Cada verano, los jardines de Cap Roig, en Calella de Palafrugell, uno de los espacios botánicos más importantes del Mediterráneo, se convierten en el epicentro del ocio estival del Baix Empordà gracias a su festival de música. Desde que arrancó el pasado mes de julio, son muchas las caras conocidas que han pasado por este bellísimo paraje natural asomado al mar, como los recién casados Susanna Griso y su marido, Luis Enríquez Nistal, que el pasado fin de semana no quisieron perderse el concierto de Taburete.
Pero si hay un nombre que destaca con fuerza en el cartel de este año, es el de Malú. La artista madrileña, inmersa en su gira Quince Tour, con la que está recorriendo toda España para presentar su nuevo trabajo y repasar los grandes éxitos de su carrera, regresará a este espectacular escenario al aire libre el 13 de agosto.
Más allá de la música, el Cap Roig Festival convierte cada velada en una experiencia que combina conciertos, una propuesta gastronómica de primer nivel —encabezada por los Hermanos Torres, entre otras opciones— y el Aftershow by Mas Sorrer, donde el público puede prolongar la noche con una copa y una sesión de DJ en la plaza del castillo de Cap Roig.
Antes de la esperada actuación de Malú, la magia de Pablo López (7 de agosto), la energía de Mika (8), el espectáculo de El Fil Invisible (10) y el arte de la incombustible Rosario (11) pasarán por los jardines de Cap Roig. El cartel se cerrará con los ritmos urbanos de 31 FAM (14), la voz inconfundible de Luz Casal (15), los grandes éxitos de Ana Torroja (17) y Miguel Ríos, que clausurará el festival el próximo día 18. Ponerle banda sonora a este paisaje de Calella de Palafrugell no es cosa de ahora. Hace ya más de medio siglo, Joan Manuel Serrat se dejó cautivar por esta misma brisa para componer su eterno Mediterráneo desde la habitación de un pequeño hotelito costero.
UN PUEBLO DE PESCADORES, LA POSTAL DE LA COSTA BRAVA
Pero más allá de los acordes que resuenan en sus mágicas noches de verano, el verdadero espectáculo visual de este pequeño núcleo costero del municipio de Palafrugell aguarda de día en las calles y playas de este antiguo pueblo de pescadores. Las barquitas reposan sobre la arena gruesa de la playa de Port Bo. A pocos pasos del agua están las viviendas marineras, con sus icónicos arcos; algunas acogen bares y restaurantes.
Justo a sus espaldas, se despliega el laberinto de calles empedradas y peatonales encantadoras, sobre todo las de les Voltes y la Gravina, donde las buganvillas ponen color a las fachadas blancas. Por encima de los tejados de las casas blancas sobresale la torre de la iglesia de Sant Pere. Y para terminar de enmarcar una de las postales más reconocibles de la Costa Brava, el entorno natural regala un litoral rocoso salpicado de acantilados y pinares.
LAS PLAYAS DE CALELLA DE PALAFRUGELL
Port Bo es la playa de las barcas; a un lado están las del Malaespina y El Canadell; al otro, La Platgeta y, a continuación, la del Port Pelegrí. Y todavía faltan las del Golfet, Sant Roc o Els Canyers. Ocho son los arenales que bordean estas aguas turquesa del Mediterráneo. Pequeñas, recogidas, de arena dorada, con piedras, para bañarse, comerse una paella en sus orillas o entonar habaneras que traen a la memoria el recuerdo de aquellos emigrantes que hicieron fortuna en Cuba. La ruta de los Americanos, que recorre Calella, Llafranc y Llofriu, también pone en valor su legado.
LA MÚSICA SIGUE EN SANT PERE
Abierta a la plaza que le da nombre, la iglesia de Sant Pere es un templo de líneas sencillas, con una sola nave, campanario de torre cuadrada y fachadas encaladas, siguiendo la arquitectura tradicional de este pueblo marinero. Conserva varias piezas de interés artístico y, gracias a su excelente acústica, cada verano se convierte en escenario de los conciertos organizados por las Juventudes Musicales de Palafrugell.
LOS MIRADORES
Junto a la conocida popularmente como la casa rosa, en un saliente rocoso, se encuentra el mirador de Manel Juanola i Reixach, dedicado al creador de la fórmula de las famosas pastillas Juanola, que nació en Palafrugell, y que ofrece la mejor panorámica de la playa del Canadell. Otra buena vista la regala la punta dels Burricaires, entre la playa de Port Pelegrí y La Platgeta.
EL CAMINO DE RONDA
Para contemplar panorámicas espectaculares y hacer ejercicio, en Calella hay que caminar por el camino de ronda que recorre su costa siguiendo las marcas blancas y rojas del GR-92. Hasta Tamariu son 9 kilómetros, que se cubren en 2 horas y tiene un primer tramo fácil hasta el pueblo de Llafranc, luego otro hasta el faro de San Sebastián y, a partir de aquí, el más salvaje, que tiene una parada en la Cala Pedrosa. Un paseo inolvidable entre bosques, acantilados, vegetación mediterránea y el azul del Mediterráneo como telón de fondo.
NO TE PIERDAS EN PALAFRUGELL
Como Calella, al municipio de Palafrugell pertenecen otros dos preciosos núcleos costeros: Llafranc y Tamariu, que son también resumen de la más pura esencia mediterránea.
A mediados del siglo XIX se inauguraba en Llafranc un faro de 12 metros de altura sobre un escarpado acantilado que es el más potente del litoral catalán —tiene un alcance de 50 millas— y guía a los barcos que navegan por el golfo de León. Su libro de visitas dice que por aquí pasaron desde Emilio Castelar a la señora de Churchill. Junto al faro hay un yacimiento íbero y el hotel restaurante El Far (hotelelfar.com), donde disfrutar de la tranquilidad, de una gastronomía de tradición mediterránea y de maravillosas vistas.
Más pequeño que Calella y Llafranc, Tamariu tiene una playa principal donde el primer sábado de septiembre se celebra la cantada de habaneras y varias calas, entre las que sobresale la bonita de Aigua Xelida, que se alcanza en kayak, barca o nadando. Tomando el camino de ronda desde la cala Els Liris, espera la cala Pedrosa, con una antigua barraca.














