Viajes

Comentar 04 JULIO 2011

Sin mapa por la Costa Amalfitana

Sí, sin mapa, porque la Strada Statale 163, encajonada entre la montaña y el mar, da poca opción a perderse. A cambio despacha uno de los tramos costeros más soberbios de la Europa mediterránea, en los que ir recalando a voluntad por esos exquisitos pueblos que son la esencia misma de la 'dolce vita'.

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La nacional 163 bordea al mar a su paso por Amalfi. 

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Amalfi forma parte del Patrimonio Mundial de la Unesco. 

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Jardín de Villa Rufolo, una de las floridas fincas que pueblan Ravello. 

Acantilados, viñedos y huertos de limones, mansiones abiertas al mar por lo alto de los cerros y unas panorámicas de infarto al doblar cada curva hacen de la carreterita que hilvana la Costa Amalfitana uno de los tramos más espectaculares que atesora el Mediterráneo. La Strada Statale 163, conocida familiarmente como el Nastro Azzurro o Cinta Azul, suma poco más de una treintena de kilómetros, pero se basta y se sobra para merecer un viaje solo por el placer de recorrerla al volante.
A tiro de piedra de Nápoles, este sublime tramo entre Vietri sul Mare y Positano resume las esencias del Mediterráneo más glamouroso.

Antes incluso de los años locos de la dolce vita la aristocracia europea se había ya fijado en esta cornisa entre el mar y la montaña tan acertadamente ensamblada por los dioses y tan aislada entonces del resto del mundo. Porque, de puro abrupta, no hubo forma humana, de no ser por mar, de llegar a sus preciosos pueblos hasta que Fernando II de Borbón, rey de las Dos Sicilias, mandara a mediados del XIX abrir este sinuoso camino que se lo puso algo más fácil a la legión de artistas, ricos y famosos que se convirtieron en sus incondicionales.

Si en 1819 Turner atrapaba su luz en los bocetos que hoy lucen en la Tate Gallery de Londres, en la primavera de 1880 Wagner dejaba impregnado en el segundo acto de su Parsifal el aroma de los jardines de la bellísima Villa Rufolo de Ravello, y pocas décadas mas tarde D.H. Lawrence invocaba a las musas que habitan este aristocrático pueblo encaramado a las alturas de los Monte Lattari para pergeñar algunos capítulos de su entonces escandalosa novela El amante de lady Chatterley.
Y es que ya por entonces este escondite de pescadores y campesinos se había convertido en un secreto entre viajeros de buen gusto. Lord Byron, Goethe, Virginia Wolf, Grieg, André Gide, John Steinbeck, Graham Green, Truman Capote, Miró o Picasso figuran entre los muchos intelectuales y artistas que a lo largo de los últimos dos siglos ha atraído la costiera. Pero, por si no bastara con ello para avalarlo como un destino de primera, la gran pantalla se encargó bien entrado el siglo XX de que su fama se hiciera también eco entre el común de los mortales, sumando nuevos devotos de la fama de Greta Garbo, Humphrey Bogart o John Huston, y hasta Sofía Loren, Franco Zeffirelli o Rudolf Nureyev, que acabaron comprándose villas veraniegas en las que celebraban sonadísimas fiestas a las que acudía la flor y nata de la farándula internacional.

Ese poso de glamour que le sigue chorreando se aliña de magníficas villas y hoteles llenos de anécdotas que contar, pero también de encantadores pueblitos cargados de siglos en los que ir recalando mientras se culebrea entre los miradores de la SS 163. Tras Vietri sul Mare, famoso por sus cerámicas, el tradicional puerto anchoero de Cetara. Poco más allá, la recoleta playa de Erchie y el saliente de Capo di Orso, los adorables pueblitos de Minori y Atrani y, sobre todo, el aristocrático nido de águilas de Ravello, con sus callejas y villas floridas colgadas sobre los acantilados, y Amalfi, la antigua República Marítima que llegara a rivalizar con las de Venecia, Génova y Pisa, por cuyas empinadas hechuras buscar todo un muestrario de tesoros renacentistas y palazzos patricios.

Enseguida, las villas pescadoras de Conca dei Marini o Praiano, por las que agenciarse un coqueto restaurante volcado al Mediterráneo en el que, ante una pasta casera con mejillones o una de esas mozzarellas gloriosas que da la región acompañadas de una copa bien fría de limoncello o vino de Furore, paladear ante un atardecer de escándalo ese arte de vivir que se cultiva en la costiera. Y, como guinda, la también embrujadora Positano, cuyas casitas de tonos pastel se convirtieron en una de las mecas de los años licenciosos de la dolce vita.

GUÍA PRÁCTICA

Cómo llegar
Vuelos a Nápoles, con escala, a partir de unos 140 € con compañías como Alitalia o Lufthansa, y directos desde Madrid con Air Nostrum por precios en ocasiones incluso inferiores, al igual que los que opera Vueling desde Barcelona.

Moverse por la costiera
Lo suyo es alquilarse un coche desde Nápoles, y si puede ser un descapotable –aunque sea un utilitario, que también los hay–, tanto mejor, ya que es la mejor forma de sentir más aún de los paisajes de la SS 163. A través de Lastminute se puede alquilar uno para una semana en verano a partir de unos 200 €. Otra opción nada desdeñable es alquilarse una Vespa.

Viajes organizados
Catai (en cualquier agencia de viajes), en su catálogo Europa Secreta, propone seis días por Nápoles y la Costa Amalfitana, con los vuelos, hoteles y coche de alquiler, a partir de 707 €. También la especialista en escapadas de lujo L4 Viajes incluye un programa de diez días por la Costa Amalfitana, combinada en este caso con Nápoles y las islas de Capri e Ischia, y Plenia ofrece viajes personalizados para sibaritas a partir de 2.100 €.

Dónde dormir
En hoteles míticos en los que han recalado tantas estrellas, como Le Sirenuse e Il San Pietro, en Positano; el Santa Caterina, a las afueras de Amalfi; o el Caruso, en el pueblito de Ravello. También muy interesante, la posibilidad de alquilar una casa en la zona. Villas y Vacaciones cuenta con alguna, con capacidad para seis personas, a partir de 846 € la semana.

Dónde comer
Inolvidables las mozzarellas de la costiera, así como otros productos de la tierra sencillos pero aquí increíblemente sabrosos, como un simple tomate o unas aceitunas. Pescados y mariscos, a ser posible en exquisitos platos de pasta, en restaurantes del renombre del Rossellinis, con dos estrellas Michelín, o la terraza del Belvedere, ambos en Ravello; el célebre Don Alfonso, en Sant’Agata; y muy cerca de Nerano, La Conca del Sogno, romántico y salvaje, con sus mesas frente a los islotes de Li Galli.

No te pierdas
Las gloriosas mozzarellas –de búfala o de vaca, de fior di latte y hasta ahumadas, en forma de trenza o de bocconcino– que da esta tierra única no sólo por sus paisajes y sus históricos pueblitos sino, también, por su gastronomía.

Más información
Oficina de Turismo Italiano en España y Turismo Regional de Campania.

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