Ariadna Sánchez, neuropediatra, sobre la recta final del curso en los niños con TDAH: "El cansancio puede convertirse en una señal de alerta"


Muchas de las señales que pueden hacernos sospechar dificultades atencionales no aparecen de forma repentina en junio, sino que suelen estar presentes desde hace tiempo y hacerse más evidentes cuando se acumulan las exigencias académicas


Dra. Ariadna Sánchez, neuropediatra del Hospital Universitario Vithas Madrid Aravaca,© Cedida
3 de junio de 2026 a las 7:34 CEST

Con el mes de junio ya iniciado, estamos afrontando la recta final del curso. Un momento que se consolida como un momento clave para detectar posibles dificultades en el desarrollo de los niños, como el Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad (TDAH). Según explica la doctora Ariadna Sánchez, neuropediatra del Hospital Universitario Vithas Madrid Aravaca, la fatiga acumulada y el aumento de la exigencia académica al final del año hacen más visibles señales de alerta como la distracción, los problemas de organización y la brecha entre el potencial real del alumno y sus notas.

Ante esta situación, la especialista recuerda que el TDAH es un trastorno heterogéneo que va más allá de ser "despiste" o "nerviosismo", requiriendo un diagnóstico clínico global que integre a la familia y al colegio. La detección precoz, fundamental para evitar la frustración y problemas de autoestima en el menor, se da con una sospecha que empieza muchas veces en el colegio, tal y como nos confirma la doctora Sánchez, con quien hemos tenido la ocasión de hablar. 

¿Qué señales suelen pasar más desapercibidas en el aula cuando se está ya en la recta final del curso y que, sin embargo, deberían alertar a las familias y docentes?

Más que fijarnos únicamente en este momento concreto del final de curso, es importante valorar la trayectoria que ha seguido el niño o la niña a lo largo de todo el año escolar. Muchas de las señales que pueden hacernos sospechar dificultades atencionales no aparecen de forma repentina en junio, sino que suelen estar presentes desde hace tiempo y hacerse más evidentes cuando se acumulan las exigencias académicas y el cansancio.

Algunas de las manifestaciones que pasan más desapercibidas son precisamente las relacionadas con la inatención. Podemos observar niños que parecen desconectarse con frecuencia, que necesitan mucho más tiempo para completar tareas, que olvidan instrucciones, pierden material o muestran una gran variabilidad en su rendimiento. También son frecuentes aquellos niños y niñas cuyo esfuerzo no se refleja en los resultados obtenidos, algo que suele generar mucha frustración tanto en ellos como en su entorno.

De hecho, es relativamente frecuente que algunas familias describan un cansancio llamativo tras la jornada escolar o incluso cefaleas al final del día, consecuencia del enorme esfuerzo que el niño o la niña ha tenido que realizar para mantener la atención, organizarse o seguir el ritmo de la clase. En otros casos pueden aparecer incluso episodios de irritabilidad, llanto o situaciones de desbordamiento emocional una vez que desaparece la presión de la jornada y se libera la tensión acumulada.

niña pensativa haciendo los deberes en casa© Getty Images

¿Qué diferencia a un niño simplemente cansado al final de curso de un menor con dificultades atencionales persistentes?

Siempre debemos interpretar estas situaciones dentro de su contexto. Una bajada puntual del rendimiento, el cansancio acumulado o una mayor dificultad para concentrarse al final de curso son situaciones relativamente frecuentes y, por sí solas, no permiten establecer un diagnóstico.

A menudo, al revisar la trayectoria del curso, e incluso de años previos, encontramos dificultades mantenidas relacionadas con la atención, la organización, la gestión de tareas o la necesidad de supervisión constante.

Lo que ocurre es que, cuando se acumulan el esfuerzo, la exigencia académica y la fatiga propia del final de curso, estas dificultades pueden hacerse más evidentes. En ese sentido, el cansancio puede convertirse en una señal de alerta que pone de manifiesto una dificultad que probablemente ya estaba presente y que hasta ese momento había pasado más desapercibida.

