La visión de Sarah Burton ha sido consistente desde que tomó las riendas de Givenchy hace exactamente un año: diseño por y para mujeres. Si estás en línea tanto como yo, seguramente te has encontrado con vídeos sobre "diseñadores que aman a las mujeres", un tema que genera absoluta fascinación en redes sociales. Y es que de acuerdo con esta tendencia, hay directores creativos que, si bien hacen ropa femenina, no se interesan particularmente por atender a las necesidades específicas de las mujeres, tanto en funcionalidad como en estética. Si hablamos de Burton o de Chemena Kamali (Chloé), la premisa cambia: "cuando la diseñadora es una mujer". Puede parecer simplista, pero el enfoque esconde una gran verdad; en la era de lo fotografiable, de los momentazos virales, la ropa aún tiene que poder llevarse cómodamente, empoderar e ilusionar. En esto, la británica es una absoluta maestra.
Para su colección Otoño/Invierno 2026-2027, la tercera que lanza desde que asumió la dirección de Givenchy, la diseñadora ha dado rienda suelta a su creatividad combinando tejidos de sastrería masculina, terciopelo, sedas de estilo japonés, encajes, apliques plateados y hasta texturas de pelo salvaje, en un despliegue de técnica magistral propio de alguien que trabajó durante casi tres décadas en Alexander McQueen.
El ambiente estaba impregnado de aura cinematográfica. El sinuoso recorrido de la pasarela ocultaba a cada modelo hasta que la tenías a escasos metros, convirtiendo cada aparición en una sorpresa. Esto permite al espectador detenerse a analizar a cada personaje de forma individual. La atención al detalle es clave.
Varias de las modelos parecían salidas directamente de los lienzos de los grandes maestros del norte de Europa, y mucho tienen que ver en ello los tocados diseñados por el sombrerero Stephen Jones: simples camisetas retorcidas alrededor de la cabeza con un arte que, sin duda, haría que el mismísimo Johannes Vermeer volviera a coger sus óleos.
Para Burton, este gesto, así como el conjunto de la colección, recoge en detalles la experiencia de ser mujer, haciéndose eco de un sentimiento expresado en Milán solo una semana antes por Miuccia Prada, quien usó la superposición de capas en todos los looks del desfile de Prada para aludir a la rutina de la mujer moderna.
Las prendas respiraban esa complicada dualidad de ser pura tendencia y, al mismo tiempo, absolutamente atemporales. Burton jugó a su antojo con el estampado animal, los flecos en su versión más extrema y los lazos, tres elementos que ya estamos viendo en el street style, ¡y apenas estamos en marzo! Aun así, el verdadero punto fuerte de la propuesta residió en las nuevas fórmulas de estilo que planteaba para llevar estas tendencias. Una verdadera clase magistral de estilismo enfocada, esencialmente, en la mujer.
Los vestidos de encaje, satén y crepé se desplegaban en formas esculturales, acariciaban el cuerpo con una soltura pictórica y, en ocasiones, aparecían anudados a la espalda como un complemento más. En torno a esta estructura, permitió que aflorara la sensualidad.
Los motivos florales bordados recordaban a los textiles antiguos y los jacquards, a la opulencia de los interiores clásicos. La joyería dramática enmarcaba los rostros de las modelos con la misma majestuosidad que un retrato flamenco, pero lejos de caer en la recreación literal de trajes de época, Burton dejó que estos elementos afloraran de manera instintiva; toques sutiles, incrustados a la perfección en siluetas contemporáneas.
































































