Martiño Rivas atraviesa un gran momento. Tras saltar al estrellato como Marcos en El internado y mantenerse en lo más alto con ficciones como Las chicas del cable o Nacho, el actor gallego vuelve a la pequeña pantalla con un proyecto muy especial: Ella, maldita alma, la serie en la que participa por primera vez en una adaptación del escritor Manuel Rivas, su padre. En esta nueva apuesta de Telecinco, el actor da vida a Isaac, el tercer vértice de un complicado triángulo sentimental que comparte con Maxi Iglesias y Karina Kolokolchykova, marcado por el amor, la culpa y las decisiones que no tienen vuelta atrás.
En lo personal, la vida también le sonríe. El intérprete —padre de Ayo, una niña de 7 años fruto de su historia de amor con la bailarina Kayoko Everheart— ha recuperado la ilusión con la modelo Mileshka M. Cortés, relación que confirmaba hace apenas unos días. Con motivo de su vuelta a la televisión en abierto, el intérprete ha hablado con ¡HOLA! sobre su nueva producción y sobre el feliz momento en el que se encuentra, tanto dentro como fuera de la pantalla.
¿Cómo estás? Hasta ahora no habías formado parte de ninguna ficción basada en una obra de tu padre. ¿A qué crees que se debe?
Se han adaptado muchas cosas de él: películas, series, documentales... y nunca he formado parte. No soy yo muy partidario de ser un nepobaby. De hecho, la gente me preguntaba: "¿Es tu padre? ¿Por qué no estás tu ahí?". Y no tengo una explicación clara.
Cuando te propusieron participar en esta serie escrita por tu padre, ¿tuviste alguna duda al principio o ni siquiera te lo planteaste?
En el pasado podría haber dicho que si participaba en un proyecto suyo podían tacharme de algo o echármelo en cara... Ahora no. Ya ha pasado tanto tiempo, llevo tanto dedicándome a esto y se han hecho tantas cosas de mi padre que esa sombra ya no estaba ahí sobre nosotros.
Pero ¿supone una presión añadida?
¡Sí, claro! Había momentos. Cuando te relajas un poco, era como: "¡Ay, tío! que esto es de... ". Sí que hay una responsabilidad extra.
¿Te ha dicho algo él?
No. No estoy seguro de si mi padre la ha visto ya.
¿Cómo le contaste que te habían elegido para el proyecto?
No recuerdo bien... aunque ahora que lo dices sí que estaba en La Coruña en el salón de casa.
¿Recibiste la noticia y lo llamaste enseguida?
Fue un poco como sucede siempre. Te dicen: "Oye, que están valorándote para este papel. Aquí están los guiones. Léetelo". Ahí comienza el proceso, pero yo prefiero mantenerme muy al margen. Sí hubo una época en la que estaba muy encima de los representantes... ahora, me quedo en un segundo plano. Lo leo, doy mi parecer sobre si me gustaría o no participar y luego ya espero.
¿Qué fue lo que te atrajo de este proyecto? ¿Qué te hizo pensar: "quiero hacerlo"?
Que el conflicto estaba muy claro. Es muy complicado cuando hay personajes a los que no les suceden cosas, que están más como un complemento o una adición a otras tramas más poderosas. Isaac, desde el comienzo, está inmerso en el problema, está en el lodo. Y eso te da algo con lo que trabajar constantemente.
¿Y luego te llevabas esos conflictos a casa o eres de los que deja el trabajo en el plató y se va tan tranquilo?
No te llevas el conflicto, lo que sí te llevas es la energía. A mí me pasa cuando estoy haciendo teatro. La franja horaria en la que estás activo es muy distinta a la del resto de los mortales. Sobre las tablas, de 21.00 a 23.00 horas, estás con el pico de adrenalina aquí arriba. Entonces llegas a casa y, a lo mejor, hasta las tres de la mañana no te duermes porque todavía estás agitado.
No es que te lleves el personaje a casa, es que has transitado por unas emociones y un estado de energía que no es tan fácil como encender y apagar un interruptor. Pero nunca he tenido trastornos de personalidad por el personaje al que interprete (risas).
