Jesús Matos, psicólogo, sobre la salud emocional: "Todo el mundo está comiendo brócoli y tratando de meterse en cámaras hiperbáricas. Pero nadie habla de ser feliz"


Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, el psicólogo explica por qué el bienestar emocional es tan importante como cuidar nuestra alimentación o hacer ejercicio y recuerda que sentirnos bien no depende únicamente de nosotros.


Mujer sonriendo comiendo un brócoli© Getty Images
10 de octubre de 2026 a las 18:01 CEST

Nos preocupamos por comer mejor, hacer ejercicio, dormir suficientes horas y seguir todos esos hábitos que, según la ciencia, pueden ayudarnos a vivir más años. Sin embargo, ¿de qué sirve llegar a los 90 o a los 100 años si durante ese tiempo no nos sentimos bien? En plena búsqueda de la longevidad, quizá estemos dejando en un segundo plano algo tan importante como nuestra salud física: el bienestar emocional.

Pero cuidar nuestra salud mental no consiste únicamente en prevenir o tratar trastornos psicológicos. También implica sentir que nuestra vida tiene sentido, contar con personas en las que apoyarnos y disponer de unas condiciones que nos permitan vivir con cierta tranquilidad. Y esto último no siempre depende de nosotros.

Jesús Matos. Psicólogo sanitario y coordinador del Máster en Psicología Aplicada al Bienestar General de Instituto Superior de Estudios Psicológicos (ISEP) © Cortesía
Jesús Matos. Psicólogo sanitario y coordinador del Máster en Psicología Aplicada al Bienestar General de Instituto Superior de Estudios Psicológicos (ISEP)

De todo ello hablamos, con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, que se celebra el 10 de octubre, con Jesús Matos, psicólogo sanitario y coordinador del Máster en Psicología Aplicada al Bienestar General del Instituto Superior de Estudios Psicológicos (ISEP). El especialista nos explica por qué sentirnos bien puede ayudarnos a vivir más y mejor, qué papel desempeñan nuestras relaciones personales y nuestros hábitos cotidianos y por qué no podemos responsabilizar únicamente al individuo de su felicidad.

¿Qué estamos pasando por alto cuando hablamos de bienestar?

Que no es algo solamente emocional y subjetivo. Depende también de elementos materiales y del contexto. Hay muchísimos discursos sobre la felicidad que responsabilizan únicamente al individuo, pero el entorno es determinante.  Ahora que está tan de moda la longevidad, todo el mundo está comiendo brócoli y tratando de meterse en cámaras hiperbáricas. Pero nadie habla de ser feliz. Si una persona tiene que mantener dos trabajos para pagar el alquiler, sus condiciones y su falta de tiempo limitan muchísimo su bienestar. No podemos dejar eso fuera de la conversación.

Mujer estresada en el trabajo © Getty Images
La falta de tiempo o el estrés limitan el bienestar emocional

¿Estar bien significa sentirse feliz todo el tiempo?

No es lo mismo cómo me siento ahora que cómo considero que va mi vida. Podemos imaginar dos brújulas: la del momento y la del rumbo. Puedo estar pasando una mala época y, sin embargo, sentir que mi vida tiene sentido. También puedo experimentar placer y no estar viviendo de acuerdo con mis valores. En consulta necesitamos mirar ambas dimensiones.

¿Sentirnos bien también nos ayuda a afrontar mejor la vida?

Sí. El bienestar puede actuar como una señal y como un motor. Como señal, ofrece una lectura global, aunque imperfecta, de cómo está funcionando nuestra relación con el entorno. Como motor, ciertos estados positivos facilitan explorar, aprender o conectar con otras personas.
Si me siento bien, me resulta más fácil relacionarme; esas relaciones pueden aumentar mi bienestar y facilitar nuevas conexiones. Se genera un círculo virtuoso: sentirse bien puede ser consecuencia de unas condiciones favorables y, al mismo tiempo, ayudarnos a construir recursos para el futuro.

Mujer asiática con su perro en el campo© Getty Images
Ciertos estados positivos facilitan explorar, aprender o conectar con otras personas.

¿Qué relación tiene el bienestar con vivir más y con mejor salud?

