"Hemos vuelto, hemos vuelto de verdad". Con el regreso de Amaia Montero a La Oreja de Van Gogh, sus canciones vuelven a sonar con más fuerza que nunca en la gira Tantas cosas que contar, que está triunfando por toda España y recala en Madrid (en el Movistar Arena) el 23 y 24 de septiembre y el próximo 30 de diciembre.
San Sebastián siempre quedará ligada a la vida de la cantante y forma parte del repertorio más conocido del grupo, con canciones como El 28, Soñaré o 20 de enero. Pero, a pesar de que muchos podrían pensar que Donosti es la ciudad natal de Amaia, las raíces de la guipuzcoana se encuentran en una ciudad pegada a Francia, un poco más al norte, en Irún.
La propia artista ha hablado en muchas ocasiones de su relación con la ciudad y de su regreso a la casa familiar cuando necesitaba tranquilidad para componer. En sus redes, Amaia ha mostrado su refugio irunés que ha definido con una frase muy evocadora: "Y aquí sigo, donde se creó la primera luz". Emprendemos una ruta por Irún, una ciudad cargada de historia, animadas fiestas y rodeada de un paisaje espectacular.
EL CORAZÓN DE IRÚN: PALACIOS, PLAZAS Y MIRADORES
Nuestro punto de partida será la plaza de San Juan Harria. Allí se encuentran el Ayuntamiento, un edificio barroco del siglo XVIII, y la columna de San Juan de Arria, levantada en 1564 como símbolo de la personalidad propia de Irún. En la plaza discurre buena parte de la vida de la ciudad y sigue funcionando como lugar de encuentro.
Desde aquí, se puede continuar hacia la iglesia de Santa María del Juncal, uno de los grandes símbolos patrimoniales de Irún. El templo, construido entre los siglos XVI y XVII, mezcla elementos góticos y barrocos y conserva una imagen de la Virgen del Juncal, considerada la talla mariana más antigua conservada de Guipúzcoa. En la parte posterior de la iglesia aparecieron restos de las termas públicas de la antigua Oiasso, la ciudad romana predecesora de Irún. Todos los sábados hay visitas guiadas al campanario: desde lo alto tendrás unas vistas impresionantes de Irún.
Otro mirador privilegiado de la ciudad está en el Conservatorio y Escuela Municipal de Música, en el parque Mendíbil. En la parte posterior de la antigua Villa María Luisa hay unos bancos, estratégicamente colocados, que ofrecen unas panorámicas de la bahía de Txingudi, Hondarribia y Hendaya (Francia). Desde este punto también se puede contemplar el paso del tren internacional hacia Europa.
El paseo puede continuar por la plaza Urdanibia y, muy cerca, el palacio de Urdanibia, un interesante ejemplo de arquitectura renacentista vasca de la ciudad. Terminamos nuestro recorrido en la ermita de Santa Elena, que también esconde un tesoro: bajo el edificio se descubrieron restos de un templo romano del siglo I y una necrópolis indígena. Hoy forman parte del conjunto museístico de Oiasso.
A la hora de comer o salir de pintxos, encontrarás una buena oferta. En la plaza San Juan, el Bar Gaztelumendi forma parte de la historia gastronómica de la ciudad desde 1942 y mantiene una cocina tradicional vasca con pintxos calientes y raciones; en la cercana plaza del Ensanche, La Canasta también triunfa con sus pintxos y tortillas, como Sariga, en la Avda. León Iruretagoyena.
Y si quieres vivir la experiencia de una sidrería, en el barrio de Meaka se encuentra Ola Sagardotegia, instalada en una antigua ferrería del siglo XIII. Aquí el menú se acompaña de sidra servida directamente de la kupela al grito de «txotx»: tortilla de bacalao, bacalao con pimientos, chuleta y, para terminar, queso, nueces y membrillo. La sidrería ofrece además visitas guiadas por sus instalaciones y los manzanos, con degustación de varias sidras antes del menú tradicional.
