CONJUNTO TROGLODÍTICO VIVO

Dormir bajo tierra en Granada: el lujo silencioso del mayor conjunto de casas-cueva habitadas de Europa


Bastan unos días en la Hoya de Guadix, a menos de una hora de la capital granadina, para comprender esta forma de vida que lleva más de mil años perfeccionándose, y que hoy sigue muy presente.


Cuevas de Kabila, Guadix, Granada© ARTLIGHT - DANIEL GONZÁLEZ
4 de junio de 2026 a las 18:00 CEST

«Quien prueba a vivir en una cueva, ya no lo cambia por nada». Me lo dice Emilio, un joven accitano nacido y criado, literalmente, entre paredes de arcilla en la Hoya de Guadix, en el corazón del Geoparque de Granada. Contemplando los paisajes de la zona, cuesta imaginar que todo esto fue, hace millones de años, el fondo de un mar. La cuenca de Guadix-Baza emergió, quedó atrapada entre montañas y se fue rellenando durante cinco millones de años con los sedimentos que los ríos arrancaban a las sierras. Cuando esos cauces encontraron por fin salida al Guadalquivir, hace medio millón de años, el agua empezó a horadar los sedimentos y talló el laberinto de cárcavas, barrancos y crestas en tonos ocre, rojo y gris que hoy define el paisaje. 

Cárcavas del Marchal, Granada© JAVIER GARCIA BLANCO
Cárcavas del Marchal.

En 2020, este entorno fue declarado Geoparque Mundial por la Unesco: 4.722 kilómetros cuadrados, 47 municipios, el desierto natural más meridional de Europa y un archivo fósil que documenta seis millones de años de evolución de la fauna europea. Los viajeros románticos que pasaron por aquí en el siglo XIX la llamaron “la tierra roja”. Hoy los geólogos prefieren badlands. La traducción literal –tierras malas– hace justicia a su aspereza, pero ignora todo lo demás.

Cárcavas del Marchal, Granada© JAVIER GARCIA BLANCO
Cárcavas del Marchal.

El paisaje desde el filo

A los miradores del Fin del Mundo, junto a Beas de Guadix y Marchal, se llega por una pista forestal —mejor en todoterreno y con guía—. El camino conduce hasta el borde de un acantilado vertical, y desde ese filo el visitante descubre de golpe la lógica entera de la comarca: un paisaje surrealista que la erosión lleva medio millón de años esculpiendo. El agua se filtra por las grietas de la arcilla, cava conductos internos hasta que el techo cede y dibuja columnas, chimeneas y agujas de roca.

Cuevas Tía Micaela, Granada© JAVIER GARCIA BLANCO
Cuevas Tía Micaela.

Goyo Garrido lleva más de siete años guiando por esta geografía imposible. Llegó hace 20 desde Cantabria, quedó cautivado por el embrujo de los badlands, y ya no se fue. Con él alcanzamos las Cárcavas de Marchal, donde la Hoya se despliega como un mar petrificado: torres de tierra grisácea, tajos profundos y lomas modeladas por el tiempo, hasta perderse en la vega y en la línea azulada de las montañas. Un segundo mirador, no menos sobrecogedor, añade Sierra Nevada todavía teñida de blanco.

Para quien disponga de más tiempo, la comarca reserva al norte otra estampa excepcional: Los Coloraos, en el desierto de Gorafe, contemplados desde el Mirador de Don Diego en una panorámica de 360 grados con el cañón del río Gor al fondo. Y cerca, el Parque Megalítico de Gorafe, con más de 200 dólmenes, la mayor concentración de Europa.

Cuevas Guadix, Granada© JAVIER GARCIA BLANCO

Diez siglos bajo tierra

El paisaje, sin embargo, no es la única singularidad de la Hoya. Lo que de verdad distingue a esta comarca es la manera en que sus pobladores decidieron habitarla. "Hoy hay más de 15.000 cuevas habitadas en el Geoparque, más de 2.000 solo en Guadix —explica Goyo, que desde hace años vive en la suya—. Es el mayor conjunto troglodítico vivo de Europa.

Chimeneas casas cueva, Granada© JAVIER GARCIA BLANCO
Chimeneas casas cueva.

