Una noche al año, las farolas del barrio antiguo se apagan y sus calles empinadas quedan en manos de unas pocas velas que suben en procesión desde el paseo junto al mar. Es la forma en que Cedeira recibe a sus difuntos, una tradición casi olvidada que volvió a celebrarse gracias a un maestro empeñado en rescatarla y a un modesto taller de calabazas al que acudieron unos pocos vecinos. Pero el vínculo de esta villa con lo sobrenatural no se apaga con esa noche de otoño.
Junto al castillo que vigila la entrada de la ría empieza un sendero que se adentra en una sierra de monte bajo y pinares, donde el ganado pasta en libertad y el océano aparece cientos de metros más abajo, rompiendo contra acantilados que se cuentan entre los más altos del continente. Al final del camino espera una aldea de apenas medio centenar de habitantes, rodeada de leyendas y donde cada gesto tiene su significado. Ese rincón ya era un lugar sagrado antes del cristianismo y hoy, después de Santiago, ningún santuario gallego recibe más visitantes. Al llegar, muchos siguen costumbres antiguas, convencidos de que el santo concede sus deseos a quien las respeta.
EL REGRESO DE LOS DIFUNTOS
Cedeira fue considerado el lugar donde empezó la recuperación del Samaín en Galicia, atribuida al impulso del maestro Rafael López Loureiro, que recorrió la comarca buscando lo que quedaba de esta tradición. Aquel primer año todo se redujo a un taller de tallado de calabazas con muy poca gente, porque vaciarlas había sido hasta entonces poco más que un juego de niños. En pocos años la fiesta llegó a la comarca de Ferrol y de ahí a toda Galicia, y hoy la organizan la Asociación Amigos do Samaín y el Concello la defienden como una celebración familiar y gallega, anterior a la llegada de la versión más americana de Halloween.
Durante esos días, las carpas del paseo da Mariña acogen talleres de zonchos, las castañas cocidas propias de estas fechas y de adornos para el desfile. Hay también una exposición de calabazas y melones tallados a la que cualquier vecino puede llevar los suyos, una Casa das Ánimas y una merienda de otoño con bolas de azúcar y requeixo. El momento más esperado llega a las puertas de la noche del 31 de octubre (aunque en ocasiones se traslada al fin de semana más cercano), cuando el pasarrúas de fantasmas sale del paseo y sube por el casco viejo con el alumbrado apagado y solo la luz de las velas. La organización recuerda cada año que el único disfraz propio de la fiesta es una sábana o ropa blanca, como mucho con la cara empolvada, y que las brujas y las máscaras de terror sobran.
GALERÍAS ASOMADAS A LA RÍA
El desfile recorre un casco antiguo de calles estrechas y empinadas, con casas pequeñas de balcones de madera trabajada y galerías, entre las que todavía asoman restos de la muralla que rodeaba la villa. El río Condomiñas divide el pueblo en dos mitades unidas por dos puentes, y en la parte alta está la iglesia de Santa María do Mar, del siglo XV. De esa época conserva la capilla mayor y el sepulcro con la estatua yacente del caballero Alonso de Piñeiro, a lo que se añadieron en los siglos posteriores capillas laterales como la de la Virgen del Parto, la torre y la talla de la patrona, la Virgen del Mar. Más abajo, en la Praza do Peixe, la Taberna Praza do Peixe sirve rape, pulpo y percebes, y es mejor reservar.
La villa se abre al mar por la playa urbana de A Magdalena, con paseo marítimo y cerca de kilómetro y medio de arena fina y aguas tranquilas al fondo de la ría. Las rocas batidas por los temporales de esta costa dan uno de sus productos más codiciados. Tanto, que la Taberna Bon Pé acoge el Campeonato Mundial del Percebe, cuya segunda edición se celebró en julio de 2026 con un jurado de cocineros con estrellas Michelin. Cada verano el pueblo le dedica además la Festa do Percebe. Otro clásico local es el marraxo, un pequeño tiburón que se prepara a la plancha.
PIEDRAS QUE HABLARÁN ALGÚN DÍA
En el extremo de la ría, sobre Punta Sarridal, el castillo de la Concepción protege la entrada desde 1747. Tiene planta hexagonal irregular y muros almenados frente al mar, y en 1809 sirvió para rechazar un intento de desembarco francés durante la Guerra de la Independencia. Restaurado en los años 90, es uno de los mejores miradores sobre la ría y está junto al castro de Punta Sarridal, de la Edad del Hierro. A sus pies empieza la Ruta dos Peiraos, que discurre hasta San Andrés de Teixido en una ruta de 15 kilómetros de dificultad media que se recorre en unas cinco horas.
