El príncipe Harry se acaba de marchar del Reino Unido después de completar uno de los viajes más contradictorios desde su salida de la realeza británica en 2020. El duque de Sussex acudió a numerosas citas públicas, siempre en solitario, y no fue hasta el final cuando se confirmó que, pese a los problemas de seguridad, Meghan Markle y los niños también habían pisado suelo británico para estar en Highgrove House con los reyes Carlos y Camilla y en Althorp House para visitar la tumba de Diana de Gales. Todavía no han trascendido muchos detalles de aquellos encuentros y ya se sabe que el príncipe Harry, que regresará a Londres en septiembre, tiene una habitación preparada en el Palacio de Buckingham por invitación del rey. ¿Qué ha cambiado en dos semanas?
"El príncipe Harry regresará a Gran Bretaña y el rey le ofrecerá de nuevo una habitación en el Palacio de Buckingham". La noticia que publica The Sun parece casi una broma, porque esa misma petición fue rechazada por motivos operativos y el duque de Sussex terminó durmiendo en un hotel. La versión oficial sostiene que confirmó su estancia fuera de plazo y ya no era posible alojarlo en una residencia real con 775 habitaciones y cientos de empleados. Por eso sorprende que, apenas un par de semanas después, Buckingham vuelva a ofrecerle alojamiento de cara a la visita que tendrá lugar en septiembre para participar en los actos relacionados con la entrega anual de los premios WellChild.
La otra lectura, la que circulaba en columnas británicas, apuntaba a que Carlos III prefería mantener distancia institucional mientras el Tribunal Superior de Londres resolvía la demanda colectiva contra Associated Newspapers Limited, en la que Harry era uno de los siete demandantes. A ello se sumaba el eterno punto de fricción: la seguridad. El Ministerio del Interior volvió a denegar protección policial a los Sussex durante su estancia, lo que obligó a Harry a recalcular la posibilidad de llevar a sus hijos, los príncipes Archie y Lilibet. Esa decisión no depende del Palacio, sino de RAVEC, el comité del Home Office que determina qué figuras públicas reciben seguridad financiada con fondos públicos. La paradoja es evidente: un hijo que reclama protección estatal y un padre que es jefe del Estado pero no tiene capacidad para concederla. Ese es el elefante que siempre se sienta en cualquier habitación donde se reúnan Carlos III y el príncipe Harry.
Desde varias cabeceras británicas se criticó la decisión de negarle a Harry una cama en la residencia real, ya que él sigue siendo un Windsor y allí se alojan invitados de forma regular. The Guardian lo calificó como "un giro terriblemente triste" en sus relaciones, mientras que periodistas de realeza de largo recorrido, como Chris Ship (ITV), escribieron: "No entiendo por qué el hijo del monarca no puede alojarse en una habitación del Palacio de Buckingham cuando un juez independiente dicta sentencia en un caso de difamación no relacionado con el Rey. ¿Significa eso que el príncipe Guillermo tuvo que vivir en otro lugar cuando demandó a varias editoriales y revistas a lo largo de los años?".
Para todos esta es una señal inequívocamente positiva, pero hay mucho más. Tener habitación en Buckingham no es solo alojamiento: también es pertenencia. De esta invitación se desprende que el encuentro de los Sussex con los reyes en la residencia privada de Highgrove sirvió para destensar las relaciones familiares. Igual de claro quedó que, si el rey quiere, el rey puede: finalmente se despejaron todos los problemas de seguridad, logística y agenda que habían hecho imposibles numerosos encuentros anteriores. El mensaje es evidente: Carlos III marca el ritmo de la reconciliación, determina los tiempos, los espacios y traza una línea clara entre institución y vínculo personal. Por eso, esta invitación del soberano es más simbólica que doméstica: un recordatorio silencioso de que, aunque muchos nunca perdonen que Harry dejara de trabajar para la Corona, él sigue siendo un Windsor de nacimiento con determinados derechos que ni el protocolo ni la opinión pública pueden negarle.







