Antes de convertirse en uno de los actores más conocidos de su generación, Martiño Rivas corría por los caminos de Vimianzo. Pasó allí buena parte de su infancia, primero en el pueblo y después en una pequeña aldea de los alrededores, y aquel paisaje de la Costa da Morte sigue ocupando un lugar especial en sus recuerdos. “Me encanta Vimianzo”, contaba hace solo unos meses en GQ, recordando los años de juventud e infancia que, según él mismo explica, son los que verdaderamente moldean a una persona.
La familia llegó a este rincón gallego cuando Martiño tenía seis años, siguiendo los destinos de su madre, profesora de instituto. En Vimianzo se quedaron alrededor de nueve años. Al principio vivieron en el pueblo y después en una aldea de muy pocas casas, donde sus vecinos tenían animales y la vida transcurría bastante lejos de los platós y de los ambientes culturales en los que acabaría moviéndose el actor. “Yo siempre fui el hijo del escritor. No nos movíamos en esos círculos de la industria, de la cultura… Éramos gente de la periferia”, explicaba en la publicación.
Para entender qué había alrededor de aquel niño hoy basta con acercarse hasta Vimianzo. La localidad, de unos 7.000 habitantes, se encuentra en la comarca Terra de Soneira, en el interior de la Costa da Morte, entre montes, ríos y caminos que llevan hacia algunas de las playas y paisajes más conocidos del litoral de A Coruña.
UN CASTILLO CON HISTORIA
La gran sorpresa del pueblo de Martiño es su castillo medieval. Conocido también como Torres de Martelo, conserva sus cuatro torres, murallas, patio de armas, foso y puente de entrada. Su historia está ligada a las revueltas irmandiñas del siglo XV, cuando los campesinos gallegos se levantaron contra los abusos de la nobleza y atacaron numerosas fortalezas.
Hoy resulta bastante más pacífico. En su interior se puede conocer también la artesanía tradicional gallega, con demostraciones de trabajos como el encaje, el lino o la cestería. También acoge el Centro de Interpretación de la Costa da Morte.
El primer sábado de julio toca volver a la Edad Media, pero a la manera de Vimianzo. Es cuando se celebra el Asalto ao Castelo, una fiesta de interés turístico de Galicia en la que la revuelta irmandiña sirve de punto de partida para una representación teatral con mucha retranca. A medianoche, antorchas, gritos y un ariete ponen rumbo al castillo mientras el público se mete de lleno en la revuelta. Y la cosa acaba en el foso, con una batalla de agua que tiene poco de medieval y mucho de divertida.
Pero Vimianzo no acaba en su castillo. Para descubrir su parte más rural, hay que coger el coche y acercarse hasta los Batáns e Muiños do Mosquetín, junto al río Grande. El conjunto conserva 7 antiguos molinos y 3 batanes hidráulicos, utilizados para aprovechar la fuerza del agua, que durante siglos sirvió para moler el grano y trabajar los tejidos.
DÓLMENES Y PETROGLIFOS
Antes del castillo y mucho antes aún de Martiño Rivas, ya había gente viviendo por estas tierras. De ello dan testimonio varios ejemplos de arquitectura megalítica y restos de arte rupestre, que permiten viajar miles de años atrás. Entre ellos están los dólmenes de Pedra da Arca y Casa dos Mouros, además de diferentes conjuntos de petroglifos. Son pequeñas pistas repartidas por el territorio que recuerdan que la Costa da Morte tiene una historia bastante más larga que la de sus villas marineras y sus faros.
Otro lugar interesante es el Pazo de Trasariz, en las proximidades del núcleo de Vimianzo —aunque no se puede visitar porque es propiedad privada—. Hacia la costa merece la pena acercarse a Porto de Cereixo, un pequeño rincón de casas de piedra donde asoman las torres del antiguo pazo y la iglesia románica de Santiago de Cereixo, con un curioso relieve en su portada.
EXCURSIONES: DEL MONTE A LA PLAYA
En Vimianzo se alterna patrimonio y naturaleza sin grandes desplazamientos. Los Penedos de Pasarela y Traba, un conjunto de grandes formaciones graníticas moldeadas durante miles de años por la erosión, ofrecen una de las excursiones más singulares del entorno. Desde sus caminos se entiende también la geografía de esta parte de Galicia, donde el verde de los montes acaba encontrándose con el Atlántico.
Pero también están las playas y paisajes de la Costa da Morte. Desde Vimianzo se puede organizar una ruta hacia Camariñas, Muxía o Laxe, combinando pueblos marineros, arenales, faros y caminos junto al mar.
EL LUGAR AL QUE SIEMPRE VUELVE
Dice Martiño Rivas que “la patria de uno es la infancia”, pero su vínculo con Galicia va más allá porque intenta pasar “todo el tiempo que puedo”. Sigue disfrutando allí de los veranos y las Navidades y reconoce que, cuando está en su tierra, “soy muy feliz”. Galicia, para él, es “el universo de los tíos, las tías, mis primos”.
El actor vivió también en Tui, junto al Miño y en la frontera con Portugal, y en Arzúa, en el corazón de Galicia. Pero fue Vimianzo, en plena Costa da Morte, el lugar donde pasó más tiempo y donde guarda algunos de sus mejores recuerdos.
Ahora su vida está mucho más lejos de aquellos caminos. Martiño acaba de pasar por televisión con Ella, maldita alma, la adaptación de un relato de su padre, Manuel Rivas, y el 25 de septiembre regresa a Netflix con El problema final, la nueva miniserie basada en la novela de Arturo Pérez-Reverte. En ella interpreta a Foxá, un joven escritor de novelas de misterio que queda atrapado en un hotel de un islote cercano a Mallorca junto a José Coronado, María Valverde, Maribel Verdú y el resto del reparto.
La historia de Vimianzo es otra, muy distinta. Aquí no está el actor de El internado, ni el de Las chicas del cable, ni el que ahora aparece en una nueva serie de Netflix. Está el niño que jugaba al fútbol con sus amigos y que soñaba incluso con llegar a jugar en el Soneira, el equipo local. En una ocasión, cuando le preguntaron con quién jugaría un partido, no lo dudó: en el polideportivo del colegio de Vimianzo, con aquellos amigos de los doce años, y después todos irían al London a comer una hamburguesa.











