Lo difícil en Combarro no es encontrar un hórreo; lo difícil es conseguir no fotografiarlo. Hay más de 30 repartidos junto a la ría y por las calles del casco viejo, y al principio uno los cuenta. Después deja de hacerlo. Son parte del paisaje, como las casas de granito, los cruceiros o las escaleras que suben y bajan sin demasiadas explicaciones. Cuando desaparece la novedad, empieza a aparecer el pueblo.
Porque Combarro no es solo una colección de hórreos junto al agua. Es un lugar construido con muy poco espacio y bastante imaginación: casas pequeñas, calles estrechas, huertas, almacenes, tabernas y un puerto que durante siglos fue mucho más importante de lo que parece ahora. Todo está muy junto. Tanto, que aquí la vida cotidiana y el paisaje casi se confunden.
Conviene empezar a patearlo por A Rúa y continuar por Rúa do Mar, las dos calles principales del casco antiguo. Cualquier desvío conduce a alguna sorpresa de granito: un balcón, un pequeño soportal o uno de los seis cruceiros que se reparten por el pueblo. Algunos son del siglo XVIII y principios del XIX y no están ahí solamente para decorar. Formaban parte de la vida de los vecinos y tenían una función protectora.
Las casas cuentan otra parte de la historia. Son pequeñas porque pequeño era también el espacio disponible. Combarro creció encajado entre la ría y las tierras de cultivo y hubo que aprovechar cada palmo. De ahí esa sensación de pueblo comprimido con calles que se estrechan y de vez en cuando se abren como una ventana inesperada hacia el mar.
Los bajos de las casas de la Rúa do Mar acogen hoy tabernas y restaurantes, porque esta calle nació ligada al puerto y a la actividad que generaba. Por eso no resulta extraño que todavía hoy sea uno de los lugares donde sentarse a comer pescado y marisco de la ría.
Pero son los hórreos los que terminan contando la historia de una manera más gráfica. Los de Combarro son construcciones agrícolas, no pequeños monumentos. Se utilizaban para guardar y secar las cosechas y aquí reciben el nombre de palleiras. La peculiaridad es que muchos se levantaron prácticamente sobre la orilla. Uno detrás de otro, forman una extraña alineación entre la tierra y el agua. En realidad, son almacenes colocados donde tenían sentido.
LA VIDA FAENANDO
El puerto hoy se ve como el marco perfecto para hacerse fotos con las barcas de colores de fondo, pero en otro tiempo, tuvo una importancia considerable, porque las pequeñas embarcaciones que atracaban aquí daban trabajo y sostenían a buena parte de la población. Junto al puerto se abre la explanada de Chouza, que fue antaño una de las playas de la localidad.
La relación de Combarro con el agua se entiende todavía mejor cuando baja la marea. Es entonces cuando, si coincide con una jornada de marisqueo, pueden verse a las mariscadoras trabajando en la ría, agachadas sobre el terreno que el agua acaba de dejar al descubierto, en busca de almejas.
DE LA RÍA A LA MESA
Después de tanto granito, agua y ya con apetito, llega la parte sencilla y disfrutona: sentarse a comer pescado, marisco o alguna receta gallega a base de estos productos. En la propia Rúa do Mar están O Bocoi (bodegaobocoi.com), una de las direcciones clásicas, y Alvariñas, instalado en un restaurante de estética palaciega (restauranteleucoina.com), mientras que Tapería Pedramar ofrece una opción más informal (@taperiapedramar). Para cambiar de registro está Evoca, con una cocina más creativa (@evocarestaurante).
Toda una experiencia gastronómica es comer en el pazo de Casa Solla, en San Salvador de Poio, de la mano de Pepe Solla, uno de los grandes nombres de la cocina gallega. Lleva décadas reivindicando el producto gallego, especialmente el pescado y el marisco, desde una mirada contemporánea, y su trayectoria suma una estrella Michelin y tres soles Repsol.
DOS MONASTERIOS PARA ALARGAR LA ESCAPADA
A 13 kilómetros de Combarro está el monasterio de San Xoán de Poio, que, según la tradición, fundó san Fructuoso en el siglo VII. El conjunto conserva dos claustros, el de las Procesiones y el del Cruceiro, este último con un mosaico de 80 metros de longitud dedicado al Camino de Santiago. Dos curiosidades más: en su sala de exposiciones se guarda el libro encuadernado más pequeño del mundo y, en el exterior, está el hórreo de mayor superficie de Galicia.
Y de monasterio a monasterio, porque también está muy próximo el de Armenteira, en el vecino concello de Meis, declarado monumento histórico-artístico. De arquitectura cisterciense y románica, lo más llamativo de su iglesia son sus tres ábsides, la cúpula califal y el rosetón de la portada. Aquí se celebra cada lunes de Pascua la popular Romería de Nosa Señora das Cabezas, a la que se atribuyen propiedades curativas y en la que los fieles ofrecen figuras de cera con forma de cabezas.












