Son cinco escenarios que obligan a mirar dos veces el mapa: un arrecife de coral en el extremo norte del mar Rojo, una inmensa sabana por la que se desplazan cientos de miles de animales, un pantano salvaje en Estados Unidos, unos fósiles de peces escondidos en Dinamarca y unos montes áridos de Emiratos. Cinco paisajes tan distintos como remotos que tienen algo en común: han entrado en la lista del patrimonio que la Unesco considera de valor universal excepcional.
RESERVA MARINA DE AQABA (JORDANIA)
El arrecife tropical situado más al norte del planeta es un mundo submarino de corales, praderas marinas y peces de colores que sorprende por su riqueza en una región asociada mucho más al desierto que a la vida marina. En estas aguas encuentran refugio más de 150 especies de corales duros, más de 500 de peces y unas 1.000 de moluscos.
La mejor manera de conocerlo es meterse en el agua. Aqaba es uno de los grandes destinos de buceo del mar Rojo y cuenta con puntos accesibles también para practicar esnórquel, incluso desde playas de la costa. Para una primera toma de contacto basta una máscara y unas aletas; para ir más abajo, los centros de buceo locales organizan inmersiones por los arrecifes y pecios de la reserva. Entre los fondos marinos hay incluso un tanque y un avión Hércules C-130, sumergidos expresamente y convertidos con los años en refugio de peces y corales.
Cómo descubrirla:
Para quien no quiera cargarse una botella de aire a la espalda, una salida de esnórquel en la zona de Berenice Beach es una de las formas más sencillas de asomarse a este nuevo Patrimonio Mundial.
PAISAJE MIGRATORIO BOMA-BADINGILO (SUDÁN DEL SUR)
Una de las grandes migraciones de fauna del planeta sucede cada año en los parques nacionales de Boma-Badingilo, siguiendo el ritmo de las lluvias y los pastos. Unos 6 millones de kob de orejas blancas, tiangs y gacelas de Mongalla recorren las sabanas, humedales y llanuras inundables de este inmenso territorio. Junto a ellos se mueven elefantes de sabana, leones, leopardos, guepardos, perros salvajes africanos y lechwes del Nilo.
Son unos 11,2 millones de hectáreas de naturaleza prácticamente intacta que, además, sirven también de refugio a una importante población de aves acuáticas y rapaces.
Por ahora, la situación de seguridad de Sudán del Sur hace que el Ministerio de Asuntos Exteriores español desaconseje el viaje a este país, mientras que la propia Unesco ha incluido Boma-Badingilo en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro. Así que no queda más remedio que disfrutar de territorio salvaje a través de imágenes.
WADI WURAYAH (EMIRATOS ÁRABES)
En un país que solemos imaginar entre rascacielos, desierto y grandes hoteles, cuesta pensar en un paisaje de montañas, cascadas y piscinas naturales. Eso es precisamente lo que encontramos en el Parque Nacional de Wadi Wurayah, en los montes Hajar, en el emirato de Fujairah. Sus gargantas de roca esconden uno de los últimos sistemas permanentes de agua dulce de montaña de Emiratos, un pequeño oasis de biodiversidad en una de las regiones más áridas del planeta.
Barrancos, fuentes, charcas y cursos de agua han creado un refugio para numerosas especies de plantas y animales. Entre ellas destaca el tahr árabe, un pequeño mamífero parecido a una cabra montés que solo vive en la península arábiga, además de varias especies de aves, reptiles y anfibios. El parque protege también una rica flora adaptada a las duras condiciones de los montes Hajar.
Cómo descubrirlo:
Wadi Wurayah se encuentra en la costa oriental de Emiratos, a unos 45 kilómetros de la ciudad de Fujairah. Para llegar, lo habitual es volar a Dubái o Abu Dabi y continuar por carretera. Desde Dubái son aproximadamente dos horas en coche. Desde este año admite visitas organizadas y controladas, que se reservan a través de Fujairah Holidays. La temporada de visitas comienza alrededor de octubre, la época más apropiada para recorrer sus senderos.
REFUGIO NACIONAL DE VIDA SILVESTRE DE OKEFENOKEE (ESTADOS UNIDOS)
Un inmenso laberinto de lagunas, marismas, bosques y turberas en el sureste de Estados Unidos. Así es este Refugio Nacional de Vida Silvestre en el estado de Georgia, uno de los mayores humedales de agua dulce relativamente intactos de Norteamérica, con más de 160.000 hectáreas, donde nacen los ríos Suwannee y St. Marys.
Su habitante más famoso es el caimán americano, pero no está solo. El humedal sirve de refugio a cientos de especies de aves, tortugas, serpientes, peces y mamíferos, y sus aguas y bosques forman uno de los ecosistemas más importantes del sureste del país. La palabra Okefenokee, de origen indígena, suele traducirse como “tierra de la tierra que tiembla”, en referencia a las islas flotantes de turba que caracterizan este humedal.
Cómo descubrirlo:
La mejor manera de recorrerlo es en barca. El refugio cuenta con recorridos acuáticos señalizados que pueden hacerse en embarcaciones con guía o alquilando una canoa o kayak en las zonas habilitadas. También hay senderos y pasarelas para recorrer a pie algunos sectores. Los accesos principales se encuentran en Folkston y Waycross, en Georgia, a unas cuatro horas en coche de Atlanta.
FÓSILES DE PECES DEL LIMFJORD OCCIDENTAL (DINAMARCA)
En el norte de Dinamarca, dos enormes acantilados guardan un archivo de la vida de hace 55 millones de años. Son Hanklit, en la isla de Mors, y Knudeklint, en la de Fur, dos paredes de roca que dejan al descubierto las capas de un antiguo fondo marino donde quedaron atrapados peces, aves, insectos y plantas. El resultado es uno de los mejores registros fósiles del mundo de los primeros peces óseos modernos, justo después de la gran extinción que acabó con los dinosaurios.
Las capas claras de moler —una roca formada en buena parte por restos microscópicos de algas— aparecen atravesadas por franjas oscuras de ceniza volcánica. En ellas se han identificado más de 80 especies de peces, además de tortugas marinas, aves, insectos y plantas. Es como leer la historia de un océano desaparecido directamente en las paredes de los acantilados.
Cómo visitarlo:
Se pueden recorrer los senderos que recorren ambos acantilados. En Hanklit, la pared de moler alcanza unos 60 metros sobre el Limfjord; en Knudeklint, unos 35. Para entender mejor qué esconden sus estratos, una buena parada es el Museo de Fósiles y Moler de Mors, donde se conserva una importante colección de estos hallazgos.












