La bodega Mar de Frades, a orillas de la ría de Arousa, es la primera parada de esta ruta por las Rías Baixas. Estamos en Finca Valiñas, entre viñedos que tienen de fondo al océano y ese entorno verde de casas dispersas que tan bien explica el carácter atlántico de estos albariños. No es casualidad que ese paisaje haya acabado también en su icónica botella, que estrena imagen sin renunciar a su característica etiqueta azul; ahora las ondulaciones del mar también se dibujan en el vidrio mientras su cápsula se llena de gaviotas.
La visita empieza bajo tierra, entre depósitos y barricas, y termina al aire libre, entre las cepas. Nos acompaña la enóloga Paula Fandiño, que nos va poniendo en contexto, porque aquí el vino empieza mucho antes de entrar en la botella. Gracias a ella conocemos la historia de esta casa y sus próximos retos, entendemos por qué una bodega dedicada a los blancos está pensada para conservar al máximo los aromas de la uva y, sobre todo, por qué Mar de Frades busca que sus albariños conserven ese “perfil fresco, vivo, chispeante, en definitiva, más atlántico”.
Después salimos al viñedo y lo comprobamos sobre el terreno. Si en Finca Valiñas están las raíces de la bodega, con cepas viejas plantadas en terrazas de granito; en Pazo de Monte, otro de sus viñedos de la D.O. Rías Baixas, junto al río Umia, la escala cambia: 25 hectáreas de terreno entre árboles, agua y pequeños refugios para la fauna. Es nuestra guía quien nos ayuda a entender que hacer vino no consiste solo en cultivar uvas, sino también en conocer el paisaje y saber adaptarse a él.
Tenemos la suerte de que la visita termine a la mesa, en el mismo viñedo. Desde Carril llegan las creaciones de Loxe Mareiro, la casa de comidas marinera de Iago Pazos y Marcos Cerqueiro, el tándem detrás de Abastos 2.0, el reconocido restaurante emplazado en el Mercado de Abastos de Santiago de Compostela. Sobre el mantel están todos los sabores de Galicia: navajas, volandeira aliñada, mejillones, berberechos, una gilda atlántica y la empanada peixuda de su obrador (con pescado). Después probamos el pulpo a la ourensana, con una ajada suave, y, para terminar, manzana, limón y fresas. Comemos despacio, entre las cepas, con la ría delante y el viñedo alrededor. Después de haberlo recorrido, el paisaje ya no se mira igual: ahora también se bebe y se come.
FARO SILLEIRO
Dejamos atrás el valle de Salnés para acercarnos a Baiona. El entorno cambia poco a poco y el mar empieza a ganar presencia hasta que aparece cabo Silleiro. Unos kilómetros antes de llegar a la localidad está nuestra siguiente parada, el faro Silleiro, rehabilitado ahora como un hotel boutique. Dormir en un faro tiene algo de especial. El edificio actual se construyó a 85 metros de altura en 1924, sustituyendo a otro de 1862 que estuvo a nivel del mar. Un cartel en su interior dice que sus escaleras son historia viva: “Cada peldaño guarda el eco de más de un siglo de tormentas y vendavales y cada generación de fareros los ha cuidado con esmero para que, aún hoy, su luz siga guiándote. Este es un faro que respira, que impone. Un lugar donde el tiempo no se detiene y la historia sigue escribiéndose con cada giro de su linterna”.
La torre blanquirroja forma parte de la Ruta de los Faros de Galicia y domina un inmenso panorama: desde las Cíes, en la boca de la ría, hasta el monte de Santa Tecla, cerca de Portugal. Alrededor de él se ven los cañones de una antigua batería de artillería costera que comenzó a instalarse en 1926 para defender el puerto de Vigo.
El faro mantiene su función de guía para los barcos, cuya luz es visible a más de 40 kilómetros de distancia, pero ahora sus instalaciones, donde llegaron a vivir cuatro fareros con sus respectivas familias, se han adaptado para acoger 17 habitaciones que tienen vistas al mar y la montaña y muchos guiños de inspiración marítima. Un vínculo con su pasado que también se extiende a sus espacios comunes, como la pequeña zona gastronómica y la biblioteca.
Fuera, una amplia terraza se asoma al Atlántico, con piscina infinita rodeada de vegetación y tumbonas orientadas hacia el mar. Es aquí donde cenamos con producto gallego y brindamos con el albariño que nos acompaña en este viaje mientras esperamos al atardecer, las Cíes están a lo lejos y toda la costa frente a nosotros. Cuando el sol empieza a bajar y el cielo cambia de color, la luz del faro se hace cada vez más visible.
EN VELERO A LAS CÍES
Al día siguiente, nos espera otra experiencia desde Baiona, la preciosa villa costera que Colón puso en el mapa, con una monumental fortaleza en lo alto: salir al mar para sentir de cerca esa frescura, salinidad, viento y sensación de libertad que inspiran los vinos de Mar de Frades. Lo hacemos desde el Monte Real Club de Yates y acompañados de Roy Alonso, su director deportivo.
El día amanece cubierto, pero según izamos las velas y ponemos rumbo a las Cíes, las nubes dejan ver el sol. Desde el agua entendemos todavía mejor el paisaje que hemos ido siguiendo durante el viaje: las viñas, la ría, el Atlántico... Al final, quizá eso era lo que buscábamos desde el principio: recorrer las Rías Baixas desde nuevas perspectivas.












