El cielo parece sacado de una pintura de El Greco: nubes oscuras, densas, embravecidas, amenazando con descargar su furia. Pero el aguacero se queda en amago y el sol, que comienza a abrirse paso entre las nubes, potencia aún más la poderosa silueta de piedra que asoma, como un barco varado, en lo alto del otero que domina la villa de Peñafiel. "Desde hoy en adelante, esta será la peña más fiel de Castilla". Eso dijo Sancho García justo después de arrebatar el cerro y su fortaleza a los sarracenos, bautizando así al pueblo. Ya no hay enemigos a los que hacer frente, pero el castillo —uno de los más bellos de la península— sigue vigilando: hoy es guardián de decenas de bodegas y un mosaico de viñedos que se extienden a sus pies.
Una historia escrita en piedra
El baluarte, Monumento Nacional desde 1917, es, por tanto, una parada obligatoria. Desde sus almenas, el visitante puede abarcar de un vistazo los tres valles que la fortaleza vigiló durante siglos, y el paisaje que se despliega —un tapiz de viñedos que cambia de color según la estación— cuenta más sobre Peñafiel que cualquier libro de historia. En el ala sur se aloja el Museo Provincial del Vino, uno de los espacios enoturísticos más completos de Castilla y León: nueve salas que recorren la historia y la cultura del vino en la provincia de Valladolid, con sus denominaciones de origen, sus técnicas de elaboración y una cata final que invita a entender con el paladar lo que uno ya ha intuido desde las almenas.
Al bajar del cerro, en el casco histórico nos espera más de una sorpresa. La plaza del Coso, documentada desde el siglo XIV, es una de las plazas de toros más antiguas e insólitas de España, un recinto irregular rodeado de más de medio centenar de casas con balcones de madera, donde cada año se celebran los eventos festivos más destacados del municipio: la Bajada del Ángel en Semana Santa, y las fiestas de Nuestra Señora y San Roque en el mes de agosto. A pocos pasos de allí se encuentra el convento de San Pablo, otra de las joyas de la localidad. Construido en 1234 por el infante don Juan Manuel, sobrino de Alfonso X, destaca por su soberbio ábside gótico-mudéjar de arcos de ladrillo y su delicada capilla funeraria, de estilo plateresco y considerada una de las piezas más sobresalientes del Renacimiento español.
Recorriendo las callejuelas que bajan hacia la ribera del Duratón, se alcanza el barrio de la antigua judería, que aún conserva la traza irregular y la atmósfera recogida de las calles que habitaron los sefardíes de Peñafiel durante siglos. Para profundizar en esos tiempos pasados, conviene acercarse hasta la plaza del Concejillo, donde la Casa Museo de la Ribera ofrece un viaje inmersivo, de la mano de actores caracterizados, al interior de un hogar castellano del siglo XVI.
De regreso a las faldas del castillo, la roca esconde otro secreto: una red de bodegas subterráneas excavadas a lo largo de los siglos. Algunas de ellas pertenecen hoy a Protos, bodega centenaria y uno de los referentes de la denominación, cuya sede fue diseñada por Richard Rogers, arquitecto de otras obras emblemáticas, como la T4 de Barajas o el Pompidou de París.
Un sueño convertido en vino
A pocos kilómetros de Peñafiel, la historia de Tinto Pesquera, bodega ubicada en el pueblo que le da nombre, nació en unos terrenos que nadie quería. En los años sesenta, cuando el negocio rentable de la zona era el azúcar de remolacha y el cereal, Alejandro Fernández —que entonces vendía maquinaria agrícola— fue comprando, poco a poco, los viñedos que sus vecinos desdeñaban. "Las tierras de viñedo eran las que nadie quería", recuerda Carmen Arranz, responsable de enoturismo y eventos de la bodega. Alejandro tenía un sueño: elaborar su propio vino, con más fruta y menos barrica que los que se hacían entonces en España, un vino capaz de expresar el carácter del tempranillo de la Ribera. A su lado, Esperanza Rivera administraba y convertía en realidad lo que su marido soñaba.
En 1972, desde un antiguo lagar de piedra del siglo XVI, Familia Fernández Rivera elaboró sus primeros vinos. Diez años después, sus esfuerzos —junto a los de otras cuatro bodegas pioneras— contribuyeron al reconocimiento oficial de la D.O. Ribera del Duero. Ese mismo año nació Janus, la cuvée de las grandes añadas, elaborada solo con las uvas de los mejores viñedos en los años más excepcionales. Tres años más tarde, una botella llegó a manos de Robert Parker, el crítico más influyente del mundo del vino. Lo que vino después cambió para siempre la historia de la Ribera del Duero: Parker otorgó 98 puntos al Janus y anunció que había nacido una estrella. "Si usted quiere probar un Pétrus por menos de 20 dólares, este es su vino", sentenció. Desde aquel momento, el mundo entero empezó a mirar hacia este rincón de Castilla.
Hoy, medio siglo después de aquellos primeros vinos, Familia Fernández Rivera cuenta con cuatro bodegas —Tinto Pesquera, Condado de Haza, Dehesa La Granja y El Vínculo— y exporta a más de 70 países. La bodega sigue apostando por el tempranillo como variedad reina, pero ha ampliado su universo: desde 2021 elabora también un blanco cien por cien albillo mayor, la única variedad blanca autorizada en la Ribera del Duero. "Realmente somos agricultores", dice Carmen Arranz. "Trabajamos con lo que nos da la tierra. Si no tienes una buena uva, por mucha tecnología que tengas, es muy complicado hacer un gran vino".
