Una trabajadora del personal de tierra de Barajas echa un vistazo a mi tarjeta de embarque. “No, no es por aquí. Tú puedes pasar por este pasillo”, me reconduce, mientras señala otro mostrador de facturación en el que apenas hay cola de espera. Sigo sus indicaciones. Pero algo no me cuadra, así que miro con más atención mi billete. Madrid-Johannesburgo. Terminal 1. Despegue, 23:45 horas. Entonces me fijo en algo en lo que no había reparado hasta el momento: Clase Business. ¿En serio?
Estaba claro que iba a ser un buen vuelo. Al fin y al cabo, el viaje de prensa lo había convocado Air Europa. La aerolínea quería presentar a los medios su nueva ruta directa entre la capital de España y una de las ciudades más importantes de Sudáfrica. Sin embargo, llámalo ingenuidad, llámalo falta de costumbre, mi cabeza ni siquiera había contemplado la posibilidad de que el vuelo fuera en la clase más lujosa y exclusiva que ofrece la compañía.
UNA CUESTIÓN DE PRIORIDAD
Lo primero que descubre alguien que viaja en Business por primera vez es que las puertas del paraíso se abren mucho antes de subir al avión. Aquí la palabra clave para todo es ‘prioridad’. No solo para acceder a mostradores de facturación más rápidos (estos sí los conoces, porque los has visto muchas veces, con el rabillo del ojo y pensando ‘ojalá’, mientras tu cola de clase Turista avanza mucho más despacio).
Resulta que la prioridad también llega a la hora de pasar por los controles de seguridad. En términos nada familiares para el ‘business' primerizo’, este servicio se conoce como acceso Fast track y lo cierto es que puede suponer un enorme ahorro de tiempo.
Lo de las salas VIP de los aeropuertos, donde esperar cómodamente a que tu vuelo despegue, sí te suena más. Pero solo como algo abstracto que les ocurre ‘a otros’. Así que la primera vez que accedes a una de ellas te das cuenta de su verdadera dimensión (en todos los sentidos).
Estamos en la Sala VIP Cibeles de la Terminal 1, a la que tienen acceso quienes vuelan en Business con Air Europa en trayectos de largo recorrido. Y esto va mucho más allá de un simple espacio tranquilo y cómodo, aislado del ajetreo propio de un gran aeropuerto, a saber: zonas de descanso, zonas de trabajo, área exterior abierta con terraza, panorámica a la pista de Barajas, bar, Wifi gratuito, zona de comida con opciones frías y calientes 24 horas, cócteles, prensa internacional… ¡Hasta una ducha te puedes dar si quieres y tienes tiempo!
La compañía aérea ha organizado un espectáculo de danza sudafricana junto a la puerta de embarque como pequeño guiño a la nueva ruta que inaugura. En solo unos minutos ya estamos todos metidos en canción, imposible resistirse al ritmo de esos tambores bailongos. Tras el animado show llega el momento, por fin, de acceder al avión. Pasajeros con Priority Boarding, por aquí. Qué fácil es acostumbrarse a esto.
DOS METROS DE CAMA, A 12.000 METROS DE ALTURA
La azafata se aproxima, encantadora. “¿Le apetece un zumo detox o, quizá, una copa de champán?”. La pregunta es simple. Pero mi cerebro está ocupado, tratando de asimilar todavía lo que tiene delante. Un asiento realmente espacioso, diseñado para convertirse en cama 100% abatible de dos metros de longitud. Una televisión individual táctil de 17 pulgadas. Debajo, un juego de manta tipo nórdico y almohada de tacto tan suave como inesperado. Mil botoncitos y gadgets cuya utilidad estoy deseando descubrir…
‘Prefiero el zumo, por favor’. Aún no hemos despegado y quiero estar lo más sobria posible para empaparme bien de esto. Tantas veces poniéndome un jersey encima de otro en tantos aeropuertos para que la maleta no superase el ridículo peso permitido, como para dormirme ahora por el efecto de las burbujas y no disfrutar al máximo de un vuelo como este. ¿De verdad es posible viajar así?
