Balenciaga ya no es lo que era, y esto cada uno lo interpreta como quiere. Lo único objetivo es que traer a Pierpaolo Piccioli para sustituir a Demna en la dirección creativa fue una decisión estatégica del grupo Kering, cuyo objetivo parece, en parte, recuperar los pilares éticos y estéticos de la casa después de un largo período de absoluta irreverencia (y mucho éxito) que rompió con todo lo anterior. Claro está, sin embargo, que estos cambios no pueden ocurrir de la noche a la mañana, y el diseñador italiano se ha propuesto una transición segura, en la que conviven vestigios de su Alta Costura, ropa más casual y guiños a la cultura pop.
Para su desfile Otoño/Invierno 2026-2027, reclutó a Sam Levinson, creador de Euphoria, para concebir la escenografía. En este inmenso y oscuro espacio de los Campos Elíseos, una antigua flagship de Adidas ahora revestida de moqueta negra, fue el responsable de desplegar decenas de monitores que emitían fragmentos de la nueva temporada de la serie, que se estrena el próximo 12 de abril: paisajes californianos, lobos, bares vacíos y los rostros de las nuevas incorporaciones al reparto, entre los que encontramos el de Rosalía.
La gran mayoría de los looks orbitaba en torno a un abrigo protagonista, que rescataba la espalda abullonada y otras características de la silueta 'cocoon' o capullo, emblemática del fundador Cristóbal Balenciaga. Piccioli erigió los cuellos para enmarcar el rostro, siendo el corte llamado 'funnel' (embudo) el más repetido a lo largo de la colección. Y no es coincidencia, porque lo hemos visto tanto en las calles como en los catálogos de invierno nuestras firmas preferidas.
Como un eco del crudo retrato que Levinson hace de la Generación Z, el desfile arrancó con una demostración de fuerza a través de una sucesión de looks en riguroso negro, el color indiscutible de la era reciente de la casa francesa. A la voluptuosa cazadora bomber que inauguró el desfile le siguió un chaquetón escultural con un cuello que se alzaba como un lirio de agua; después, un imponente abrigo cruzado con las solapas arterciopeladas erguidas sobre unos hombros, ligeramente encorvados.
Los abrigos en tonos rosa, coral y fucsia inyectan calidez en un universo frío. Por su parte, las siluetas de noche, envueltas en constelaciones de lentejuelas, aportan la sensibilidad de Alta Costura propia de Piccioli sin diluir un ápice la severidad de Balenciaga. Y es que, intercalados entre las imponentes prendas de abrigo, brillaron unos vestidos de punto drapeados que eran auténticas maravillas de confección, y de vez en cuando nos sorprendía algún apetecible conjunto de vaqueros de tiro alto, que se encargaba de relajar y equilibrar la propuesta.
En el terreno de los accesorios, nos llamaron la atención unas nuevas versiones de los bolsos City y Hourglass, iconos de Balenciaga, y los zapatos femeninos y masculinos cubiertos de tachuelas, fruto de una colaboración con J.M. Weston, que más que aludir a la era de Ghesquière al frente de la firma, podrían hacer referencia también al éxito de Piccioli en Valentino con los salones Rockstud.
En sintonía con aquellas piezas superlativas, los pantalones se hicieron más holgados, y una generosa dosis de estampados con motivos de la tercera temporada de Euphoria se plasmó sobre abrigos, jerséis y forros polares. Esta es, a lo largo de toda la colección, la alusión más explícita a la época reciente de Balenciaga, en la que Demna introdujo no solo el streetwear, sino una nueva identidad de marca ligada al marketing y la cultura pop.
Una de las sudaderas, y aseguran los críticos que se por ello se agotará tan pronto salga a la venta, lleva impreso un fotograma de la serie en el que aparece Rosalía, pues la española tendrá un papel secundario en esta próxima entrega. En la imagen, su rostro se asoma desde la oscuridad detrás de una cortina roja.
Partiendo del look de apertura, con esos enormes abrigos negros de estructura curvilínea, el mensaje de Pierpaolo Piccioli es inconfundible: el volumen característico de Balenciaga sigue ahí, solo que ya no funciona como un escudo, como lo concebía Demna, sino como un abrazo.




























































































