Cuando eres periodista de cultura y te informan de que una nueva serie va a empezar a rodarse, siempre se te remueve algo por dentro. Que te convoquen al inicio de un rodaje tiene algo especial porque, de alguna manera, eres testigo del momento en el que todo comienza y sientes ser parte de ello. Ver algunos de los escenarios donde transcurrirá la acción, sentir los nervios de los actores, que apenas empiezan a conocer a sus personajes, y descubrir de su mano algunos de los secretos que nos esperan, no tiene precio. Y eso es precisamente lo que he vivido con el arranque de las grabaciones de Cabeza Alta, la nueva serie de Mediaset protagonizada por Leonor Watling, Paz Vega, Silvia Abascal y Lucía Jiménez. Sus protagonistas han contado a ¡HOLA! lo que está por venir en este drama y todas coinciden en algo: no dejará indiferente a nadie.
Nos citan en un colegio del madrileño barrio de Chamberí donde se desarrollará parte de una serie que, salvo por pequeñas excepciones como esta, se grabará prácticamente en exteriores. Pasillos luminosos, pupitres diminutos y ese olor inconfundible que te devuelve, sin quererlo, a los años escolares. Todo invita a pensar en recuerdos felices, pero basta con conocer el punto de partida de la ficción para que esa sensación desaparezca.
Porque Cabeza alta —adaptación de la exitosa serie italiana A testa alta: Il coraggio di una donna— comienza cuando la vida de Verónica, una prestigiosa directora de instituto comprometida con la educación de los adolescentes y con la prevención de la adicción digital, salta por los aires tras difundirse un vídeo íntimo suyo grabado sin su consentimiento. Lo que parece un escándalo personal termina destapando una trama mucho mayor en la que se mezclan chantajes, intereses ocultos y una investigación que irá mucho más allá del propio clip.
Así son las protagonistas de 'Cabeza alta' vistas por sus actrices
"Hay muchas historias sobre este tema, pero lo importante aquí no es tanto la premisa como la reacción del personaje", me explica Leonor Watling, protagonista de la ficción. Sin desvelar demasiado —el rodaje acaba de comenzar y todavía queda mucho por descubrir—, sí adelanta que lo que más le interesó fue precisamente esa manera de Verónica de afrontar el juicio social y cómo alguien puede intentar conservar la dignidad cuando todo su mundo se desmorona.
A su lado está Paz Vega, que interpreta a Cecilia, sargento de la Guardia Civil y hermana de la protagonista. Es ella quien se convierte en uno de sus grandes apoyos mientras intenta descubrir quién está detrás de todo. "No tiene ninguna duda de que lo que le han hecho a su hermana es un delito", resume la actriz, convencida además de que la serie puede abrir un debate social necesario sobre una realidad que, lejos de ser una ficción, ya forma parte de nuestra sociedad. "Ojalá genere una legislación potente para acabar con este tipo de situaciones, porque esto es solo el comienzo".
Silvia Abascal da vida a Julia, la jefa de estudios del instituto y una de las personas más cercanas a Verónica. La describe como una mujer que admira profundamente a su amiga, tanto por su trabajo con los adolescentes como por la forma en la que intenta conservar la dignidad cuando todo se vuelve en su contra. "Empieza fuerte, pero luego la cosa se va mucho de las manos", nos avanza con una sonrisa que deja claro que no piensa hacer ningún spoiler.
Por su parte, Lucía Jiménez también prefiere medir mucho lo que cuenta. Su personaje se incorpora a la trama como una abogada que ayudará a Verónica a entender qué hay detrás de todo lo ocurrido. Su papel se mueve en la parte más relacionada con la investigación y con esas preguntas que van apareciendo a medida que avanza la historia: por qué ese vídeo, por qué en ese momento y quién puede estar detrás. "El vídeo es el detonante para descubrir qué está pasando", desvela, dejando claro que la serie guarda más secretos de los que parece a simple vista.
¿Cómo reaccionarían si se filtrara un vídeo íntimo suyo?