La primeras bien documentadas aparecieron a finales del siglo X, en los años convulsos que siguieron a la caída del Califato de Córdoba: cuevas acantiladas en varios niveles, con sistemas defensivos cuyos únicos paralelos se encuentran al otro lado del Estrecho, en los graneros fortificados de los bereberes ziríes del Atlas marroquí, una tribu que llegó aquí como mercenarios y trajo consigo su técnica. 

Durante siglos fueron el hogar de quienes menos tenían, ampliándose habitación a habitación a medida que la familia o la economía lo permitían. Cuando en los años 70 del siglo pasado llegó cierta prosperidad, muchos las abandonaron por viviendas convencionales con electricidad y agua corriente. Hoy ocurre lo inverso: la cueva ha dejado de ser sinónimo de pobreza para convertirse en objeto de deseo. Y no es capricho. Acondicionada con todas las comodidades modernas, conserva sus virtudes de siempre: es ecológica, más barata que una vivienda convencional y sismorresistente, algo importante en una tierra acostumbrada a los temblores.

Goyo Garrido, Cuevas del Marchal, Granada© JAVIER GARCIA BLANCO
Goyo Garrido, Cuevas del Marchal.

En Marchal —"La perla del Alhama", como la bautizó el historiador Carlos Asenjo—, Goyo nos detiene ante el acantilado del barrio de Carabanchel: "Desde aquí se ve la progresión completa. Arriba, una necrópolis de hace 1.500 años; abajo, cuevas donde la gente vivía hace dos décadas; en el medio, una fortaleza bereber del siglo XI. Muchos pueblos de hoy —Marchal, Graena, Cortes, Beas— crecieron a partir de esas cuevas-fortaleza".

Palomares, cueva Marchal, Granada© JAVIER GARCIA BLANCO
Palomares en la cueva Marchal.

Los palomares troglodíticos del cerro condensan esa acumulación de siglos. Más de 2.000 nichos tallados en la roca, conocidos como boticas de los moros por su parecido con los anaqueles de una farmacia. Más arriba se conservan columbarios romanos donde los antiguos depositaban las cenizas de sus muertos. Dos mil años separan esos nichos de los tanatorios en cueva que hoy funcionan en la comarca. En la misma ladera, la ermita de Santa Catalina ocupa una capilla rupestre tardorromana o visigoda que sirve como evidencia de que la costumbre es aquí muy anterior al islam.

Lo que termina de revelar el alcance de esta cultura es su inventario: bodegas, restaurantes, museos, tiendas, bares, hoteles, tanatorios… Prácticamente cualquier función imaginable tiene aquí su versión subterránea. No es una excentricidad ni un reclamo turístico, es la manera natural en que la Hoya ha entendido siempre su peculiar arquitectura.

ALCAZABA DE GUADIx, Granada© Javier García Blanco
Alcazaba de Guadix.

Guadix, las capas a la vista

La capital de la comarca es el mejor lugar para comprobar, paseando, cómo conviven en una misma trama urbana todas esas vidas superpuestas. El centro histórico se recorre en pocas horas, pero alberga siglos de historia: la catedral, levantada sobre la antigua mezquita aljama, despunta entre los tejados con su piedra rojiza y sus capas gótica, renacentista y barroca; la alcazaba del siglo XI domina desde un cerro y conserva trazas del recinto musulmán que dio nombre a la ciudad —Wadi Ash, en árabe—.

Catedral de Guadix, Granada
Catedral de Guadix.

El paseo sigue junto al convento de la Concepción, el Palacio de Villalegre, alcanza la plaza del Ayuntamiento y desemboca en los restos del anfiteatro romano: un recordatorio de que esta tierra ya era encrucijada antes de que musulmanes y cristianos se la disputaran. Desde los miradores de la Magdalena o la Ermita Nueva, las vistas lo resumen todo: catedral y alcazaba en primer plano, las chimeneas blancas de las casas-cueva trepando por los cerros y, más allá, las cumbres nevadas de Sierra Nevada cerrando el horizonte.

La Bodeguilla de Guadix, Granada© JAVIER GARCIA BLANCO
La Bodeguilla de Guadix.

