Para ser justos con los hijos, no es necesario que todo sea exactamente igual: ni la atención que se presta a cada uno ni las responsabilidades e incluso, en determinados casos, ni siquiera las mismas normas. De hecho, tratar así a los hijos puede acabar convirtiéndose en una fuente de conflictos y sentimientos de incomprensión dentro de la familia. Todo esto, que parece contradictorio, tiene una explicación muy sencilla, que nos da Sonia Martínez, psicóloga y directora de los Centros Crece Bien. Y según nos cuenta en esta entrevista, tiene que ver con que cada hijo es una persona diferente con sus particulares necesidades, con una determinada edad, momento madurativo o vital distintos y, sobre todo, personalidades únicas.
Martínez aclara por qué confundir igualdad con equidad es uno de los errores más frecuentes en la educación y la crianza de los niños y cómo encontrar el equilibrio para que cada miembro de la familia se sienta comprendido, valorado y tratado con justicia. Además, ofrece claves para gestionar las inevitables comparaciones entre hermanos y para responder cuando algún miembro de la familia percibe un trato desigual.
No se trata de tener unas normas para el hijo que protesta y otras para el que obedece, sino de ayudar a cada uno a cumplirlas con las herramientas que necesita
Muchas familias intentan tratar a todos sus hijos exactamente igual para evitar conflictos. ¿Por qué esta idea puede ser un error?
Porque nuestros hijos no son iguales. Tienen edades diferentes, personalidades distintas y necesidades que, además, van cambiando a medida que crecen. A veces los padres nos obsesionamos con que todo sea idéntico: los mismos regalos, los mismos permisos, el mismo tiempo de atención… Pensamos que así evitaremos los celos y las discusiones. Pero podemos acabar siendo muy iguales en el trato y poco justos con lo que necesita cada uno.
La pregunta seria ¿es justo tratarles exactamente igual? Por ejemplo, un hijo de cinco años puede necesitar que le acompañemos para dormirse, mientras que su hermano de doce necesita que respetemos más su intimidad. Lo importante no es que nuestros hijos reciban siempre lo mismo, sino que cada uno se sienta querido, respetado y atendido en sus necesidades.
¿Cuál es la diferencia entre tratar a los hijos con igualdad y hacerlo con equidad?
La igualdad consiste en dar lo mismo a todos. La equidad consiste en tener en cuenta lo que necesita cada uno para actuar de manera justa. Imaginemos que tenemos dos hijos y uno está pasando por un momento difícil en el colegio. Probablemente necesite más tiempo para hablar, más acompañamiento y más atención durante una temporada. Su hermano quizá esté bien y necesite otras cosas. Eso no significa que queramos más al primero.
Lo mismo ocurre con las normas. No podemos exigir las mismas responsabilidades a un niño de seis años que a uno de quince, ni concederles exactamente la misma libertad. Eso sí, hay cosas que deben ser iguales para todos: el respeto, el cariño, la dignidad y el derecho a ser escuchados. A mí me gusta explicarlo con una frase muy sencilla: "No siempre os vamos a dar lo mismo, pero siempre vamos a intentar daros lo que necesitáis".
Cuando un padre o una madre ofrece respuestas diferentes a cada hijo según sus necesidades, ¿está siendo más justo que si actúa exactamente igual con todos?
En muchas ocasiones, sí. Pensemos en dos hermanos que tienen dificultades con los deberes. Uno necesita que nos sentemos a su lado para ayudarle a organizarse. El otro ya puede hacerlo solo y lo que necesita es que confiemos en él y le dejemos trabajar con autonomía. Si ayudamos exactamente igual a los dos, quizá estemos haciendo demasiado por uno y demasiado poco por el otro.
La clave está en que esas diferencias tengan un motivo razonable. No podemos utilizar el argumento de que "cada hijo es diferente" para permitirle siempre todo a uno y exigirle muchísimo al otro. Los padres también tenemos que revisar nuestras decisiones y preguntarnos: "¿Estoy actuando así porque mi hijo realmente lo necesita o porque con él me resulta más cómodo?".
¿Por qué suele costar tanto a las familias aceptar que cada hijo necesita algo distinto?
Creo que, sobre todo, porque tenemos mucho miedo a ser injustos y a la responsabilidad de la equivocación. A ningún padre le gusta escuchar "¡a él le quieres más!" o "¡siempre le dejas hacer lo que quiere!". Son frases que nos duelen y que muchas veces nos llevan a intentar demostrar inmediatamente que queremos a todos por igual. También influye que estamos acostumbrados a pensar que la justicia significa repartir todo a partes iguales. Pero educar no funciona como repartir una tarta.