Un ejemplo es un conocido estudio que analizó a unas monjas. Los investigadores analizaron el contenido emocional de sus escritos de juventud y lo relacionaron con su longevidad unos 60 años después. Entre quienes expresaban más y menos emociones positivas se observaron diferencias de casi siete años.
Las monjas cuyos escritos expresaban más emociones positivas vivían casi siete años más que aquellas cuyos escritos contenían menos. En la exposición sitúo las diferencias de longevidad relacionadas con bienestar en torno a siete y diez años, aunque se trata de comparaciones entre grupos.
También hay un estudio británico, realizado por investigadores del University College London con 9.761 personas de 50 años o más, en el que un mayor bienestar se asociaba con más años de vida sin enfermedades crónicas o discapacidad. Hablamos de asociaciones entre grupos: no significa que sentirse feliz garantice una determinada cantidad de años de vida.

¿Y cómo influye en nuestra respuesta al estrés?

Cuando estamos continuamente en alerta, nuestra fisiología cambia. El estrés tiene una dimensión corporal y afecta a variables como la presión arterial. Una investigación relacionaba el bienestar hedónico habitual, el componente asociado a las experiencias agradables, con una recuperación algo más completa de la presión arterial después de una situación estresante, aunque no con una reacción inicial menor.
La resiliencia no consiste necesariamente en no activarse ante una dificultad, sino en recuperar antes el equilibrio.

Amigas paseando en otoño© Getty Images
Los vínculos sociales sólidos contribuyen al bienestar emocional

¿Las relaciones personales son también una forma de cuidar la salud?

Son fundamentales. Una revisión de 148 estudios, con unos 308.000 participantes, relacionó los vínculos sociales más sólidos con una mayor probabilidad de supervivencia. El riesgo asociado al aislamiento social se ha comparado con fumar 15 cigarrillos al día, pero son comparaciones estadísticas: quedar con amigos no compensa el tabaco.
Además, vivir solo, tener pocos contactos y sentirse solo son cosas distintas. Cuando tengo un paciente delante, fomentar el contacto y el apoyo social es una de mis primeras prioridades. Las relaciones nos ofrecen un lugar donde pedir ayuda y pueden amortiguar el estrés.

¿Qué hábitos cotidianos pueden ayudarnos a sentirnos mejor?

Además del trabajo psicológico y de fortalecer los vínculos, debemos prestar atención al movimiento y al sueño. Una revisión que reunió 97 revisiones sistemáticas, con más de 128.000 participantes, encontró que las intervenciones de actividad física reducían, en promedio, los síntomas de depresión, ansiedad y malestar psicológico.
No todo el mundo necesita ir al gimnasio. Caminar 30 minutos al día puede ser una posibilidad, siempre ajustada a la salud, las preferencias y las circunstancias de cada persona. Lo importante es encontrar una forma de movimiento que podamos incorporar a nuestra vida.
El descanso también merece atención. Un metaanálisis de 65 ensayos encontró que las intervenciones para mejorar el sueño reducían síntomas de depresión, ansiedad, estrés y rumiación, ese darle vueltas una y otra vez a las preocupaciones.

Mujer agobiada con las manos en la cara© Getty Images
Los pensamientos repetitivos, la rumiación favorecen la sensación de negatividad

¿Qué mensaje destacaría en el Día Mundial de la Salud Mental?

Que la salud mental no es solo la ausencia de enfermedad. Incluye poder desarrollarnos, aprender, trabajar y contribuir a nuestra comunidad. Pero también tenemos que reconocer los límites de la consulta: si van a echar a una persona de su casa, su estrés tiene una explicación en lo que está viviendo.
Podemos acompañarla dentro del margen que permite el contexto, pero necesitamos que el bienestar esté también en el centro de las políticas públicas. Cuidar la salud mental exige atender tanto a la persona como a sus condiciones de vida.

En definitiva, como nos recuerda el experto, cuidar nuestra salud mental no significa estar siempre felices ni conseguir que nada nos afecte. Se trata también de aprender a convivir con las emociones desagradables, encontrar apoyo cuando lo necesitamos y construir una vida que tenga sentido para nosotros. Y, como recuerda Jesús Matos, no podemos olvidar que las circunstancias económicas, laborales y sociales también condicionan nuestras posibilidades de sentirnos bien.