OIASSO, CUANDO IRÚN ERA UN PUERTO ROMANO
La actual Irún fue la antigua Oiasso, una ciudad portuaria integrada en las rutas del Imperio romano que tuvo, además, importantes explotaciones mineras de plata y cobre de Aiako Harria. Para entender esta historia, hay que entrar en el Museo Romano Oiasso. Sus colecciones reúnen objetos y restos arqueológicos que permiten reconstruir cómo era aquella ciudad: las termas, el puerto, la necrópolis, la actividad comercial y las explotaciones mineras.
Cada año, en el mes de julio, Irún vuelve a convertirse en Oiasso durante el festival romano Dies Oiassonis, una recreación histórica con actuaciones de teatro, música, mercados, desfiles y artesanía por las calles. Una de las formas más apetecibles de disfrutarlo es seguir la Ruta del Pintxo Romano, en la que los bares elaboran pequeños bocados utilizando únicamente ingredientes que pudieron encontrarse en la época romana.
El verano es el momento de vivir la Irún más festiva. Además del festival romano, a finales de junio se celebran las fiestas de San Pedro y San Marcial, que recuerdan la victoria de 1522 frente a las tropas francesas y están marcadas por el tradicional Alarde de San Marcial: todos los irundarras salen a las calles, que se llenan de música, tambores, txibilitos (flautas), uniformes, pólvora y desfiles, y suben al monte San Marcial, coronado por una ermita levantada para conmemorar la batalla.
Otra de las fiestas más queridas de los irundarras es la Euskal Jira, que recuerda las costumbres, los oficios, bailes y el modo de vida de la sociedad vasca de antaño. Sus orígenes se remontan al menos a 1928 y el momento más especial es el desfile de carros tradicionales (gurdiak) tirados por bueyes, decorados con escenas populares que los propios vecinos preparan.
EL BIDASOA Y LOS MONTES: IRÚN EN VERDE
El río Bidasoa acompaña a Irún hasta la frontera con Francia y desemboca en la bahía de Txingudi, dibujando un paisaje en el que el agua, las marismas y las montañas se suceden a pocos kilómetros del centro. El río atesora un espacio singular: la isla de los Faisanes, un pequeño territorio fluvial de apenas unos cientos de metros de longitud que comparten España y Francia. Es un caso excepcional: durante seis meses al año la administración corresponde a España y durante los otros seis, a Francia.
En 1659 fue escenario de la firma del Tratado de los Pirineos, que puso fin a la guerra entre las monarquías española y francesa y estableció parte de la frontera entre ambos países. El lugar también fue utilizado para intercambios de prisioneros y para ceremonias vinculadas a las monarquías de ambos territorios. Hoy permanece deshabitada y no está abierta libremente al turismo, pero contemplarla desde las orillas del Bidasoa permite entender hasta qué punto este río ha sido durante siglos una vía de comunicación y también una frontera.
El paisaje continúa hacia Plaiaundi, uno de los humedales más importantes del norte peninsular, donde el Bidasoa se encuentra con el Cantábrico. Senderos y observatorios permiten acercarse a este ecosistema de marismas, especialmente interesante para la observación de aves. El agua vuelve a ser protagonista antes de que el terreno empiece a elevarse hacia las montañas.
Más allá aparece Aiako Harria, uno de los grandes espacios naturales del entorno. El parque natural se extiende desde el Bidasoa hasta el Urumea, alberga el único macizo granítico del País Vasco, famoso por sus formaciones afiladas que recuerdan a una silueta humana ("la cara de Napoleón") y sus tres cumbres principales o "Tres Coronas", de más de 800 m: Irumugarrieta, Txurrumurru y Erroilbide. En sus laderas se encuentra la cascada de Aitzondo, con 140 metros de caída, la más alta de Guipúzcoa.
Para quienes quieran seguir caminando, la Vía Verde del Bidasoa recupera el trazado del antiguo Tren Txikito, que comunicó Irún con Elizondo entre 1898 y 1956. Son kilómetros de sendero entre bosques, túneles y pequeños pueblos siguiendo el curso del río.