El itinerario recuerda a los antiguos romeros, que subían a pie desde la villa por un camino cercano a la costa hasta que se abrió la carretera, aunque también se puede seguir el Camiño Vello que sale del monasterio de San Martiño de Xuvia, en Narón, y suma unos 40 kilómetros. Los últimos 16 parten de Porto do Cabo y cruzan la Serra da Capelada, señalizados con mojones que llevan la silueta de un pez en lugar de la concha jacobea. El GR-55, por su parte, llega desde Betanzos. Por el camino aparecen los milladoiros, montones de piedras que crecen cada vez que un peregrino deja una traída desde el inicio de la ruta, y entre Veniño y Teixido se cuentan hasta una veintena. La tradición dice que esas piedras hablarán el día del Juicio Final para revelar qué almas cumplieron su promesa.
UNA BARCA CONVERTIDA EN ROCA
San Andrés de Teixido, aldea de 45 habitantes de la parroquia de Régoa, es el segundo lugar de peregrinación de Galicia después de Santiago. La primera noticia escrita de su romería es de 1391, cuando una vecina de Viveiro dejó dispuesto en su testamento que alguien peregrinara en su nombre. El edificio actual, de gótico marinero, es fruto de obras realizadas posteriormente. Tiene un retablo barroco y unas pinturas murales sobre el martirio del apóstol que aparecieron en 1970 detrás del retablo, además de un relicario con un fragmento de hueso del santo.
La leyenda cuenta que la barca de San Andrés volcó frente a estos acantilados y quedó convertida en el peñasco que todavía se ve desde el mar. Dios le prometió entonces una romería hasta el fin del mundo a la que acudirían todos, vivos o muertos. De ahí el refrán “vai de morto quen non foi de vivo” y la creencia de que quien no vino en vida lo hará convertido en rana, serpiente, lagartija u hormiga, por lo que se pide no pisar los animales que se cruzan en el camino. Esta idea de almas que peregrinan después de la muerte conecta con la Santa Compaña, la procesión nocturna de ánimas en pena que, según la tradición popular, recorre los caminos de toda Galicia.
En la aldea, el ritual de los peregrinos consiste en beber de los tres caños de la fuente del santo sin apoyar las manos y echar una miga de pan al agua. Si flota, el deseo se cumplirá. En las tiendas de recuerdos se venden los sanandresiños, figuritas de miga de pan cocida pintadas a mano en ocho modelos, cada uno con su significado, y hay quien vuelve con un ramito de herba de namorar para meterlo en el bolsillo de la persona que quiere conquistar. Para aquellos exhaustos que quieran reponer fuerzas, la Taberna Hermanos Bouza, a la entrada de la aldea, presume de su famosa tortilla de 28 huevos y de sus percebes. Justo antes de llegar, en la carretera DP-2205, el bar Os Loureiros sirve tapas de marisco en una terraza con vistas al mar.
ASOMADOS AL VACÍO DE HERBEIRA
Por encima del santuario se extiende la Serra da Capelada, un paisaje de monte bajo, roquedos y pinares donde conviven aerogeneradores y ganado suelto. Desde el mirador de Chao do Monte se divisa Teixido por primera vez, y otros como San Fiz de Estevo, Santo Antonio de Corveiro y Os Carrís completan la lista de las vistas que el visitante no se puede perder. El más alto es la Vixía Herbeira, que con 615 metros es el techo de la sierra y de Cedeira. Desde allí, las paredes de roca caen directamente al océano y la vista alcanza desde el cabo Ortegal hasta la ensenada de Teixido.
En la cima se conserva la Garita de Herbeira, un puesto de vigilancia costera del siglo XVIII cuya construcción actual es de 1805. Este paisaje forma parte del Geoparque Mundial de la Unesco Cabo Ortegal, reconocido en 2023 y repartido entre siete municipios. Aquí afloran rocas de más de 490 millones de años junto a materiales que normalmente están a más de 70 kilómetros de profundidad. A los pies de la sierra, la playa de Teixidelo, de arena oscura y acceso complicado, tiene al lado una cascada de unos 50 metros que cae directamente al mar. En la costa de Cedeira, el faro de Punta Candieira es otro buen balcón sobre el océano.
DÓNDE ALOJARTE
En Cedeira, el Hotel Herbeira se asoma desde una ladera a la ría y a la playa de A Magdalena, a poca distancia del casco viejo (hotelherbeira.com). Para dormir junto al santuario, la Casa Rural San Andrés de Teixido es una casa de campo reformada en la propia aldea, rodeada de miradores (casaruralsanandresdeteixido.com). Así se puede recorrer el pueblo a primera hora o al caer la tarde, cuando ya se han ido los visitantes de paso.















