El 23 de julio de 1986, Londres celebró una de las grandes bodas reales de los ochenta. No tuvo el impacto global de la unión del heredero, pero sí tenían algo que Carlos y Diana de Gales nunca lograron proyectar: química entre ellos. El príncipe Andrés era entonces el hijo carismático de la reina Isabel II, el favorito en los sondeos de popularidad después de su paso por las Malvinas, y Sarah Ferguson aportaba espontaneidad, humor y un disfrutar de la vida que la convirtió en la antítesis de la princesa Diana. Aquella boda terminó en escándalo y mientras el nucleo duro de la realeza británica amenazaba con apartarlos, ellos se unieron todavía más, así nació una sólida alianza, la de la Casa York. Sin embargo, la conveniente narrativa de los "divorciados ideales" se terminó cuando se destaparon los vínculos de la pareja (de ambos) con Jeffrey Epstein. Cuando se cumplen 40 años de esa boda, todo apunta a que lo que parecía una relación ejemplar era solo una coartada conveniente.
Westminster y Buckingham: los privilegios que hoy ningún segundo hijo tendría
El segundo hijo varón de Isabel II y del duque de Edimburgo se enamoró de Sarah Ferguson, una ejecutiva de ventas en una compañía de artes gráficas e hija de uno de los entrenadores de polo del príncipe Carlos. La elección ya decía mucho del momento que vivía Andrés: era un Windsor popular, con buena prensa y con un margen de libertad amplio dentro de la realeza. Para entender su posición basta con observar dos hechos que hoy serían impensables: el compromiso se anunció en Buckingham y la boda se celebró en la Abadía de Westminster, un privilegio reservado a los herederos y a los grandes enlaces de Estado.
La ceremonia fue un despliegue de símbolos personales que definían a la pareja. Sarah llegó con una corona de gardenias -las flores favoritas del príncipe- ocultando bajo ellas la tiara York, que solo revelaría tras el "sí, quiero", una peculiaridad que ella misma describió como su "momento Cenicienta". El vestido estaba cargado de anclas y olas por la carrera naval de Andrés, cardos y abejas del escudo Ferguson, y una gran "A" bordada en plata al final de la cola. Era una boda menos rígida, más humana, más cercana. La última gran celebración de la década antes de que la familia real británica entrara en su periodo más turbulento.
Del escándalo de Balmoral al vídeo de 2010: los golpes que marcaron a los York
En 1992 comenzaron entre el matrimonio las desavenencias que terminaron en el divorcio que se firmó en 1996. Durante ese tiempo, mientras algunos deseaban que los duques de York se reconciliaran, las fotografías en actitud íntima de la todavía mujer del Príncipe con John Bryan, al que definió como su asesor financiero, dieron la vuelta al mundo. Cuando las imágenes salieron a la luz Sarah Ferguson estaba quedándose con los Windsor en el Castillo de Balmoral. Las fotos marcaran un antes y un después con sus suegros y en particular con el príncipe Felipe, que pasó de ver a Sarah como su nuera favorita a prohibir que volviera a estar bajo el mismo techo que él.
Tampoco ayudó a limar esas asperezas lo sucedido en el año 2010, el segundo gran escándalo que dinamitó la imagen de Sarah Ferguson para algunos de forma irreversible. El medio News of the World publicó un vídeo en el que la duquesa de York acepta un maletín con 32.000 euros, como anticipo de los 575.000 euros que ella pide a un periodista que se hacía pasar por empresario, a cambio de conseguirle una cita con su ex marido, el príncipe Andrés, que era Representante Especial para el Comercio y las Inversiones de Reino Unido. Un cargo que con el tiempo ha sido muy analizado y cuyos archivos apuntan a que fue creado para él a petición de la reina, sin valorar otros candidatos posibles o lo que era mejor para un organismo que dependía del Gobierno.
El mito de los "divorciados ideales": una narrativa útil para todos
El divorcio llegó en 1996, igual que el de Carlos y Diana, pero esta separación nunca se vivió como ruptura. Al contrario: Andrés y Sarah construyeron el mito de los "divorciados ideales", una pareja que, pese a todo, seguía compartiendo vacaciones, celebraciones familiares y un vínculo que parecía indestructible. En un momento en el que la Casa Real acumulaba escándalos y tensiones, ellos ofrecían una narrativa amable: dos adultos que habían entendido que el matrimonio no funcionaba, pero la familia sí. Durante años, ese relato fue útil para todos, para la institución, para ellos y para un público que se sentía identificado.
En entrevistas, ella repetía que eran "la pareja divorciada más feliz del mundo" y que se apoyaban mutuamente como padre y madre, insistiendo en que la familia era "lo más importante". Incluso bromeaba sobre su soltería y sobre lo difícil que resultaba encontrar pareja, reforzando la idea de que su vínculo con Andrés seguía siendo el centro de su vida. En público, Sarah no tuvo reparos en describir su boda como "el día más feliz" y en afirmar que Andrés era "el mejor hombre" que conocía, subrayando que su deber era apoyarlo y que los York eran "una familia que se defiende". Estas afirmaciones responden al tiempo en el que Sarah y sus dos hijas, las princesas Beatriz y Eugenia, se volcaron en apoyar a Andrés como padre de familia mientras él negociaba un acuerdo para evitar cualquier tipo de declaración judicial vínculada al caso Epstein.
Las implicaciones del caso Epstein en la imagen pública de los York
Ese relato, que estuvieron alimentando con la complicidad de la realeza, que en el reinado de Carlos III trató de introducir al príncipe Andres y a Sarah Ferguson de nuevo en las citas familiares, saltó por los aires cuando llegaron las pruebas, entonces ambos quedaron acorralados por el mayor de los escándalos. Los correos, las declaraciones, las fotos, los viajes, los ingresos y las investigaciones del Departamento de Justicia de los Estados Unidos no libraron a ninguno de los dos, y entonces quedó claro que aquella unión no era tan sólida como se había contado. Fue entonces cuando a Carlos III no le quedó más remedio que actuar y "castigar" públicamente a su hermano, a la vez que le daba una salida a su situación, sin embargo, Sarah Ferguson quedó en caída libre.
Lo que parecía una relación ejemplar se reveló como una "coartada conveniente". Como apunta el especialista en realeza británico Andrew Lownie, que ha estudiado a la Casa York durante los últimos años, el hecho de que Sarah se haya distanciado de Andrés demuestra que la imagen de "la pareja divorciada más feliz del mundo" servía, en realidad, para impulsar sus respectivas actividades y protegerse mutuamente en un ecosistema cada vez más hostil. Él necesitaba un sostén familiar que amortiguara su caída pública; ella necesitaba permanecer cerca de la realeza para sostener sus proyectos profesionales. La armonía existía, sí, pero también respondía a intereses compartidos.

















