Luis Zahera está acostumbrado a meterse en la piel de tipos bastante más complicados que él, desde el narco Manuel Charlín de Fariña al inquietante personaje de As bestas, que le valió el Goya. Este otoño vuelve al cine con Leones en invierno, el thriller de Albert Pintó que llega a las salas el 23 de octubre y vuelve a reunir al actor y al director después de Tierra de nadie. Aquí se pone en la piel de un padre dispuesto a removerlo todo para descubrir quién mató a su hija. Y apenas una semana después, el 30 de octubre, llegará a Netflix con Colisión, la nueva película de Daniel Sánchez Arévalo.
Donde de verdad el actor cambia por completo de registro es en su tierra y concretamente en un lugar que no queda demasiado lejos de su Santiago natal: la Illa de Arousa. Allí empezó a veranear cuando todavía había que llegar en motora, cruzando la ría del mismo nombre; hoy un puente de dos kilómetros la conecta con tierra firme. En 2024, con 58 años, echaba cuentas: llevaba 50 veraneando allí. Y contaba que se estaba haciendo una casa, su segundo hogar. Por si todavía quedaba alguna duda, también ha dicho que es el lugar donde le gustaría retirarse.
Más que de sus playas de arena blanca, que también, el actor se enamoró de una isla marinera —“una aldea gala”, dice—, que ha quedado más al margen del ladrillo y conserva una relación muy estrecha con el mar. Aunque reconoce la otra cara de su éxito: algunos vecinos temen que los visitantes terminen masificando los arenales en verano.
UNA ISLA PARA RECORRER SIN PRISA
La Illa de Arousa ocupa apenas unos 7 kilómetros cuadrados, pero su costa se estira hasta sumar unos 36 kilómetros, con 11 de ellos correspondientes a playas. Es un territorio llano, de pequeñas calas y salientes rocosos, donde el mar aparece prácticamente a cada vuelta. Y tiene una ventaja considerable: no hace falta elegir entre playa y naturaleza porque ambas cosas van juntas.
La mejor prueba está en el Parque Natural de Carreirón, en el extremo sur. Desde la playa de Xastelas se puede hacer un recorrido circular de unos 3,8 kilómetros por el litoral, entre pinares, marismas, sotobosque y dunas. En la punta Revello hay un observatorio de aves y en la ensenada Brava sobrevive un molino de mareas. Y entre los granitos aparecen los curiosos cons, rocas a las que la imaginación ha ido poniendo formas de animales y personas. Hay incluso uno que recuerda a un cocodrilo.
Para bañarse, una de las apuestas más bonitas es Area da Secada, una playa de unos 400 metros con forma de concha, aguas transparentes y vistas a las bateas de la ría. Más al sur, Xastelas permite cambiar la toalla por un kayak o una tabla de paddle surf y bordear una sucesión de pequeñas calas.
AL ISLOTE DE AREOSO EN KAYAK
El plan más marinero empieza en Punta Quilma. Desde allí se puede remar hasta el islote de Areoso, situado a poco más de un kilómetro de la costa. Es pequeño, arenoso y de aspecto casi tropical, pero guarda además un elemento bastante menos caribeño: restos megalíticos, entre ellos un dolmen. Sus aguas transparentes invitan a ponerse las gafas de bucear y descubrir el fondo sin necesidad de grandes expediciones.
También se puede salir en barco para rodear su perímetro, acercarse a las bateas o combinar Areoso con la vecina isla de Rúa. La ría se entiende mucho mejor desde el agua: las plataformas de mejillón, las pequeñas embarcaciones y las siluetas de las islas forman parte de un paisaje que Zahera conoce desde que era niño.
De vuelta en tierra, conviene acercarse al puerto de Xufre, el varadoiro, donde siguen teniendo protagonismo las embarcaciones vinculadas al marisqueo. Y, para cambiar de perspectiva, hay dos miradores que merecen el esfuerzo: el Con do Forno, situado a unos 80 metros sobre el mar, y el monte Lobeira, ya fuera de la isla, al que se llega después de subir 216 escalones y desde donde se obtiene una amplia panorámica de Arousa.
ATARDECER EN EL FARO Y ARROZ DE MARISCO
El paseo puede terminar en Punta Cabalo, donde un pequeño faro construido en 1853 conserva la antigua vivienda del farero, hoy convertida en restaurante. Es uno de esos lugares donde el paisaje y la mesa vienen prácticamente en el mismo plato: aquí toca sentarse a comer un arroz de marisco y mirar hacia la ría. Otras ideas: el restaurante A Meca, frente al puerto, donde se puede ir a por marisco, pulpo, guisos de pescado o arroz con bogavante; tiene terraza y vistas a la ría. Con más historia marinera está Café Bar Saratoga, en la avenida de Castelao, un clásico de la isla donde el pulpo es su especialidad.
Las bateas, las dornas, el marisqueo, los puertos y las playas forman parte del mismo paisaje. El actor lo resumía así: “Para mí, todo aquí son ventajas”. Y entre ellas destacaba precisamente la tranquilidad, el clima y la gente. Quizá por eso, después de medio siglo regresando cada verano, Zahera siga hablando de su isla como quien habla de casa. Solo que esta tiene 11 kilómetros de playa, un parque natural y una ría llena de bateas delante de la puerta.