Además, aceptar que cada hijo necesita algo diferente implica observarle, escucharle y, en ocasiones, cambiar nuestra forma de educar. Lo que funcionaba estupendamente con el mayor puede no servir con el pequeño. Y eso no significa que lo estemos haciendo mal. Significa que estamos educando a dos personas diferentes.
¿Qué consecuencias puede tener para un niño recibir el mismo trato que sus hermanos cuando sus necesidades emocionales son diferentes?
Puede sentir que no le entendemos o que no estamos viendo lo que realmente le pasa. Imaginemos a un niño que es especialmente inseguro y necesita algo más de acompañamiento para atreverse a hacer determinadas cosas. Si le exigimos exactamente lo mismo que a su hermano, que es mucho más independiente, quizá termine pensando que siempre se queda atrás o que nunca consigue estar a la altura.
También puede ocurrir lo contrario. Un niño que está preparado para asumir más responsabilidades puede sentirse frustrado si no le dejamos avanzar porque su hermano todavía no puede hacerlo.
Cuando tratamos a todos exactamente igual, corremos el riesgo de no atender bien a ninguno. Eso sí, tampoco debemos encasillarles. Que un hijo sea más tímido hoy no significa que tenga que ser 'el tímido' de la familia para siempre. Debemos conocer sus necesidades, pero también ayudarles a crecer y ganar autonomía.
Lo importante no es que nuestros hijos reciban siempre lo mismo, sino que cada uno se sienta querido, respetado y atendido en sus necesidades
A menudo los hijos reclaman que hay favoritismos. ¿Cómo pueden los padres gestionar esas percepciones sin caer en comparaciones constantes?
Lo primero es no responder a la defensiva. Cuando un niño nos dice "¡siempre le haces más caso a él!", nuestra reacción suele ser empezar a enumerar todo lo que hacemos por él para demostrarle que está equivocado. Pero quizá detrás de esa frase hay otra pregunta: "¿Soy igual de importante para ti?".
Podemos empezar diciendo: "Entiendo que te dé rabia que hoy tu hermano pueda hacer algo que tú todavía no". Y después explicarle el motivo: "Él tiene quince años y tú diez. No necesitáis las mismas normas". También podemos preguntarle: "¿Qué es lo que te gustaría que hiciéramos más contigo?". Así dejamos de hablar constantemente del hermano y empezamos a escuchar sus propias necesidades.
Y hay algo importante: no siempre tenemos razón los adultos. Si un hijo se queja de que existe un trato desigual, conviene escucharlo. Puede que nos esté señalando algo que no habíamos visto y que necesitemos cambiar.
¿Es normal que cada hijo requiera una forma distinta de educar, poner límites o mostrar afecto? ¿Cómo saber cuáles son esas necesidades particulares?
Es completamente normal. Hay niños que necesitan hablar mucho de lo que sienten y otros que prefieren que les demos un poco de espacio antes de contarnos qué les pasa. Algunos necesitan más ayuda para organizarse, otros más libertad para experimentar y equivocarse. También hay diferencias en cómo reciben el cariño. Un hijo puede disfrutar muchísimo de los abrazos y otro preferir compartir un juego, una conversación o un paseo.
La mejor manera de conocer esas necesidades es observarles, escucharles y pasar tiempo con cada uno. Y preguntarles, porque a veces creemos saber perfectamente lo que necesitan y nos sorprenden con sus respuestas.
Con los límites ocurre algo parecido. Las normas básicas de respeto y convivencia deben ser comunes, pero podemos adaptar las explicaciones, la ayuda y las responsabilidades a la edad y madurez de cada niño. No se trata de tener unas normas para el hijo que protesta y otras para el que obedece, sino de ayudar a cada uno a cumplirlas con las herramientas que necesita.
¿Qué les diría a los padres que temen que adaptar la crianza a cada hijo genere celos entre hermanos?
Les diría que los celos entre hermanos van a aparecer en algún momento, aunque repartamos absolutamente todo por igual. Y no pasa nada. También tienen que aprender a gestionar esas emociones.
La solución no es intentar que ninguno se frustre nunca, sino ayudarles a entender que recibir cosas diferentes no significa que uno sea más querido que el otro. Podemos explicárselo con situaciones cotidianas: "Cuando estuviste enfermo, también te cuidamos más porque lo necesitabas. Ahora es tu hermana quien necesita nuestra ayuda". Y también es importante que cada hijo tenga momentos especiales con nosotros, sin necesidad de estar compitiendo constantemente por nuestra atención.
Me gustaría que los padres recordaran algo: nuestros hijos no necesitan que llevemos una calculadora del cariño. Necesitan tener la seguridad de que les queremos, de que estamos disponibles cuando nos necesitan y de que las diferencias en el trato tienen una razón, no una preferencia. Porque aprender que otra persona reciba algo diferente no significa que tú estés perdiendo algo es una lección que les servirá durante toda la vida.






