Los picos nevados de Sierra Nevada se intuyen en el horizonte mientras avanzamos, curva a curva, por la carretera que conduce a uno de los destinos más adorados del territorio granadino. Al admirar tanta belleza a nuestro alrededor, no nos extraña que, antes que nosotros, quedaran conquistados por este paisaje nombres como Gerald Brenan o Washington Irving, Pedro Antonio de Alarcón o el mismísimo Federico García Lorca. Grandes que alabaron las bondades de este recóndito lugar. El aire gélido, procedente de las cumbres, se cuela por la ventana cuando por fin vemos una señal que nos advierte que nos estamos acercando a nuestro destino.
Atrás dejamos los grandes conocidos: Bubión, Capileira y Pampaneira concentran casi todas las miradas y visitantes. Viajeros que viven ajenos, en muchas ocasiones, a las grandes maravillas que continúan desplegándose algo más allá. Tesoros como La Taha, el municipio que estamos a punto de descubrir y que, con sus siete núcleos poblacionales, encarna la esencia más auténtica de la región.
Ubicada en la vertiente sur de Sierra Nevada, La Taha se extiende entre valles y barrancos rodeada de estampas de ensueño que varían desde verdes praderas a espectaculares montañas rocosas. Todo salpicado de tradicionales huertos de cerezos y almendros, y de las típicas terrazas de cultivo que caracterizan a la Alpujarra.
Rodeados de este espectáculo visual, alcanzamos el primero de los núcleos poblacionales que visitaremos en la ruta, Pitres, que, al igual que sus hermanos, se reparte, escalonado, por las laderas de las colinas y valles. Capital administrativa del municipio y puerta natural de entrada, en sus coquetas calles se concentra no solo la esencia de la vida rural, sino también los más importantes servicios y comercios de la zona. Todo, por supuesto, aliñado con la típica estética alpujarreña que se repetirá en cada una de nuestras paradas, esa que destaca por sus fachadas encaladas, los famosos tejados planos o terraos y las calles con techos o tinaos. También, claro, por las tradicionales chimeneas alpujarreñas de forma cilíndrica que tantas postales protagonizan.
Nos asomamos a los diferentes miradores que se reparten por Pitres y contemplamos las increíbles vistas que se abren hacia el barranco del río Trevélez. Una panorámica que nos recuerda que estamos en una de las comarcas más abruptas y bellas de Granada. Tras llenar bien los pulmones del aire puro de la sierra, continuamos hacia Capilerilla, pequeña y recogida. Otro de los núcleos poblacionales compuestos de callejuelas estrechas y empinadas que serpentean entre casas pintadas de blanco impoluto en las que se percibe aún el ritmo pausado del mundo rural. Se trata, además, del más alto de todos los pueblos de La Taha, ubicado a 1.400 sobre el nivel del mar.
Un paseo por Capilerilla bastará para tomarle el pulso antes de seguir hacia Atalbéitar, uno de esos rincones que, por recónditos, podrían considerarse casi secretos. Solo hay que recorrer sus estrechas callejuelas, aptas únicamente para viandantes, para entender el porqué sus escasos 30 vecinos decidieron un día establecerse en —aquí, casi que sí— el fin del mundo. En términos arquitectónicos, posiblemente estemos ante uno de los pueblos más auténticos de toda La Taha.
Caminamos entre parras y buganvillas, topándonos con acequias y fuentes donde el agua, gran protagonista de la población, discurre fresca y pura como pocas. No cabe duda de que el sonido que produce al correr es la auténtica banda sonora del lugar. Pintoresco como pocos, Atalbéitar es, además, una base perfecta para animarnos con alguna que otra ruta senderista por los paisajes vecinos. ¿Por ejemplo? La que nos lleva entre campos de cultivo, barrancos y acequias hasta Ferreirola, cuyas calles desprenden un encanto íntimo y artístico.
Y es que en las últimas décadas su belleza ha atraído a viajeros y nuevos pobladores en busca de una vida alternativa, lo que ha generado una interesante mezcla entre tradición y creatividad. Sus casas restauradas con mimo y los pequeños talleres artesanos aportan una energía distinta sin romper la armonía del conjunto. Descubrimos que sus orígenes, sin embargo, son de los más antiguos de la zona, algo que también nos delata su nombre, que recuerda que muchos vivieron de la extracción de hierro por estos lares en el pasado. Echamos un vistazo a su vetusto lavadero, admiramos la torre de su iglesia —levantada, como tantas otras, sobre una antigua mezquita— y descansamos en una de sus apacibles plazuelas. Frente a muchas de las puertas de las casas, coloridas jarapas que son parte de la tradición local.
Los pasadizos y callejones colmados de tinaos y terraos, que protegen tanto del sol como de la nieve, se repiten, de nuevo, al alcanzar Mecina, centro histórico de la antigua taha andalusí —de ahí el nombre del municipio— y núcleo principal del valle. Aquí su iglesia parroquial y sus recoletas plazas nos hablan de un pasado de cierta relevancia comarcal y dejan claro su origen morisco. El aroma a madera escapa de las chimeneas mientras nos dirigimos hacia L’Atelier, que nos seduce con su cocina creativa basada en platos veganos y vegetarianos con inspiración en exóticas recetas.
La tapita de jamón de Trevélez —habrá que aprovechar que estamos en zona de buen cerdo ibérico— la tomamos, mejor, en El Aljibe, el barecillo más auténtico de Mecinilla, nuestro siguiente objetivo. Otra de las patas que conforman La Taha, pero que, hasta 1975, fue solo un barrio de la propia Mecina: tanto creció que acabó por “independizarse”. Aquí se repite esa arquitectura heredada de los árabes que ya nos conquistó hace rato. Callejuelas estrechas que se adaptan a las irregularidades del terreno con fachadas encaladas que discurren al amparo de ese cielo azul, límpido, que nos recuerda que estamos en el sur. Y, de repente, un antiguo lavadero, una fuente de agua ferruginosa y una vetusta iglesia, construida, cómo no, sobre la antigua mezquita, vuelven a poner el punto patrimonial. Por aquí y por allá, alojamientos turísticos escogidos por todos esos visitantes, nacionales y extranjeros, que saben que en la Alpujarra se halla un pedacito de paraíso natural.
El fin de fiesta lo alcanzamos en Fondales, séptimo núcleo poblacional y maravilloso culmen de una ruta diversa y cautivadora. El más “hondo” de los pueblos se despliega a unos pasos del río con su fuente decorada con azulejos y su arquitectura pura, casi original. Conserva también una pequeña ermita de dimensiones diminutas: apenas ocupa una habitación, pero hace las veces de iglesia en la que se celebran fiestas en honor a la Virgen del Rosario.
A un corto paseo, algunos de los tesoros monumentales de La Taha: dos antiguos aljibes y el puente medieval sobre el Trevélez, ubicado en el camino que un día unió Órgiva con este enclave. Joyas del pasado que son hoy objetivo de senderistas y amantes de la naturaleza que aprovechan, botas bien amarradas y mochila al hombro, para explorar esta tierra colmada de grandes reclamos y sorpresas.











