la dirección que, de forma consciente y voluntaria, queremos para nosotros mismos. - En esta línea, incorporar prácticas periódicas de revisión (por ejemplo, hacer un filtrado de perfiles una o dos veces al año) puede resultar especialmente útil para mantener un entorno digital más coherente con nuestras necesidades y valores.
- Otro elemento clave es fortalecer los vínculos offline. Las relaciones presenciales ofrecen un feedback más complejo, contextualizado y emocionalmente significativo. Por ejemplo, compartir una experiencia de ocio con otros, recibir apoyo después de un mal día o celebrar un logro en grupo genera una validación más profunda que no depende de métricas.
- Por último, es importante trabajar una autoestima basada en valores y procesos, no en resultados visibles. Esto implica reconocer aspectos como el esfuerzo, la responsabilidad o el compromiso, independientemente de la respuesta externa. Por ejemplo, valorar haber sido constante en un proyecto o haber afrontado una dificultad, aunque no haya una recompensa inmediata.
En resumen, para mí, la clave no está en desconectarse del entorno digital, sino en ampliar las fuentes de identidad y autoestima. Cuanto mayor sea la presencia de la experiencia directa, de los vínculos cercanos y de los valores propios, menor será la probabilidad de dependencia de la validación externa y mayor la estabilidad emocional en el proceso de construcción de la identidad.
¿Qué mensaje le daría a un adolescente que siente que no es suficiente?
Yo le diría que de adolescente también me sentí así en algún momento. Que ahora, de adulta, también me siento así algunos días, y en ocasiones, dura más de algunos días, y a veces dura más días de los que me gustaría tener que sostener. Le diría que le entiendo y que, si le sirven los años de experiencia en este reto de existir, es algo que forma parte del proceso de preguntarse quién eres y, sobre todo, quién quieres llegar a ser. Le diría que es un sentimiento que llega a nosotros para movilizarnos al cambio y que puede utilizarlo para cuestionarse para dudar, compararse y buscar referencias para orientarse hacia dónde quiera ir.
También le invitaría a explorar esa sensación de no estar a la altura. A que observe los pensamientos que lleva de la mano esa sensación, porque muchas veces no tiene que ver con lo que realmente eres, sino con las referencias que estás utilizando para compararte. Y que cuando encuentre las referencias, se pregunte con curiosidad y sin juicio si realmente eso es lo que quiere en los próximos dos o cinco años. Puede que se responda que sí, puede que se responda que sí, pero con matices o puede que se responda que no. Ahí es donde empieza algo más propio y más sólido.
Construir quién eres no es rápido, y la adolescencia es compleja. Así que sí, es parte de la vida sentirse no suficiente algún momento, no es cómodo, pero es inevitable. Pero también es importante no quedarse ahí y utilizarlo para algo que nos aporte valor y que sea congruente con nuestros valores y prioridades.