Por eso, más que fijarnos en un momento concreto, es importante analizar la evolución global del niño o la niña, valorar si las dificultades se mantienen en el tiempo y si tienen un impacto real en su aprendizaje, su autonomía o su bienestar emocional.

A menudo, al revisar la trayectoria del curso, e incluso de años previos, encontramos dificultades mantenidas relacionadas con la atención, la organización, la gestión de tareas o la necesidad de supervisión constante

Ariadna Sánchez, neuropediatra

¿Qué síntomas suelen confundirse con “mala conducta”, “pereza” o “falta de interés” cuando en realidad pueden ser indicadores de TDAH?

Con frecuencia se interpretan como falta de esfuerzo, pereza o desinterés conductas que en realidad pueden estar relacionadas con dificultades en la atención, la autorregulación o las funciones ejecutivas.

Por ejemplo, la impulsividad puede confundirse con mala conducta; los olvidos frecuentes, la pérdida de material o la dificultad para organizarse pueden interpretarse erróneamente como falta de responsabilidad; y la dificultad para iniciar o mantener tareas que requieren un esfuerzo mental sostenido puede verse como desinterés cuando, en realidad, puede suponer un gran reto para el niño o la niña.

Además, hay un aspecto especialmente importante: muchos niños y niñas con TDAH realizan un enorme sobreesfuerzo para compensar sus dificultades atencionales. Cuando, pese a ese esfuerzo, los resultados no son los esperados, pueden aparecer frustración, desmotivación e incluso una progresiva pérdida de confianza en sus propias capacidades. En ocasiones, lo que desde fuera parece falta de interés es en realidad el resultado de años de esfuerzo sostenido con una sensación constante de no llegar a las expectativas propias o del entorno.

Por eso, más que preguntarnos si un niño o una niña “quiere” o “no quiere” hacer algo, es importante intentar comprender qué dificultades pueden estar interfiriendo en su capacidad para hacerlo.

¿Qué elementos son imprescindibles en una valoración clínica rigurosa?

No deberíamos fijarnos únicamente en el contexto escolar. Ante una sospecha de TDAH o de cualquier dificultad del neurodesarrollo, es importante realizar una valoración integral del niño o la niña.

Esto implica revisar su historia evolutiva desde el nacimiento, los antecedentes familiares, el desarrollo del lenguaje, el área social y emocional, los hábitos de sueño, el rendimiento académico y también si existen otros factores que puedan estar influyendo en sus dificultades.

Además, es fundamental realizar una exploración clínica rigurosa y descartar otras causas que pueden parecerse al TDAH o coexistir con él, como dificultades de aprendizaje, problemas emocionales, alteraciones del sueño u otros trastornos del neurodesarrollo.

Cuando existe una sospecha fundada, además solemos apoyarnos en evaluaciones complementarias que nos ayudan a conocer mejor el perfil del niño o la niña: capacidad intelectual, atención, funciones ejecutivas (como planificación, organización o control de impulsos), esfera emocional y, en algunos casos, áreas específicas como la lectoescritura o el desarrollo del lenguaje, entre otras.

El objetivo no es poner una etiqueta rápida, sino comprender bien qué le ocurre al niño, determinar qué apoyos necesita y cuáles son las estrategias de intervención más adecuadas para favorecer su desarrollo y bienestar.

profesora junto con un niño en el aula© Getty Images/Maskot

¿Qué mitos cree que persisten sobre el diagnóstico del TDAH?

A pesar de que hoy conocemos mucho más sobre el TDAH, todavía persisten numerosos mitos que pueden dificultar tanto el diagnóstico como el acompañamiento de estos niños y niñas y sus familias.