Resulta inevitable hacerles la misma pregunta a todas: ¿Qué harían ellas si un vídeo íntimo suyo acabara circulando por internet? Leonor reconoce que le gustaría parecerse a su personaje, pero cree que reaccionaría justo al contrario. Confiesa, entre risas, que probablemente se escondería debajo de una piedra porque sería incapaz de gestionar una exposición así. Vega imagina varias fases. Primero, el enfado. Después, la vergüenza. Y, finalmente, la necesidad de actuar. Tiene claro que lo pondría en manos de la ley porque, insiste, "no es venganza, es justicia".
Silvia, duda de cuál sería su reacción real hasta verse en esa situación, aunque cree que, pasado el primer impacto, intentaría dar la cara cuanto antes para no permitir que el miedo siguiera creciendo. Jiménez introduce incluso otra posibilidad que le preocupa todavía más: que el vídeo fuera falso y estuviera generado con inteligencia artificial. "La mancha ya está", reflexiona, convencida de que incluso cuando se demuestra la mentira, el daño resulta muy difícil de borrar.
Leonor Watling, Paz Vega, Silvia Abascal y Lucía Jiménez más allá de la ficción: redes, hijos y exposición
Sin embargo, basta con dejar de hablar de ficción para comprobar que el tema toca algo muy real. Casi sin darse cuenta, las cuatro terminan llevando la conversación hacia las redes sociales, la exposición pública y la educación de los hijos.
La cantante de Marlango reconoce que nunca ha conseguido sentirse cómoda compartiendo su vida en internet. "Soy muy privada", dice. Recuerda incluso que, cuando intentó grabarse durante una estancia en Los Ángeles porque se lo pedían desde la discográfica, acabó descartando todos los vídeos antes de publicarlos. "Los veía y pensaba: 'No puedo. Me muero de vergüenza'".
En esa misma sensación se reconoce Abascal: "A mí se me olvida hacer fotos, se me olvida hacer vídeos... y ni te cuento hacerme un selfie. No me sale". Aunque admite que estas plataformas pueden abrir oportunidades profesionales, confiesa que sigue pensando que "dentro de unos años lo más cool será no tener redes".
Algo parecido le sucede a Vega, que también mantiene una relación eminentemente profesional con ellas. Incluso hubo un tiempo en el que decidió desaparecer de Instagram. "Ahora se necesita para trabajar", reconoce, aunque insiste en que todo depende del uso que se haga de esa herramienta.
Jiménez, por su parte, va un paso más allá. Confiesa que el asunto le preocupa tanto que está escribiendo un largometraje sobre la relación de las nuevas generaciones con las pantallas. "Los padres estamos flipando", cuenta entre risas, antes de añadir: "No tenemos herramientas".
Precisamente los hijos aparecen una y otra vez durante la conversación. Paz asegura que siempre les ha repetido una misma idea: "Nunca mandéis nada de lo que algún día os podáis arrepentir". Leonor resume la diferencia entre educar a un niño y a una niña con una frase tan sencilla como contundente: "A mi hija le digo: 'Ten cuidado'. Y a mi hijo le digo: 'Cuídalas'. Es duro, pero es así". Silvia, por su parte, cree que la educación también pasa por algo tan básico como no mirar ese tipo de contenidos cuando aparecen en internet. "Estas cosas existen porque hay gente consumiéndolas", afirma rotunda.
Hay otra idea que se repite constantemente durante nuestro encuentro: la ilusión por compartir proyecto. Apenas llevan un día de rodaje, pero la complicidad ya se percibe entre ellas. Silvia recuerda con cariño que hacía más de dos décadas que no coincidía con Leonor Watling, desde el rodaje de A mi madre le gustan las mujeres, mientras Paz celebra especialmente reencontrarse con "cuatro mujeres súper potentes" de su misma generación. Por su parte, Lucía reconoce que uno de los grandes atractivos de esta serie era precisamente volver a trabajar con actrices con las que ha crecido profesionalmente.
Al despedirnos, la sensación es curiosa. Todavía están descubriendo a sus personajes y muchas respuestas siguen guardadas en los guiones, pero hay algo que todas tienen claro incluso antes de escuchar el primer "acción": Cabeza alta habla de una ficción que cada vez se parece más a la realidad. Y quizá por eso resulta tan incómoda como necesaria.













