"En los trastornos del neurodesarrollo no siempre es fácil separar dónde empieza uno y termina otro; por eso, más que poner etiquetas, lo importante es entender el perfil de cada niño y ayudarle a funcionar mejor en su vida diaria”, destaca el Dr. Adrián García Ron, neuropediatra de Bmum Neurodesarrollo (www.bmum.es).
Y es que hay algunas características que confluyen en distintos problemas, lo que puede confundir a los padres en un primer momento e incluso dificultar el diagnóstico del niño y, con ello, condicionar la forma en que se aborda, algo para lo que siempre es necesario contar con especialistas en la materia. Hablamos con el experto del caso del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y su coincidencia con los rasgos de los trastornos del espectro del autismo (TEA).
La coexistencia entre trastornos del neurodesarrollo es más la norma que la excepción en muchos casos. Esto ha cambiado la forma de diagnosticar y entender a estos pacientes en los últimos años
¿Cuáles son las similitudes entre el TDAH y los TEA?
Ambos forman parte de los trastornos del neurodesarrollo y comparten dificultades en áreas como la atención, la regulación emocional, la función ejecutiva y, en muchos casos, las relaciones sociales. Además, sabemos que estos trastornos no son compartimentos estancos: comparten síntomas y tienen una alta tendencia a coexistir, lo que forma parte de su propia naturaleza clínica.
¿Y los rasgos que son totalmente diferentes?
La diferencia principal está en el núcleo del problema. En el TDAH predominan la inatención, la impulsividad y la hiperactividad. En el TEA, las dificultades centrales están en la comunicación social y en los patrones de comportamiento repetitivos o intereses restringidos. En lo social, por ejemplo, un niño con TDAH puede tener problemas porque actúa sin freno, mientras que en el TEA la dificultad suele estar en comprender las normas sociales o en la reciprocidad emocional.
¿Pueden esos elementos comunes dificultar el diagnóstico en un caso o en otro?
Sí, y es un reto muy importante. Los trastornos del neurodesarrollo comparten síntomas y no tienen biomarcadores claros, por lo que el diagnóstico es fundamentalmente clínico. Esto hace que algunos comportamientos puedan interpretarse de forma diferente según el contexto. Por eso es clave no quedarse solo en "qué hace el niño", sino entender por qué lo hace, cómo ha evolucionado en el tiempo y qué impacto tiene en su vida diaria.
¿Es habitual que convivan ambas neurodivergencias en la misma persona?
Sí, es relativamente frecuente. Hoy sabemos que muchos niños con TEA presentan síntomas de TDAH y viceversa. De hecho, la coexistencia entre trastornos del neurodesarrollo es más la norma que la excepción en muchos casos. Esto ha cambiado la forma de diagnosticar y entender a estos pacientes en los últimos años.
¿Qué desafíos presenta la convivencia de TDAH y TEA en un niño o un adolescente?
Cuando coexisten, el perfil suele ser más complejo. Puede haber más dificultades en la regulación emocional, en el aprendizaje, en la adaptación escolar y en las relaciones sociales. También es más frecuente que aparezcan otros problemas asociados, como ansiedad. No es simplemente la suma de dos diagnósticos, sino una combinación que puede aumentar el impacto en el día a día.
¿Cómo es el abordaje terapéutico cuando conviven TDAH y TEA?
El abordaje debe ser individualizado. Para el TDAH disponemos de tratamientos farmacológicos eficaces, aunque en niños con TEA hay que ajustar bien la indicación y vigilar la tolerancia. En el TEA, el tratamiento se basa principalmente en intervenciones educativas, conductuales y de apoyo. En la práctica, lo más importante es combinar estrategias: familia, colegio y profesionales trabajando de forma coordinada, adaptando el plan a las necesidades concretas del niño.
¿Qué consejos para el día a día se pueden dar a la familia cuando el menor tiene ambos diagnósticos?
Lo primero es entender que no es un problema de conducta ni de educación, sino de cómo el cerebro procesa la información. Algunas claves útiles son: mantener rutinas claras y predecibles, dar instrucciones concretas y paso a paso, anticipar cambios, reducir estímulos cuando sea necesario, reforzar los logros, aunque sean pequeños, y algo fundamental: no intentar comparar al niño con otros, sino centrarse en su evolución y en mejorar su funcionamiento diario.