  • Uno de los más frecuentes es pensar que el TDAH se debe a una falta de límites, de esfuerzo o de educación. Sin embargo, sabemos que se trata de un trastorno del neurodesarrollo con una base neurobiológica bien establecida.
  • También sigue existiendo la idea de que todos los niños con TDAH son muy inquietos o disruptivos. En realidad, muchos presentan perfiles predominantemente inatentos, que pueden pasar desapercibidos durante años porque no generan problemas de conducta llamativos y, por tanto, son más difíciles de sospechar o diagnosticar.
  • Otro mito frecuente es pensar que un niño con TDAH no puede mantener la atención. Lo que ocurre realmente es que tiene dificultades para regularla. De hecho, muchas familias se sorprenden porque estos niños pueden pasar largos periodos de tiempo concentrados en actividades que les resultan especialmente motivadoras, mientras que les cuesta mucho más mantener la atención en tareas que requieren un esfuerzo sostenido o que les resultan menos atractivas. Esto nos recuerda que el problema no es una incapacidad absoluta para atender, sino una dificultad para modular y dirigir la atención según las demandas del entorno.
  • Además, todavía existe cierto miedo al diagnóstico, como si supusiera etiquetar al niño o la niña. En realidad, un buen diagnóstico no define a una persona; nos ayuda a comprender mejor sus dificultades, identificar sus fortalezas y ofrecer los apoyos que necesita de una forma mucho más personalizada.
  • Y quizá uno de los mitos más injustos es pensar que el TDAH determina el futuro de un niño o una niña. Precisamente, el objetivo fundamental de un diagnóstico precoz y preciso es proporcionar herramientas, estrategias y apoyos adecuados que permitan al menor desarrollar todo su potencial y alcanzar sus objetivos personales, académicos y sociales.

¿Qué señales indican que es necesario derivar a neuropediatría?

El pediatra de Atención Primaria desempeña un papel fundamental en la detección y seguimiento de las dificultades del neurodesarrollo. En muchas ocasiones es el primer profesional al que consultan las familias y, además, suele conocer al niño o la niña desde hace años, lo que le permite valorar su evolución dentro de un contexto más amplio, teniendo en cuenta aspectos familiares, sociales, emocionales y médicos.

Por ello, ante una sospecha inicial, el pediatra suele ser el primer filtro y una figura clave para orientar el proceso diagnóstico y acompañar a la familia.

No obstante, puede ser conveniente en algunos casos realizar una valoración especializada cuando existen dudas sobre el diagnóstico, cuando la evolución no es la esperada o cuando se sospecha la presencia de otras dificultades asociadas.

En estos casos, la valoración especializada no busca únicamente confirmar o descartar un diagnóstico, sino comprender mejor el perfil global del niño o la niña, identificar posibles dificultades asociadas y ayudar a diseñar un plan de seguimiento y apoyo adaptado a sus necesidades.

Además, es fundamental la coordinación entre los distintos profesionales implicados, ya que desde una visión compartida podemos comprender mejor las necesidades de cada niño o niña y ofrecer un acompañamiento estable y eficaz.

Cuando el TDAH no se detecta o no recibe el acompañamiento adecuado, las consecuencias suelen ir mucho más allá del rendimiento académico

Ariadna Sánchez, neuropediatra

 ¿Cómo se trabaja con las familias para que entiendan el trastorno y acompañen mejor al menor?

Una parte fundamental del abordaje es la psicoeducación familiar. Cuando las familias comprenden cómo funciona el TDAH y qué hay detrás de determinadas conductas, pueden interpretar mejor las dificultades de su hijo o hija y acompañarle de una forma más adecuada en su día a día.

Cuando los padres entienden que determinadas dificultades tienen que ver con mecanismos de atención, autorregulación o funciones ejecutivas, cambia también la forma de interpretar muchas situaciones cotidianas. Dejamos de hablar de falta de interés o de esfuerzo para comprender mejor qué apoyos necesita ese menor.

Además, trabajamos con las familias para establecer estrategias que puedan aplicarse tanto en casa como en el entorno escolar. Esto incluye favorecer rutinas estables, adaptar determinadas demandas a las capacidades del niño, utilizar instrucciones más claras y estructuradas y reforzar progresivamente su autonomía.

Junto a ello, suele ser importante intervenir sobre aspectos como la atención, las funciones ejecutivas (planificación, organización o control de impulsos) y coordinarse con el centro educativo para implementar las adaptaciones metodológicas que puedan facilitar el aprendizaje y el bienestar del menor.

