Si uno circula sin prisas por las carreteras arboladas de la comarca de Uribe, a unos 24 kilómetros al norte de Bilbao y a tiro de piedra de la costa, se topa de sopetón con una estampa insólita. De repente, emergiendo entre las copas de un robledal centenario y abrazado por el meandro caprichoso de un río, aparece un castillo de piedra arenisca que parece recortado de un cuento de hadas o sacado de la maqueta de un parque temático de la Baja Sajonia.
Pero no nos confundamos, no es cartón piedra ni atrezzo de cine. El castillo de Butrón existe, huele a vegetación húmeda y, para alegría de los viajeros curiosos que llevan años atisbándolo con resignación tras las rejas, vuelve a mostrar su mejor imagen tras varios años de obras.
Para entender cómo nació esta fantasía, hace falta viajar primero al siglo XVI. La torre fortaleza de los señores de Butrón era un enclave defensivo puro y duro. Por aquellos días no había espacio para la poética. La aristocracia vizcaína andaba enzarzada en cruentas luchas, y la única prioridad era que los muros resistieran los embates del bando rival. Durante más de tres siglos, este rincón de Gatika fue la sede desde donde se ejercía el poder con mano de hierro sobre el territorio.
EL DELIRIO ROMÁNTICO DEL MARQUÉS DE CUBAS
El tiempo, sin embargo, limó las asperezas feudales y el viejo baluarte cayó en el olvido... hasta que a finales del siglo XIX la fiebre del neogótico contagió a la alta sociedad española. Fue entonces cuando apareció en escena el célebre arquitecto Francisco de Cubas, el marqués de Cubas, hombre de desbordante imaginación y artífice también de la catedral de la Almudena en Madrid.
Al marqués no le bastaba con restaurar unas viejas ruinas; él quería crear un poema monumental en piedra. Así que agarró el sobrio torreón bajomedieval y lo vistió con galas fantásticas. Proyectó almenas que rozan el cielo, garitones puntiagudos, balconadas de leyenda y torreones que parecen diseñados para que una princesa deje caer su melena, más que para arrojar aceite hirviendo a los sitiadores. El resultado fue una residencia nobiliaria concebida por y para el romanticismo.
SECRETOS ENTRE EL MUSGO Y LAS ALMENAS
Al pasear por los contornos del castillo, uno duda si está en plena comarca de Uribe o a medio camino entre una leyenda artúrica y un set de rodaje. El entorno natural del castillo de Butrón es parte de su encanto. Los alrededores del castillo y su jardín albergan una reserva ecológica de gran valor, con una rica flora y fauna repartida a lo largo de 35.000 metros cuadrados. Este singular jardín botánico cobija más de 70 especies de árboles traídas de todos los rincones del mundo. Entre la fronda autóctona de robles destacan las palmeras y las gigantescas secuoyas americanas.
El río fluye rodeando el peñasco sobre el que se alza la mole de piedra, mientras que los árboles centenarios filtran la luz, creando una atmósfera mágica, que cambia según la época del año. Por el camino es fácil toparse con aves de todo tipo y ovejas pastando tranquilas.
A diferencia de otras fortalezas del norte, más adustas y castigadas por la humedad y el viento, Butrón sorprende por su elegancia casi de cuento. Tras años de restauración, el castillo mantiene por ahora sus puertas cerradas al público (es propiedad privada), pero basta contemplar sus torres, almenas y detalles decorativos para entender su singularidad. Sus piedras reúnen dos épocas muy distintas: la de la Vizcaya medieval, dura y guerrera, y la del siglo XIX, cuando el gusto romántico convirtió la antigua fortaleza en un castillo de aspecto teatral y soñador. La historia y la fantasía parecen haberse puesto de acuerdo en este rincón.
NO TE PIERDAS EN EL ENTORNO
Izenaduba Basoa (Mungia, a 9 km)
A solo 10 minutos en coche se encuentra el caserío Landetxo Goikoa, considerado el más antiguo de Bizkaia (siglo XVI). Este rincón se ha transformado en un espacio mágico dedicado a la mitología vasca donde habita el mismísimo Olentzero. Es una parada deliciosa para hacer con niños, repleta de seres fantásticos, bosques interactivos y leyendas que completan a la perfección el aire de cuento del castillo.
La bahía de Plentzia y el faro de Gorliz (a 10 min en coche)
El río Butrón muere plácidamente en la ría de Plentzia, una encantadora villa marinera de calles estrechas y barcos de colores amarrados en su puerto. Su bahía de aguas tranquilas invita a pasear hasta conectar con la playa de Gorliz. Desde allí, un sendero asciende entre prados verdes hasta el faro y los acantilados de la cornisa cantábrica, regalando unas panorámicas espectaculares del mar.
Los acantilados y la playa de Barrika (a 15 min en coche)
Un espectáculo geológico tallado a golpe de ola y viento. Esta franja de costa impresiona por sus paredones verticales y sus singulares capas de piedra esculpidas en forma de flysch. Es el lugar perfecto para contemplar cómo bate el Cantábrico desde las alturas o para bajar a sus calas salvajes al atardecer, cuando la luz dorada baña las rocas y regala una de las puestas de sol más fotogénicas de toda la costa vizcaína.