La visita a Tinto Pesquera gira en torno al lagar del siglo XVI donde comenzó todo. La experiencia que lleva su nombre —un recorrido por las instalaciones, con degustación de cinco vinos— permite entender de un vistazo la evolución de medio siglo de viticultura, mientras que la experiencia Familia Fernández Rivera, incluye vinos de los diferentes proyectos del grupo y traza un retrato completo de esta saga bodeguera.
Desde la bodega hasta el Hotel AF Pesquera, otra de las apuestas del grupo, hay apenas unos minutos. El establecimiento ocupa una antigua harinera de 1922, rehabilitada con mimo y abierta en 2011, con vistas directas al castillo. Sus 36 habitaciones combinan el diseño boutique con la calidez de una casa familiar, y cuenta también con un spa cuyo circuito de hidroterapia invita a prolongar la estancia más allá de lo previsto.
Tampoco falta en el hotel una propuesta gastronómica de alto nivel: el restaurante Origen-es, dirigido por el chef David Pérez Ruiz, ofrece una cocina donde la parrilla y los productos kilómetro cero de la finca Dehesa La Granja —garbanzos, queso curado, aceite de oliva…— rinden homenaje al territorio. El menú degustación Esperanza, nombre que homenajea a la cofundadora del grupo, cambia con las temporadas: ciervo, rodaballo braseado, albondigón de buey madurado, peras con Tinto Pesquera y castañas…
Donde el sol se esconde tras el castillo
A pocos kilómetros de Peñafiel, siguiendo un camino que se abre entre viñedos, aparece Pago de Carraovejas. El edificio sorprende antes de entrar: 40.000 metros cuadrados de hormigón teñido con vino para evocar el interior de una barrica partida. Su arquitecto, Fernando Zaparaín, buscó integrar el edificio en el paisaje de una forma que solo se entiende del todo al ocaso. "Los atardeceres son preciosos porque el sol se esconde detrás del castillo", dice Montse Martínez, responsable de enoturismo del grupo. "Es una maravilla".
La historia de esta bodega arranca en 1985, cuando José María Ruiz Benito —presidente de Alma Carraovejas y propietario del célebre restaurante José María de Segovia— eligió este rincón del valle del Botijas para plantar viñedo y crear un vino de calidad para su establecimiento. La montaña que protege la finca del frío, los suelos profundos… todo apuntaba a un lugar excepcional. Empezó con 5 hectáreas. Hoy tiene 180 en producción, repartidas en más de cien parcelas con nombres que ya forman parte del vocabulario de la Ribera: las terrazas de El Anejón, la Cuesta de las Liebres…
"Peñafiel es el origen de lo que ahora somos", explica Montse. "Estamos creciendo, pero no en volumen, sino dando continuidad a proyectos". Esos proyectos forman hoy el universo de Alma Carraovejas: Ossian, con sus verdejos segovianos; Emilio Rojo y Viña Meín en el Ribeiro gallego; Alurri en Rioja Alavesa; Marañones en Gredos; Milsetentayseis en Fuentenebro… Una constelación de terruños singulares unidos por una misma filosofía: respeto al legado, exploración sin prisa y vinos fuera de lo común.
La vendimia se realiza de forma manual, parcela por parcela, y solo entran a bodega los racimos seleccionados con mimo. La elaboración se hace por gravedad y el vino descansa en barricas de roble francés y americano. Los vinos de parcela —El Anejón y Cuesta de las Liebres— solo se elaboran en las añadas excelentes. "Si el año no está a la altura, no salen", aclara Montse con una sonrisa.
Ambivium: cruce de caminos
En la segunda planta de la bodega, con vistas al viñedo y al castillo que se recorta en el horizonte, está Ambivium. El nombre viene del latín clásico, y significa “cruce de caminos”. Y el restaurante es exactamente eso: el punto donde cocina de vanguardia y vino se encuentran, donde tradición e innovación se sientan a la misma mesa. Creado en 2017 por iniciativa de Pedro Ruiz Aragoneses, CEO de Alma Carraovejas, el restaurante suma ya una estrella Michelin, dos Soles Repsol, una Estrella Verde y el premio a mejor carta de vinos a nivel nacional en la primera edición española de Star Wine List.
Ambivium no es un restaurante de sentarse a la mesa y esperar que lleguen los platos. La experiencia está planteada como un recorrido que comienza en la cava, una de las más ambiciosas del país, con más de 4.000 referencias y 20.000 botellas. Una vez allí, se introduce al comensal en un viaje fascinante que continúa por el laboratorio, cocina, parrilla, mesa principal y culmina en la terraza.
El menú se llama Cellarium —en latín, el lugar donde se guardaban vinos y alimentos— y su hilo conductor son los métodos de conservación que vertebraron la despensa castellana a lo largo de los siglos: grasa, salazón, confitado, ahumado, maduración, salmuera, secado y marinado. Cada técnica da nombre a un pase; cada pase, a una propuesta de producto de temporada que dialoga con la parte líquida, las 'armonías', como llaman en Ambivium a los distintos maridajes. La que lleva por nombre Alma es un viaje por los distintos proyectos del grupo; las otras —Summum y Sinfonías para el recuerdo— abren la puerta a una experiencia inolvidable.
Al salir, el castillo sigue en lo alto, imperturbable. Ya no defiende ninguna frontera, pero vigila un paisaje de viñas y bodegas cuyo fruto demuestra que un territorio se puede resumir —y disfrutar— con una copa de vino.
