Pero sí te absorbía mucha energía
Claro que demandaba. En una serie, la jornada laboral son, a lo mejor, 12 horas desde que llegas hasta que te vas, así que también es muy importante dosificar. Cuando ves a Nadal que está dando traguitos de agua, ¿por qué le da un traguito? Porque también está dosificando.
¿Hasta qué punto improvisas y hasta qué punto sigues el guion?
Procuro ser muy respetuoso con el autor y no empezar a leer el guion con la idea de ver qué puedo cambiar o cómo ajustarlo para sentirme más cómodo. Intento adaptarme al original, pero si hay algún cambio sutil que no afecta a los compañeros y que me ayuda a personalizar más el texto, adelante.
A veces son pequeñas cuestiones de gramática, como cambiar el orden del sujeto, el verbo o el predicado para que suene más natural, o elegir otro sinónimo, porque los guionistas no siempre escriben pensando en la oralidad. Muchas veces lo que funciona en su cabeza no fluye igual cuando se dice en voz alta.
¿Y cómo lo trabajáis entonces?
Son retoques que normalmente se hablan en la mesa italiana, ese momento previo al rodaje en el que se lee el guion en voz alta con el director, se bloquea la escena y se acuerdan los movimientos. Ahí es donde se suelen proponer esos cambios.
Isaac sufre mucho por amor... ¿a ti también te ha pasado alguna vez?
Claro, tengo muchas cosas en común con este personaje. A mí también me han engañado. A todos nos han engañado en mayor o menor medida, así que era fácil empatizar con eso.
¿Es una serie subidita de tono?
He hecho cosas más subidas (risas) —en referencia a la serie Nacho, donde daba vida al actor de cine para adultos Nacho Vidal—. No, esta es más espiritual y de menos tangas (risas). Recuerdo que en El internado me decían: “En esta escena te quitas la camiseta”. Y yo pensaba: “No, ¿por qué? No está justificado, no contribuye a la escena para nada”. Ahora lo primero que hago es: “¿Me puedo quitar la camiseta?” (risas).
Seguro que te dejan, que para algo te machacas tanto con el deporte.
Sí, ese desvío de fondos que hago al gimnasio hay que amortizarlo de algún modo (risas).
Hablando de Nacho, te rencuentras con María de Nati: ¿Cömo ha sido? ¿Compartís muchas tramas?
No, pero es la persona con la que más socialicé después. Nuestros personajes no interactúan prácticamente, pero volver a coincidir con la gente muchas veces es un regalo, y con María es así.
Tenéis una conexión especial, ¿no?
En su momento, los dos transitamos por un lugar bastante inhóspito, no inhóspito, pero sí desconocido, eran aguas profundas. Tuvimos que cogernos de la mano y caminar juntos, y tengo la sensación de que nos cuidamos muy bien el uno al otro. Cuando coincides con un compañero con el que ya tienes una experiencia previa, también te facilita mucho el trabajo. En este caso, ella y yo casi no teníamos escenas, pero ya partes desde un lugar de mutuo entendimiento, ¿sabes? No hay ese proceso de conocerse, de ver si puedes confiar en esa persona o no, o cuál es su metodología de trabajo, si va a hacer cosas raras…
¿Te cuesta confiar en los compañeros?
No, no me cuesta. Voy siempre con buena predisposición, pero también estás un poco alerta, y con ella no tienes que estarlo, puedes relajarte.
Tras pasar por El internado y Física o química, Maxi Iglesias y tú os convertisteis en dos iconos. ¿Cómo ha sido compartir reparto con él?
Muy bien, ha sido muy fácil trabajar con Maxi. Ha hecho un trabajo estupendo. Es un tío muy listo, tiene mucho humor y es muy fácil en el trato.
¿Sois amigos fuera?
Sí, pero no hemos quedado nunca para hacer planes. No por nada, pero mi vida social con una niña se ha reducido bastante. Pero es una alegría siempre coincidir con él.
Tu hija ya va siendo más mayor, ¿ve alguno de tus trabajos o todavía no?
A mi niña lo que más le gusta de todo lo que he hecho es un anuncio de colonia en el que salgo con un perro. Se lo sabe de memoria. Y cuando me lo repite en bucle más de diez veces ya le digo: “Para ya, por favor. Esto ya es maltrato. Me estás haciendo bullying” (risas).
