Seguro que lo recuerdas con más detalle del que imaginas: el plato pintado a mano sobre el aparador, la cortinilla de la cocina que se movía con la corriente del pasillo, el espejo de marco tallado presidiendo la entrada... Durante años olvidamos esos objetos de la casa de la abuela, convencidas de que nunca los íbamos a poner en nuestra casa. Hoy, sin embargo, son justo esas piezas —las de siempre, las que nunca cambiaron de sitio en el salón de la abuela— las que vuelven a protagonizar las revistas especializadas y las casas que más nos gustan. Convertidas en tendencia de decoración, tienen todo para ser nuestros nuevos objetos de deseo.
No se trata de simple nostalgia. Lo que hace veinte años parecía anticuado hoy se lee como carácter: la prueba de que una casa tiene historia detrás y no solo un catálogo delante. Te proponemos un recorrido por nueve objetos de la casa de la abuela que, bien colocados, no envejecen, sino que definen. Esta propuesta de DEVOL reúne algunos de ellos y el resultado no nos puede gustar más.
© MercanticEl espejo de marco esculpido
Frente al espejo de línea recta y marco invisible que dominó la última década, el espejo de marco esculpido —dorado, con relieves vegetales o formas de sol— ha recuperado terreno en recibidores, comedores y dormitorios. Es, quizá, el objeto que mejor resume el giro de gusto del que hablamos: lo que antes se leía como recargado, hoy se valora como una pieza con carácter, capaz de sostener por sí sola una pared.
Colocado sobre una consola sencilla, apoyado directamente en el suelo sin más adornos alrededor, o incluso en el baño —como el espejo dorado de esta propuesta de Calzi Studio para la tienda Camomille—, deja de sentirse antiguo para convertirse en el punto donde se detiene la mirada nada más entrar en la habitación.
© Amador TorilLa lámpara de cerámica de sobremesa
La lámpara de cerámica, con su pantalla de tela, era una constante en las mesitas de noche y aparadores de la casa de la abuela. Frente a la iluminación técnica y direccional que ha dominado el interiorismo más reciente, esta pieza gana espacio precisamente por lo contrario: por la calidez de una luz difusa y por el volumen que aporta a un mueble que, de otro modo, quedaría vacío.
Conviene elegirla con un cuerpo potente visualmente —mejor una sola pieza con presencia que varias pequeñas— y dejar que la pantalla, en un tono crema o terracota, haga el resto del trabajo: suavizar cualquier ambiente, por moderno que sea el resto de la habitación. En este proyecto del estudio Raquel González, con estilismo de Cristina Rodríguez Goitia, ocupa un lugar preferente en el recibidor, acaparando las miradas y aportando un plus de carácter.
© Carl Hansen & SonLa mecedora de toda la vida
La mecedora, esa pieza que parecía reservada a las tardes de invierno junto a la ventana o a la habitación infantil ha vuelto a ganarse un hueco en los salones actuales. Funciona por su capacidad para romper la homogeneidad del espacio y aportar, al mismo tiempo, un plus de calidez.
Es, de los nueve objetos de este recorrido, la que más personalidad aporta con menos esfuerzo: no pide cojines a juego ni una esquina dedicada, solo su balanceo silencioso, recordándonos que en esa casa se vivió, y se sigue viviendo, con calma. La de esta propuesta es de Carl Hansen & Son y, aunque es nueva, posee todo el encanto de los modelos antiguos.
© Quorn StoneLa cortinilla de cocina
La cortinilla corta, esa tela que cubría solo la mitad inferior de la ventana de la cocina —o que hacía de puerta en un mueble bajo sin necesidad de carpintería— parecía condenada a desaparecer con la reforma integral. Y sin embargo, ha regresado de la mano del cottagecore y de las cocinas que buscan sentirse habitadas: un punto de tela con estampado de flores pequeñas o cuadros vichy que suaviza el acero y la piedra de las cocinas actuales, tanto enmarcando la ventana como escondiendo lo que se guarda bajo la encimera.