HITCHCOCK, COMO EN EL SALÓN DE TU CASA
En la nota de prensa que habíamos recibido previa al viaje, Air Europa nos avanzaba algunas de las características de los nuevos Boeing 787 Dreamliner que forman parte de su flota y que hacen rutas como esta en la que acabamos de embarcar: hasta un 20% menos de consumo de carburante y de emisiones; reducción de la duración de los trayectos y del impacto acústico; ventanas más amplias que permiten una mayor entrada de luz natural; mejor presurización de la cabina y niveles más altos de humedad, que luego redundan en una menor sensación de jet lag…
Si, además, tienes la suerte de que la palabra Business figure en tu tarjeta de embarque, de pronto esas ventajas se multiplican y te ves en una situación que no hubieras imaginado: decidiendo si ver Hamnet o Vértigo, en una pantalla más grande que tu portátil, sentada en un asiento increíblemente cómodo, mientras ojeas el menú ‘Michelin’ que te espera para cenar…
CENA CON EL SELLO DE MARTÍN BERASATEGUI
Finalmente, optas por el clásico de Hitchcock, pero no consigues concentrarte. Aún hay mucho rincón por descubrir y curiosear a tu alrededor. Por aquí una luz LED plegable, toma de corriente, puerto USB, iPort, un pequeño iPad, una gran bandeja extraíble… Entonces recuerdas que, según te han contado, es posible también disponer de conexión a internet durante el vuelo. “No, no, aprovecha estas horas para desconectar de verdad”, te dices.
A tu izquierda, en una pequeña balda, descubres unos cascos de diadema y un neceser lleno de amenities: un peine, un antifaz, unos tapones para los oídos, un kit dental, una bolsa para los zapatos, unos calcetines… La azafata interrumpe amablemente tu ‘prospección’ para ofrecerte una toalla calentita con la que limpiarte las manos y pedirte que elijas uno de los tres platos principales que figuran en el menú del mes, diseñado por Martín Berasategui.
Con 9 estrellas Michelin repartidas en sus distintos restaurantes, el chef vasco con más garrote de España es quien firma la oferta gastronómica de la clase Business de Air Europa en sus trayectos de larga distancia. La elección es de todo menos sencilla: Brisket de ternera con salsa al whiskey, graten de patatas y espárragos verdes; Corvina asada acompañada de un guiso de mariscos y salsa de vermut y lima; Pasta fresca rellena de burrata, con salsa pesto verde, tomates cherry semisecos y lascas de queso parmesano…
Si comer en un avión es muchas veces puro trámite, en este caso, el momento de cenar es una fiesta. Al plato principal le acompaña en el menú de julio una Ensalada de brotes verdes con ballotine de pollo trufado, nueces y alcaparras; una selección de quesos con nueces y membrillo y un surtido de panadería caliente y mantequilla.
El broche dulce lo ponen un brownie con dulce de leche y un lemon pie. Pero no se vayan todavía, aún hay más; si durante el vuelo aparece la sed o el gusanillo, en cualquier momento los pasajeros de Business tienen a su disposición en la parte delantera una zona para disfrutar de tentempiés, bebidas frías, infusiones, cafés Nespresso recién hechos… A estas alturas, si aparece el mismísimo George Clooney en persona para prepararme el ristretto, ya ni siquiera me sorprendería.
10 HORAS DE VUELO. CERO CANSANCIO.
A Vértigo le sucede Los Domingos (atención al catálogo de películas en español, estupendamente nutrido también). Pero la comodidad de la cama hace su trabajo y caigo rendida antes de que termine la película, esta vez sin preocuparme por descabezarme en el hombro del pasajero de al lado. Más allá de lo espacioso, las cabinas están diseñadas para ofrecer una gran privacidad.
Varias horas después y tras un sabroso desayuno, el piloto anuncia que enseguida comenzará el descenso al aeropuerto de Johannesburgo. No puedo creer que, después de 10 horas en un avión, me encuentre tan bien. Descansada, fresca y feliz ante la perspectiva de todo lo que nos espera en Sudáfrica (y también, todo sea dicho, de que el viaje de vuelta será de nuevo a bordo de este espectáculo de avión).
Seis días después, ya en Madrid, pienso en la gran fortuna de haber conocido Johannesburgo y haber disfrutado allí de una agenda que incluso nos dio la oportunidad de ir de safari (todo eso os lo contaremos con detalle este otoño, en el próximo número especial ¡HOLA! Viajes, en un reportaje dedicado a este fascinante rincón del planeta).
También pienso en lo mucho que me ha gustado conocerte, querida Business Class (por supuesto, el vuelo de vuelta fue tan excepcional como el de ida, incluso mejor; hola, champán, adiós zumo detox). Ahora tengo mil motivos para quererte. Y solo uno para no hacerlo: el síndrome de dependencia con el que me dejas. ¿Quién no querría ya volar contigo para siempre?