Vuelves a la televisión en abierto, ¿estarás pendiente de las audiencias?
Creo que estoy en otro punto. O sea, me enteraré y lo miraré, pero no es algo que me preocupe. Por supuesto, me gustaría que la serie fuese muy bien, pero ya no me pertenece. Ahora es del público y ellos la verán o no, gustará más o menos… pero es algo sobre lo que tú ya no tienes ningún tipo de control. Ojalá la vea todo el mundo y guste, claro. Pero, al fin y al cabo, es una cifra. Lo que sí me importa más es, si me encuentro a gente por la calle, qué tipo de feedback tengan.
El tú a tú.
Sí, porque eso influye en mi vida de algún modo. Me resulta más gratificante que alguien venga y me diga: “Oye, la he visto, ¡me ha encantado!” o “¡Qué sorpresa lo que pasó en este capítulo!”. Y eso se ha perdido bastante con las plataformas.
Ahora cada uno va por libre.
Sí. Yo recuerdo cuando era niño y llegaba al cole al día siguiente de que se emitiera Periodistas o Compañeros. Lo primero que hacías era hablar de lo que había pasado, todo el mundo lo comentaba. Era la comidilla de esa mañana.
¿Te gusta entonces más la emisión así, que la pueda ver todo el mundo a la vez semana a semana?
Bueno, es una forma. Quiero decir, desde luego hace que todo el mundo esté en la misma página y eso genera más conversación, quizás. Por lo menos cuando vas por la calle sí lo notas. Ahora, en cambio, con las plataformas no genera tanta porque cada uno lo consume a su ritmo, aunque es muy cómodo y tiene sus cosas positivas.
Ella, maldita alma se rodó en 2024, ¿cómo has llevado la espera? ¿Tenías ganas de que viera ya la luz?
Yo hablaba de un parto… pero de elefante, ¡porque ha tardado! (risas). La espera depende mucho de cómo estás y yo he estado ocupado desde entonces, aunque quería que se viera cuanto antes. Me ha sucedido en otras ocasiones: haces algo en lo que crees, con lo que estás contento, y quieres que la gente lo vea, pero estás un poco a la espera, más impaciente porque salga, porque a lo mejor no tienes trabajo y crees que eso puede derivar en más oportunidades si la serie funciona. En este caso he tenido suerte y no estaba tan pendiente.
¿Estás en un buen momento profesional?
Sí, estoy trabajando.
Tu personaje en la serie lo pasa muy mal por amor, tú sí atraviesas un buen momento sentimental. Pudimos verte feliz hace unos días con tu pareja en la casita de Bad Bunny.
Salió, pero yo nunca estuve en la casita. Ese día me desperté y me llegaron un montón de mensajes: “Tío, estabas en la casita”. No, estaba en mi casita (risas). No fui al concierto ese día.
Pero si hay un vídeo que se ha hecho viral.
Sí, pero estábamos en un palco; la casita estaba muy lejos.
¿Te molestó que te sacaran?
No. Si vas a un concierto donde te está viendo todo el mundo, no voy a decir que fue una sorpresa. No voy buscando que me vean, pero si alguien te ve, no pasa nada. No hay nada que esconder, es mi pareja, así que muy bien.
Estás en un gran momento por lo que veo: bien de trabajo, bien de amor...
Nunca está todo bien, siempre hay cosas por ahí...
Bueno, al menos ¿el 90%?
Sí, es un porcentaje con el que ahora estoy satisfecho. Mucha gente lo atribuye a mi código postal de origen pero, cuando las cosas van bien, tengo un cierto escepticismo. Me pongo más alerta todavía: esto es que viene algo malo.
Pero entonces no lo disfrutas.
Lo sé, lo sé, pero es la idiosincrasia local, que en ese aspecto tiene mucho peso. Y sí me sucede que digo: “Es un día muy bonito, verás como viene uno y lo estropea” (risas).
Pues hay que cambiar eso.
Lo estoy intentando, pero cuesta. Está muy arraigado.