Lo interesante es que ya no cumple solo una función como ocurría en casa de la abuela —tapar la vista del vecino o disimular un mueble sin puertas—, sino también una puramente estética: introducir un textil donde antes solo había superficies duras, y devolver a la cocina esa sensación de estancia vivida que tanto se echa en falta en las cocinas más minimalistas, como ocurre en esta propuesta de Quorn Stone.
© FantinEl jarrón de cristal tallado o de cerámica
El jarrón que durante años vivió en lo alto del armario, reservado para las flores que traía alguna visita, ha bajado a la mesa del salón o a la isla de cocina para quedarse. Tanto los de cristal tallado, con sus facetas que juegan con la luz, como los de cerámica de forma orgánica, comparten protagonismo en las composiciones actuales, casi siempre vacíos o con una sola rama.
Lo que ha cambiado no es el objeto, sino su uso: ya no se saca solo para ocasiones especiales, sino que forma parte del paisaje diario de la casa, agrupado en distintas alturas sobre una consola o una estantería, como si llevara ahí toda la vida. En esta propuesta de Fantin se cuela en un universo rosa, poniendo la nota de color y de personalidad.
© DEVOLEl plato decorativo en la pared
Durante mucho tiempo lo asociamos a la vitrina de las visitas, pero decorar la pared con platos ha vuelto con una lectura completamente distinta. Ya no se trata de exhibir la vajilla de las ocasiones especiales, sino de tratar la cerámica casi como arte: piezas sueltas, de distintas épocas y procedencias, agrupadas en composiciones asimétricas sobre un cabecero, un pasillo, el hueco de una escalera o la propia cocina, como en esta propuesta de DEVOL.
La clave para que funcione hoy está en la mezcla: un plato de porcelana con flores junto a uno de barro más rústico, sin miedo a que no combinen del todo entre sí. Esa imperfección deliberada es, precisamente, lo que distingue una pared bien resuelta de un decorado sin vida.
© Colefax & FowlerEl cojín estampado que rompe la monotonía
Si algo definió el salón de la abuela fue la abundancia de cojines en el sofá: estampados florales, motivos geométricos, terciopelos en colores intensos... Frente al salón neutro que hemos normalizado en los últimos años, el sofá de un único color liso empieza a sentirse incompleto sin dos o tres cojines que rompan esa monotonía.
La regla no escrita es mezclar estampados que compartan paleta de color, aunque no tengan el mismo motivo, como en esta propuesta de Colefax & Fowler. El resultado recuerda al salón heredado, pero con una selección mucho más consciente, menos supeditada al azar.
© Amador TorilLa vitrina con la vajilla 'de las ocasiones especiales'
La clásica vitrina —esa que guardaba la vajilla 'buena', la que solo se usaba en Navidad— ha dejado de ser un mueble reservado a comedores formales para instalarse también en otras estancias de la casa, como salones y cocinas abiertas, tal y como muestra este proyecto de Studiomac.
Lejos de resultar recargada, esta composición —con huecos vacíos entre los objetos, sin llenar cada balda— transmite justo lo contrario de lo que se le suponía: no rigidez, sino una colección hecha con tiempo.
© Montse GarrigaEl sillón orejero que vale para todo
El sillón orejero —esa butaca con 'orejas' laterales— llevaba años relegado a las casas rurales o a los pisos sin reformar. Ha vuelto, sin embargo, como protagonista del rincón de lectura, ese espacio que toda casa quiere tener, aunque pocas veces se use como se debería.
Tapizado en terciopelo, en un tejido con textura o, incluso, en cuero, encuentra sitio en la casa actual, como en esta propuesta de Luzio Studio. Si lo colocas junto a una lámpara de pie y una mesa auxiliar baja, deja de ser el sillón heredado que nadie sabía dónde poner para convertirse en una pieza instagrameable: un mueble que invita a mirar y a sentarse.




