En la adolescencia, el ser humano vive uno de los momento de transformación vital más intensos. Biológicamente, hay cambios cerebrales donde hay una 'poda' neuronal; el cuerpo tampoco es el mismo y las relaciones con los padres y los iguales pasan a otro nivel. Para los progenitores, acostumbrados a la dependencia extrema, incluso para la supervivencia, de sus hijos con respecto a ellos, es una etapa confusa donde deben colocarse en otro lugar, pues el hijo que tenían está empezando a ser otro.
Esta metamorfosis que conlleva una separación de esas figuras de referencia insustituibles que eran los padres, hace que los adolescentes vayan adquiriendo su propia esencia personal y su autonomía. Pero al otro lado, sobre todo cuando no se conoce que es un proceso evolutivo inevitable, puede generarse mucha incomprensión, conflicto y dolor.
Alejandra Rodríguez Giner y Beatriz Argente del Castillo son psicólogas y fundadoras de Sango Psicología (@sango.psicologia, en Instagram). Hemos hablado con ellas sobre cómo viven los padres este momento y qué pueden hacer para sentirse mejor.
No hay que interpretar la autonomía del adolescente como algo personal. Insistir demasiado, exigir explicaciones o reclamar muestras de cariño como antes puede aumentar la distancia
Aunque en los últimos años se habla más de la adolescencia y los padres cuentan con más formación, ¿se siguen enfrentando a ella con temores e ideas erróneas?
Totalmente. Aunque a día de hoy existe mucha información sobre crianza y psicología, muchos padres siguen viviendo la adolescencia desde el miedo e influenciados, en muchas ocasiones, por ideas erróneas. Además, es importante destacar cómo la sobreinformación puede convertirse en un arma de doble filo, ya que existe una distancia entre comprender los cambios propios de esta etapa y experimentarlos en el día a día que muchas veces se ignora.
Una gran laguna es el conocimiento del proceso emocional de los propios padres, quienes también atraviesan un duelo al despedirse de una etapa y de una forma de ejercer la maternidad o la paternidad basada en la cercanía constante y la dependencia. Uno de los errores más frecuentes es confundir la necesidad de distancia del adolescente con una pérdida del vínculo. Los hijos siguen necesitando a sus padres, pero desde otro lugar. El reto consiste en aprender a soltar sin desconectarse, favorecer su autonomía y acompañarlos desde la seguridad, no desde el miedo. El papel de los padres no desaparece: se transforma.
Los adolescentes necesitan despegarse de sus padres para crecer; cortar, en parte, ese cordón umbilical, para buscar su propia identidad. ¿Qué hacer como progenitor para sostener mejor ese 'duelo' por el niño pegado a ti y que te admiraba, que se ha convertido en un adolescente esquivo que reclama su espacio?
Es uno de los tramos más difíciles de la crianza, ya que pasamos de ser el centro del universo de un hijo a recibir monosílabos. Lo primero es permitirse sentir ese duelo sin culpabilizarse. Es normal echar de menos al niño que fue. Sin embargo, muchas veces ayuda ver ese distanciamiento como parte de un proceso de crecimiento saludable. El adolescente necesita diferenciarse, cuestionar las ideas de sus padres, explorar sus gustos y construir una identidad propia. Por eso, más que intentar recuperar al niño que era, el reto es conocer y aceptar a la persona en la que se está convirtiendo.
Esto implica estar disponible, respetar sus espacios, silencios e intimidad y no interpretar su autonomía como algo personal. Insistir demasiado, exigir explicaciones o reclamar muestras de cariño como antes puede aumentar la distancia.
También conviene que los padres recuperen sus propios espacios, intereses y relaciones. Esto ayuda a transitar esta etapa sin hacer que los hijos se sientan responsables de su bienestar emocional. Por tanto, se trata de validar la nostalgia por el niño que fue y descubrir a la persona que está empezando a ser: pasar del control a la confianza, la disponibilidad y el respeto por su autonomía.
