Roberto Brasero está omnipresente. Es imposible no tener noticias casi a diario del famoso meteorólogo. Sea por los calores extremos del verano, que nos tienen a todos pendientes del tiempo a todas horas, o por el inminente eclipse del 12 de agosto, un tema sobre el que ha sacado un libro recientemente y sobre el que, haciendo gala de ese ingenio tan suyo, nos ha explicado de manera muy gráfica en Instagram cómo la Luna irá ocultando al Sol de la manera más original —con cero gráficos 3D complicados: usando un plato de cerámica de Talavera—. También nos ha dado un consejo de oro para ver el fenómeno astronómico: si no tienes a mano unas gafas homologadas, una simple espumadera de cocina puede servir para observarlo de forma segura a través de la sombra de sus agujeros. Un genio.
Calores y eclipses aparte, el presentador también está aprovechando el verano para salir de su refugio verde de Torrelodones, donde vive junto a su familia —a 20 minutos de la capital y a los pies de la Sierra de Guadarrama— y escaparse unos días de vacaciones. Tras asistir a la sonada boda de Susanna Griso en la Costa Brava, Brasero aprovechó el viaje para recorrer el sendero costero de S’Agaró —donde tuvo lugar la ceremonia y la fiesta— y acercarse hasta Peratallada. Viendo que alguien que sabe tanto de buscar la mejor temperatura ha elegido este rincón del Baix Empordà, no es de extrañar que el pueblo despierte curiosidad y apetezca conocerlo.
ADIÓS A LA COSTA, HOLA A LA PIEDRA
Peratallada se encuentra en pleno Baix Empordà, a pocos kilómetros de algunas de las playas y calas más conocidas de la Costa Brava, como las de Pals o Begur. Llegar hasta él desde la costa es un trayecto muy corto en coche, pero el contraste es enorme. Su propio nombre ya hace un spoiler en toda regla: piedra tallada. Y es que el inmenso foso que rodea el núcleo antiguo está literalmente excavado en la roca viva.
Una vez cruzado el portal de entrada, el pueblo es lo bastante pequeño como para no perderse, pero lo bastante laberíntico como para acabar dando vueltas por la misma calle dos veces sin darse cuenta. Sus callejones son estrechos, de trazado irregular, y están tomados por enredaderas, buganvillas e hiedras que trepan por las fachadas. El contraste visual es muy agradecido: el color miel de la piedra maciza contra el verde explosivo de las hojas.
LA PLAZA DE LES VOLTES
El epicentro del pueblo donde siempre se acaba es la plaza de les Voltes, cuyos pórticos ofrecen una de las postales más reconocibles de Peratallada. Sus arcos de piedra regalan esa sombra tan cotizada en pleno mes de agosto, ideal para sentarse a pedir un vermut o comer.
En el mismo entorno está Cala Nena y sus propuestas de cocina respetuosa con el Empordà (calanena.cat). Y a pocos pasos, en la calle del Form, El Borinot actualiza recetas tradicionales y trabaja con productos de proximidad (restaurantelborinot.com).
A PIE DE CALLE
Mientras se baja la comida dando un paseo, basta con fijarse en cómo los bajos de muchas de las casas de piedra del pueblo se han reconvertido, con mucho gusto, en pequeños negocios. En la propia plaza de les Voltes, El Pedrís —uno de los lugares que llamó la atención de Roberto Brasero durante su visita— reúne artesanía, complementos y regalos.
Por la calle Major aparecen tiendas de alimentación, heladerías y comercios como L’Encant, en el número 10, donde se encuentra ropa y bisutería de diseñadores de proximidad; y, en la avenida de la Bisbal, Ceràmica Ley mantiene vivo el oficio alfarero. Pero lo mejor de todo es que no parece un decorado de cartón piedra: aquí hay vida real.
Y también espacios que van mucho más allá de una tienda convencional. Es el caso de The Eleven House, un concept store que reúne una galería de arte, un espacio para practicar yoga, una sala de workshops y un estudio para reuniones, talleres o rodajes.
EL CASTILLO, CORAZÓN MEDIEVAL
Si se levanta la cabeza, aparece el castillo. No es una fortaleza oscura y militar, sino más bien un palacio elegante. Está presidido por la torre del homenaje, que asoma por encima de los tejados y sirve de brújula durante el paseo. Es muy fácil quedarse embobado mirando los ventanales góticos que aparecen por sorpresa al doblar cualquier esquina. A sus pies, el restaurante Can Nau ofrece delicias ampurdanesas, mientras que, a su espalda, El Pati (hotelelpati.net) se esmera en una cocina basada en productos de calidad, dentro de un bonito jardín interior.
Pero el castillo no es el único testigo de aquel pasado medieval. La Torre de las Horas, que cierra el recinto por el noroeste, es otro de los vestigios de aquel sistema defensivo. Debe su nombre al reloj público que albergó desde el siglo XIX y hoy se puede visitar, incluso subir hasta su mirador para contemplar el pueblo desde arriba.
La iglesia de Sant Esteve, con su característica fachada románica, aparece también en el recorrido, y un poco más adelante está el Portal de la Virgen, la única puerta que se conserva de la antigua muralla. El paseo continúa por la calle del Marquès de Robert, pegada a los muros del castillo, donde se entiende todavía mejor hasta qué punto Peratallada fue una pequeña fortaleza. El nombre de la calle, además, no pasó desapercibido para Roberto Brasero, que compartió en sus redes una imagen de la placa con una divertida ocurrencia sobre sus vacaciones: “Como un marqués (como me ponen ahí)”.
En Peratallada también se cuida el descanso, claro, en hoteles boutique como El Cau de Papibou (hotelelcaudelpaibou.com), que ocupa un edificio histórico del siglo XII en pleno centro del pueblo. Solo ocho habitaciones, cada una con personalidad propia, donde la piedra y los elementos originales conviven con una decoración más actual, y restaurante. El desayuno, con pan de payés, embutidos de la zona, tomates y fruta, pone además el acento en los productos del Empordà.
Cuando la tarde va cayendo y el calor da una tregua, el ambiente cambia. Las farolas encienden una luz muy cálida y la piedra coge unos tonos anaranjados. Es entonces cuando Peratallada adquiere otra dimensión, más tranquila, más íntima y con otro encanto.