El objetivo final no es únicamente reducir síntomas, sino ayudar al niño o la niña a desarrollar todo su potencial en un entorno que comprenda mejor sus necesidades.

¿Qué ocurre cuando el trastorno no se detecta o no se acompaña adecuadamente?

Cuando el TDAH no se detecta o no recibe el acompañamiento adecuado, las consecuencias suelen ir mucho más allá del rendimiento académico. Con frecuencia aparecen desmotivación, frustración y una sensación constante de esfuerzo sin resultados proporcionales, algo que puede afectar de manera importante a la autoestima y a la confianza en uno mismo.

Además, las dificultades no se limitan al ámbito escolar. También pueden repercutir en las relaciones sociales, en la dinámica familiar y en la calidad de vida tanto del niño o la niña como de su entorno. En algunos casos, cuando esta situación se mantiene durante años, pueden aparecer síntomas emocionales asociados, rechazo hacia el aprendizaje o una pérdida progresiva de motivación.

Por eso, cuando hablamos de diagnóstico precoz, no nos referimos únicamente a mejorar unas notas o a reducir determinados síntomas. Hablamos de comprender qué le ocurre a ese niño a tiempo para evitar que años de dificultades no explicadas condicionen su desarrollo y su bienestar.

De hecho, es relativamente frecuente que algunos padres se vean reflejados en las dificultades de sus propios hijos y recuerden experiencias similares durante su infancia. Esto nos lleva a una reflexión importante: la cuestión no es solo si hoy diagnosticamos más, sino cuántas personas habrían podido beneficiarse de una mejor comprensión, de apoyos adecuados o de estrategias específicas si estos diagnósticos hubieran estado disponibles décadas atrás.

Probablemente nunca lo sabremos, pero sí sabemos que comprender antes lo que le ocurre a un niño puede cambiar de forma muy significativa su trayectoria académica, emocional, social e incluso profesional a largo plazo.

 ¿Qué avances científicos recientes están mejorando el diagnóstico o el tratamiento?

En los últimos años hemos avanzado mucho en la comprensión del TDAH como un trastorno del neurodesarrollo. Cada vez conocemos mejor los mecanismos cerebrales implicados y entendemos con mayor precisión por qué el TDAH puede manifestarse de formas tan diferentes entre unos niños y otros.

Uno de los cambios más importantes ha sido pasar de una visión más simplificada del trastorno a una mirada mucho más individualizada. Hoy sabemos que no existe un único perfil de TDAH. Esto nos permite realizar valoraciones más precisas y diseñar estrategias de intervención mejor adaptadas a cada caso.

También hemos mejorado en la detección de perfiles que históricamente pasaban más desapercibidos, como muchas niñas y mujeres con TDAH. Precisamente, uno de los campos que está despertando mayor interés actualmente es la perspectiva de género en los trastornos del neurodesarrollo. Cada vez entendemos mejor que el TDAH no siempre se presenta igual, y que pueden existir diferencias en la evolución, las comorbilidades asociadas e incluso en la respuesta a determinados tratamientos. También estamos empezando a estudiar con más profundidad cómo influyen las distintas etapas evolutivas y los cambios hormonales a lo largo de la vida sobre los síntomas.

Por otro lado, también estamos asistiendo a un esfuerzo creciente por reforzar la medicina basada en la evidencia. En el ámbito de los trastornos del neurodesarrollo existe una enorme cantidad de información disponible para las familias y, en ocasiones, aparecen propuestas terapéuticas que generan expectativas importantes sin contar con un respaldo científico sólido. Por eso, uno de los grandes retos actuales es seguir investigando, generar evidencia de calidad y ayudar a las familias a diferenciar aquellas intervenciones que han demostrado utilidad de otras para las que todavía no disponemos de datos suficientes.

Más que una revolución concreta, creo que el gran avance está siendo aprender a comprender mejor la diversidad que existe dentro del propio TDAH y desarrollar abordajes cada vez más rigurosos, individualizados y basados en evidencia científica.