Si viajamos al extremo norte de Portugal, allí donde todo parece estar tocado por la naturaleza, encontraremos en Peneda-Gêres, el único parque nacional del país, una aldea de granito que podría ser una de tantas otras que cautivan al visitante. Sin embargo, como corona luce un castillo, y como falda, un embalse transfronterizo cuyas aguas guardan historias de pueblos que desaparecieron allá por 1992. Por si fuera poco, a sus pies se despliega un conjunto de espigueiros único en el país y en la península, unas construcciones que recientemente han sido reconocidas en España como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial. Rodeado de montañas que explotan en verde, senderos que las atraviesan y aldeas que las salpican, el lugar conserva intacta la esencia más profunda del norte portugués.
En su Diário, el escritor transmontano Miguel Torga recorrió los macizos del Peneda-Gerês y describió el momento en que la guía le fue desvelando el paisaje: “Todo el gran macizo rocoso se desplegaba como una rosa. Peneda, Suajo y Lindoso. Una extensión infinita de espinos y abismos, laderas y mesetas. Un mundo de belleza primigenia, de intimidad inviolable, que unas veces se escondía tímidamente entre la maleza, retraído y reservado, y otras sonreía desde una ventana, acogedor y fraternal”.
Para llegar a ese reducto que enamoró a Torga hay que adentrarse en el corazón del Alto Minho y acercarse a pocos kilómetros de la frontera con el concejo ourensano de Lobios. Aquí, el río Lima se represa en el embalse del Alto Lindoso, el que más electricidad produce de Portugal y bajo el que descansan las aldeas gallegas de Aceredo, Buscalque, A Reloeira, O Bao y Lantemil, algunas de ellas resurgiendo como fantasmas cuando la sequía es intensa.
Un territorio en el límite
El gran puente sobre las aguas sirve de frontera con España y de acceso a esta aldea de apenas 1.300 habitantes construida entre peñascos y arroyuelos. La propia denominación del lugar lleva inscrita su historia, pues se dice que el nombre de Lindoso procede del latín limitosum por su carácter limítrofe. Sin embargo, hay quienes sostienen que fue más por una inspiración poética del rey Dinis al ver la belleza del lugar.
El castillo, cuya primera constancia es del 1258, es uno de los monumentos militares más importantes de Portugal. Defendiendo la frontera, esta fortificación románica con añadidos góticos, como la torre del homenaje adosada a las murallas, vivió su episodio más dramático en pleno siglo XVII durante la Guerra de Restauração da Independência, cuando el castillo fue tomado en 1662 por las tropas españolas.
Fue entonces cuando se encargó su modernización, convirtiéndolo en un fuerte abaluartado que, a pesar de ser recuperado dos años después, conservó el aspecto que las capas de historia le dieron hasta hoy. Monumento Nacional desde hace más de un siglo, aún pueden visitarse sus ruinas, con la casa del alcaide, las murallas, una capilla, un horno, su torre del homenaje y un museo con exposiciones permanentes.
La cultura del maíz
A pesar de la belleza del castillo que la corona y de las vistas desde el mismo, el verdadero imán de Lindoso es la gran concentración de espigueiros de la península ibérica, que supera incluso a los Canastros da Merca de Ourense. En el área envolvente al castillo puede verse la era comunitaria y el grandioso núcleo de hórreos edificados en granito, siendo el mayor grupo de este tipo y uno de los mejor preservados de la región del parque nacional.
El más antiguo data de 1610 y es uno de los que se encuentra más cerca del pueblo, pero su existencia no puede entenderse sin conocer la revolución agrícola que vivió el norte del país a partir del siglo XVII. La llegada del maíz americano transformó radicalmente la economía de subsistencia de estos valles montañosos, y la abundancia del grano trajo la necesidad de almacenarlo en grandes silos, dejando atrás los viejos canastros de almacenaje.
Así nacieron estos graneros elevados que hacían la función de almacén y secadero de semillas a resguardo de humedad y animales, con una arquitectura que no se dejó al azar: vanos verticales para ventilar, cubiertas con losas de granito en ángulo obtuso, pilares simples sobre afloramientos graníticos, tornaratos —que ahuyentan a los roedores— y algún que otro relieve decorativo, además de la cruz que les corona para sacralizar el alimento.
Su ubicación tampoco era casual. Estar en un terreno elevado responde también a la funcionalidad, pues cuanto más alto, más cantidad de viento, moldeando así el paisaje del pueblo. Sin embargo, el por qué de su acumulación es un misterio, aunque los estudiosos creen que lo más probable es que se buscase facilitar la vigilancia contra los ladrones (algunos siguen aún en uso), pues aunque cada uno de estos hórreos pertenece a una familia distinta, la era en la que se asientan es de gestión vecinal compartida.
Más allá de la piedra
Dejando la arquitectura de castillo y hórreos atrás, el conjunto monumental de Lindoso, bastante compacto, se puede visitar a pie y en pocas horas. Lo lógico es recorrer primero el laberinto de espigueiros, observar sus detalles y subir a las murallas del castillo para contemplar el espectáculo desde lo alto. En las inmediaciones se encuentra la Porta de Lindoso, uno de los centros de visitantes del Parque Nacional da Peneda-Gerês y de la Reserva de la Biosfera Transfronteriza Gerês-Xurés que sirve de punto de partida para explorar el entorno.
Para aficionados al senderismo, en los alrededores hay toda una red de rutas de diferentes niveles, desde el sencillo circuito Hórreo de 1810-Vía Romana Antigua, de 6,46 kilómetros, hasta opciones moderadas como la Vía Romana Antigua-Hórreos de Eira do Tapado circular desde Lindoso, de unos 10,45 kilómetros. Quienes quieran maravillarse tanto o más como Torga, unos minutos en coche llevan hasta los espigueiros de Soajo (24 hórreos declarados también Monumento Nacional) y el embalse de Vilarinho das Furnas, donde en los años de poco nivel afloran los restos de su aldea homónima, inundada hace más de medio siglo.