Al caer la tarde, la vida se traslada a las tabernas. En La Bodeguilla —concurrida incluso un lunes por la noche— el tapeo sigue la tradición de que cada bebida llegue acompañada de su tapa. La caballa en aceite de la casa comparte protagonismo con ensalada de tomate, queso, jamón y vinos de la comarca. Es uno de esos rincones donde el visitante deja de serlo por un par de horas y termina la noche con la sensación de haber estado en la cocina de alguien. 

Las Cuevas de Kabila, Benalúa, Granada© Las Cuevas de Kabila
Las Cuevas de Kabila. Benalúa, Granada

Kabila: así es dormir en una cueva

A 10 minutos de Guadix, en Benalúa, tres cavidades excavadas en un mismo cerro condensan y elevan toda la tradición troglodítica de la comarca. Las Cuevas de Kabila nacieron de una historia que bien podría ser un cuento: el madrileño Carlos Moreno Mullor compró una casa abandonada en las afueras de Granada y al desbrozar el jardín apareció una cueva olvidada. Su primer impulso fue tapiarla. Un socio lo convenció de visitar una casa-cueva en Benalúa, y aquel día lo cambió todo. Allí conoció a Pepe Ruiz —Pepe el Picador en toda la comarca, tres décadas de oficio y más de 500 cuevas rehabilitadas a base de pico—, quien le ayudó a dar forma al primer apartamento. La primera noche que Carlos durmió allí lo tuvo claro: "Esto es algo que hay que compartir".

Cuevas de Kabila, Guadix, Granada© ARTLIGHT - DANIEL GONZÁLEZ
El conjunto rurral tiene aire de hotel boutique.

El resultado son tres casas independientes construidas con respeto escrupuloso a la arquitectura rupestre —paredes de pico fino tallado a mano, capas del cerro dejadas a la vista donde el blanco se interrumpe—, pero sin renunciar a un espíritu hedonista y aires de hotel boutique, con piscina y terraza que enmarcan en un mismo plano los badlands y la silueta blanca de Sierra Nevada. No falta de nada: chimenea, cocina equipada, sofás esculpidos en la roca, cerámica local… La arcilla, además, hace su propio trabajo, mantiene una temperatura interior de 18 o 20 grados durante todo el año y aísla el ruido hasta el silencio absoluto. Se duerme, dicen aquí, como en ningún otro sitio. 

A la llegada esperan una botella de vino y una pieza del taller de Pepe Balboa, uno de los últimos alfareros de Guadix que trabaja el mismo barro que usaban los romanos; el pan del desayuno viene del Horno María Diezma —tres generaciones, horno de leña, trigos antiguos— y el aceite lleva la firma de Picón de Murillo, cuyos olivares crecen en laderas con vistas al valle del Alhama y las cárcavas de Marchal.

Las Cuevas de Kabila, Benalúa, Granada© Las Cuevas de Kabila
Habitación de Las Cuevas de Kabila.

Semejante despliegue invita a la pereza. No hay problema: el restaurante Pegote, en el mismo pueblo, ofrece cocina creativa de base tradicional —berenjena asada al carbón con burrata y pesto casero, ceviche de quisquilla de motril y crema de aguacate— que también sirve a domicilio. Llega caliente a la puerta de la cueva y se saborea con los pies en la piscina y la luna iluminando Sierra Nevada.

Y hablando de gastronomía, la de la comarca es una prolongación lógica del paisaje: contundente, honesta, hecha de lo que la tierra produce pese a sus durezas. Tierra de almendros y melocotoneros, de aceites de sierra, de queso, de pan de leña, de choto al ajillo, de dulces como los roscos y los papaviejos. Y de vino inesperado. En el Valle del Alhama-Fardes, los viñedos trepan hasta los 1.300 metros sobre suelos calizos, dando una uva autóctona de nombre hermoso, la Tintilla de Granada. Las bodegas envejecen sus mejores reservas, cómo no, bajo tierra.

Chuletas de cordero a la brasa,  restaurante del río Tobas, Granada© Restaurante del río Tobas
Chuletas de cordero a la brasa, restaurante del río Tobas.

En el restaurante del Tío Tobas —también en una cueva—, las chuletillas de cordero lechal llegan con la grasa todavía crepitando y las alcachofas con alioli de anchoa elevan el producto local sin traicionarlo. Comer dentro de una cueva, con el rumor del comedor amortiguado por la roca, es otra forma de entender –y saborear– lo que durante siglos ha significado vivir aquí.