La reina Sofía, que reparte su tiempo entre el Reino Unido y Suecia, ha culminado su agenda en el Palacio Real de Estocolmo con una destacada presencia institucional. En calidad de representante de la Casa Real española, ha asistido a las celebraciones con motivo del octogésimo cumpleaños del rey Carlos Gustavo de Suecia. Una aparición que la ha convertido en una de las protagonistas de una velada marcada por la elegancia, el brillo de los diamantes y el simbolismo histórico de las joyas, que han narrado, una vez más, la tradición y el legado de la realeza europea.
Una noche de historia
Doña Sofia ha alcanzado un esplendor inédito desde la abdicación del rey Juan Carlos I —en un acto público—, asistiendo al gran banquete de Estado ofrecido por el rey de Suecia. Un escenario en el que la madre de Felipe VI ha brillado con la elegancia que siempre ha definido su estilo a lo largo de los años. La velada, marcada por la diplomacia y los reencuentros entre casas reales, ha estado también envuelta en el resplandor de los diamantes que coronaban su look, símbolo de historia, tradición y legado. Entre tiaras, sonrisas y conversaciones difíciles de descifrar, la reina Sofía ha sido recibida por los reyes Carlos Gustavo y Silvia de Suecia en la recepción previa al banquete de Estado. Una 'puesta de largo' concebida para estrechar —aún más, si cabe— los lazos entre las casas reales europeas y del resto del mundo. La asistencia de la reina Sofía, sin embargo, responde a un estilo que adquiere un significado propio. Una elegancia clásica capaz de trasladarnos a los inicios y a la plenitud de su reinado.
La Reina, envuelta en un atuendo de impecable elegancia clásica, ha vuelto a hacer gala de su estilo atemporal a través de un vestido en azul turquesa de su diseñador de confianza, Alejandro de Miguel, que ha completado con la emblemática tiara de la Chata, perteneciente a la infanta Isabel. En 1867, esta pieza —conocida como la tiara de conchas— pasó a convertirse en la favorita de la infanta de España, tras ser un regalo de la reina Isabel II con motivo de su enlace. Popularmente apodada "La Chata", la joya destaca por un diseño que evoca conchas marinas o una ola en movimiento, con diamantes y perlas suspendidas en perfecta armonía.
La tiara acompañó a la infanta durante toda su vida y, posteriormente, fue heredada por distintas generaciones de la familia: Alfonso XIII, la reina Ena y la condesa de Barcelona. En 1962, fue ofrecida como obsequio de boda a Sofía de Grecia con motivo de su matrimonio con Juan Carlos, iniciando así una nueva etapa como una de las piezas más emblemáticas del joyero de los Borbones. Todo ello en el marco de una asistencia parcial, ya que, aunque la invitación incluía el conjunto de actos conmemorativos del aniversario, la reina solo ha podido acudir a la cena de gala celebrada en el Palacio Real de Estocolmo. Su llegada se ha visto condicionada por compromisos previos en el Reino Unido, adonde se trasladó el día anterior casi como embajadora de la cultura española. Tras la recepción Doña Sofía ha sido protagonista de algunos reencuentros, entre los que destacan el de la princesa Beatriz de Holanda, la reina Sonia de Noruega, y Margarita II de Dinamarca.
Un concepto que la reina Sofía ha cumplido haciendo gala del protocolo dictado por la Casa Real de Suecia, que establece el denominado white tie —la etiqueta más rigurosa— como el código de vestimenta más formal y estricto que existe. Se trata de una norma explícita reservada para eventos nocturnos de altísimo nivel, como cenas de Estado, bodas reales o grandes galas. Este protocolo exige frac para los hombres y vestido de noche largo, hasta el suelo, para las mujeres, en una puesta en escena donde la tradición y la solemnidad marcan cada detalle.