La adolescencia se convierte, a menudo, en un 'campo de batalla' entre padres e hijos, a pesar de que estos últimos siguen necesitando del apoyo y la orientación de sus padres. ¿Cuándo los conflictos que pueden surgir necesitan de un acompañamiento profesional?
Cierto nivel de conflicto es esperable e incluso necesario. Las discusiones forman parte de la convivencia y de la necesidad del adolescente de ganar autonomía, cuestionar límites y defender sus opiniones. No debemos interpretar cada desencuentro como una señal de que algo va mal. La clave está en la intensidad y frecuencia de los conflictos y en cómo se gestionan.
Conviene prestar atención cuando las discusiones son diarias y escalan hacia la agresividad y tensión constante. Otras señales son el aislamiento intenso y prolongado, los cambios bruscos de ánimo, una bajada significativa del rendimiento escolar, alteraciones importantes del sueño o la alimentación, abandono de aficiones o conductas autolesivas.
A la hora de valorar el acompañamiento profesional no se debe ignorar el sufrimiento familiar. Si los padres sienten que han perdido las herramientas para acompañar a sus hijos, viven en alerta constante o temen que poner límites deteriore aún más la relación, no necesitan esperar a que la situación empeore para pedir ayuda. La terapia puede centrarse en el adolescente, en los padres o en las dinámicas familiares. Es importante entender que pedir ayuda no es fracasar, sino responsabilizarse del bienestar familiar.
¿Qué puede estar sucediendo cuando el adolescente llega a esta etapa y no corta la relación de dependencia o de simbiosis con sus padres? ¿Sería algo a revisar terapéuticamente?
Es igual de importante atender a la rebeldía y el distanciamiento como al escenario contrario: cuando al adolescente le cuesta separarse emocionalmente de sus padres y construir un espacio propio. Existen múltiples factores que llevan a esta situación: dinámicas sobreprotectoras de los padres por miedo a que sus hijos sufran, miedos del adolescente al rechazo o a enfrentarse al mundo exterior, miedo a distanciarse de sus padres y hacerles daño...
La cercanía no es negativa por sí misma. Hay que valorar si la relación le permite crecer o limita su desarrollo: por ejemplo, si tiene dificultades para tomar decisiones adecuadas a su edad, relacionarse con sus iguales, desarrollar intereses propios o actuar sin la aprobación constante de sus padres. Si esto ocurre, el acompañamiento terapéutico puede ser de gran ayuda, tanto para cambiar dinámicas familiares que perpetúan esta situación, como para abordar estos miedos de forma individual. El objetivo no es que dejen de necesitar a sus padres, sino que aprendan a contar con ellos desde el afecto y la seguridad, no desde la dependencia.
A la hora de valorar el acompañamiento profesional no se debe ignorar el sufrimiento familiar. Si los padres sienten que han perdido las herramientas para acompañar a sus hijos, viven en alerta constante o temen que poner límites deteriore aún más la relación, no necesitan esperar a que la situación empeore para pedir ayuda
¿Cómo afecta a los hijos adolescentes ser conscientes de que sus padres están sobrepasados por esta etapa, escuchar cómo se quejan o estar presentes en discusiones entre la pareja a causa de algunas situaciones protagonizadas por ellos?
Los adolescentes perciben mucho más de lo que muestran. Aunque a veces parecen centrados en su mundo o se muestran indiferentes, siguen siendo sensibles al estado emocional de sus padres y detectan cuándo están frustrados o preocupados por las dificultades que plantea esta etapa. Cuando escuchan quejas constantes sobre su comportamiento, pueden acabar sintiéndose responsables de ese sufrimiento, interpretando que están decepcionándoles, que son demasiado difíciles o que se han convertido en una carga familiar. Esto puede llevarles a encerrarse en sí mismos, dejar de compartir sus preocupaciones o intentar comportarse como sus padres esperan para evitar conflictos. En otros casos, el malestar puede manifestarse a través de una mayor irritabilidad, oposición o distanciamiento emocional.
Es positivo que los hijos comprendan que los adultos también se frustran y atraviesan momentos complicados, pero es importante no caer en una culpabilización e incomprensión excesiva. Los adolescentes necesitan saber que pueden equivocarse, cuestionar y atravesar sus propias dificultades sin dejar de ser queridos ni poner en riesgo el equilibrio familiar. Necesitan sentir que, aunque a sus padres a veces les cueste entenderles, siguen siendo capaces de ofrecerles seguridad y sostén emocional.
Las relaciones paterno-filiales se pueden volver más frías en esta etapa, por los cambios inevitables que conlleva la adolescencia. ¿Qué pueden hacer los padres para fomentar un acercamiento emocionalmente significativo con sus hijos en esta etapa?
Sí, es cierto que en la adolescencia los hijos necesitan más intimidad, tienen otros referentes y a veces les cuesta expresar lo que sienten. Pero necesitar espacio no significa dejar de necesitar a sus padres, solo que el acercamiento ya no puede ser igual que durante la infancia. Por ejemplo, los padres pueden mostrar interés por sus gustos, amistades y preocupaciones, aunque no siempre los entiendan o compartan.
Conviene preguntar sin interrogar, escuchar sin juzgar y hacerles sentir que lo que cuentan importa. También ayuda compartir una actividad, ver una serie, cocinar o dar un paseo y, a la vez, respetar sus silencios y sus tiempos, para que sepan que pueden acercarse sin presión.
En definitiva, acercarse a un adolescente requiere estar disponible sin invadir, mantener límites desde el cariño y aceptar que puede pensar diferente o equivocarse. No se trata de recuperar al niño que era, sino de acompañar a la persona en la que se está convirtiendo y ofrecerle un lugar seguro al que recurrir.
Los adolescentes necesitan sentir que, aunque a sus padres a veces les cueste entenderles, siguen siendo capaces de ofrecerles seguridad y sostén emocional
Con respecto a ciertas conversaciones, ¿cuál es el mejor momento para abordar temas difíciles como el riesgo sexual, los peligros de los hábitos tóxicos o la pertenencia a determinados grupos sociales durante la adolescencia, cuando la comunicación de por sí ya es difícil?
Lo ideal es que estas conversaciones se hayan iniciado desde la infancia, adaptando la información a la edad y madurez de los hijos. No podemos hablar de un “momento perfecto”, pero sí de crear un entorno seguro para tenerlas. Conviene aprovechar situaciones tranquilas y espontáneas: un trayecto en coche, un paseo, una escena de una serie que puede abrir la conversación sin que el adolescente sienta que recibe un sermón. Además, no es necesario hablar de todo de golpe. La prevención debe ser un proceso continuo, construido mediante pequeñas conversaciones cotidianas.
Por otro lado, es útil mostrar curiosidad por lo que piensan, conocer sus opiniones y preguntar cómo ven determinadas situaciones, en lugar de empezar desde el miedo, la prohibición o el juicio. El objetivo es ayudarles a identificar riesgos, reconocer presiones y desarrollar su propio criterio para tomar decisiones responsables.
Sobre todo, deben saber que pueden acudir a sus padres y contarles cualquier cosa, incluso si se han equivocado, sin tener miedo a que la primera reacción sea el reproche o el castigo. Esto no significa renunciar a los límites, sino evitar que el miedo a la reacción adulta les lleve a ocultar situaciones en las que necesitan ayuda.
¿En qué momento se vuelve a recuperar al hijo cercano que no lucha contra ti, sino que se acerca buscando en ti un aliado, como cuando era pequeño?
Es habitual que los padres tengan miedo a que la distancia y los enfrentamientos de la adolescencia sean definitivos. