La modestia debería ser una compañera invisible. Un complemento que no se ve pero se nota. Esa horquillita en el pelo que recoge un mechón molesto pero pasa inadvertida. "Reconocer un logro propio nos resulta a veces sospechosamente parecido a presumir", señala la psicóloga María Jesús Andrés de Psicomaster. La experta asegura que hay una diferencia enorme entre sentirse superior y ser capaz de decir: "esto lo hice bien". Y es por eso, por lo que, nos cuenta, tan importante es saber "reconocer las limitaciones como los méritos sin falsear ninguno de los dos". Pero ¿por qué a menudo nos cuesta tanto?
¿Por qué cuesta tanto admitir un logro?
María Jesús Andrés explica que la razón por la que generalmente nos cuesta aplaudir nuestros éxitos tiene que ver con que hemos aprendido que lo que hacemos bien es simplemente nuestra obligación, mientras que cualquier error merece atención.
"Con esa manera de medirnos, los aciertos apenas cuentan", dice la experta. "También puede haber miedo a parecer arrogantes o a despertar envidia", agrega. También habla de á la exigencia: "conseguimos algo que nos importaba y, en lugar de disfrutarlo, pensamos inmediatamente en lo que falta", señala. "Así es difícil sentir satisfacción, porque nunca nos concedemos un momento para reconocer que algo nos ha salido bien", apunta la especialista. Así, el primer paso para conseguir saborear cada hito pasa en distinguir una autoestima sana del simple hecho de sentirse superior.
La trampa de la comparación
Según nuestra psicóloga, la diferencia entre tener una autoestima sana que con tranquilidad nos permita darnos la enhorabuena y el hecho de creer que lo hicimos mejor que el de al lado tiene que ver con cuánto necesitamos compararnos.
"Una autoestima sana permite reconocer nuestras capacidades sin que otra persona tenga que quedar por debajo. Podemos estar satisfechos con nuestro trabajo y admirar el de alguien que lo hace mejor. También podemos admitir que nos hemos equivocado sin sentir que eso nos desacredita por completo", dice María Jesús.
"Cuando el valor propio depende de ser mejor que los demás, cualquier éxito ajeno puede vivirse como una amenaza", dice contundente. "Tener confianza en uno mismo deja espacio para aprender, pedir ayuda y no destacar siempre", asevera.
3 señales que indican que se está menospreciando un mérito
Hay tres señales que indican que no se está dando a un logro la importancia que merece según nuestra psicóloga:
- Que expliquemos sistemáticamente nuestros aciertos por la suerte o la ayuda recibida, pero nos atribuyamos toda la responsabilidad de los errores
- Que rechacemos los elogios casi por reflejo, restándoles importancia o enumerando lo que salió mal
- Que celebramos en un amigo algo que, cuando lo hacemos nosotros, nos parece poca cosa
"Ese doble criterio dice mucho: quizá nuestra valoración está siendo bastante más severa de lo que creemos. Y si cada logro viene seguido de una nueva condición para sentirnos satisfechos, merece la pena preguntarnos cuándo nos vamos a permitir estar contentos", reflexiona la experta. ¿Y qué podemos hacer al respecto?
María Jesús propone empezar por algo sencillo: describir lo que hemos hecho sin quitarle valor. Hemos preparado bien una reunión, terminado algo difícil o afrontado una conversación que llevábamos semanas evitando... "Reconocerlo no exige anunciarlo ni convertirlo en una demostración de lo mucho que valemos", sostiene.
La experta invita asimismo a aprender a recibir un cumplido con un gracias, sin apresurarnos a corregir a quien nos lo hace, así como a agradecer la ayuda que hemos tenido y reconocer nuestra aportación al mismo tiempo. Además, apela a la calma: "si compartir una alegría nos hace sentir algo incómodos, no significa necesariamente que estemos haciendo algo inadecuado; quizá estamos poco acostumbrados".
La importancia de ajustar el diálogo interno
Los psicólogos a menudo insisten en la importancia de revisar cómo nos hablamos a nosotros mismos. "Influye en el significado que damos a lo que nos ocurre", explica María Jesús. "No es lo mismo pensar que una conversación nos ha salido mal que concluir que somos un desastre y siempre lo estropeamos todo. En el segundo caso, un episodio se convierte en una descalificación de toda la persona", recalca.
Su consejo pasa por tratar de detectar esos saltos y volver a los hechos: qué ocurrió, qué parte dependía de nosotros y qué podemos hacer de otra manera. "Hablarnos mejor no obliga a convencernos de que todo lo hacemos estupendamente. Significa poder corregirnos sin insultarnos y conceder a lo que hacemos bien la misma atención que damos a nuestros fallos", termina la psicóloga.








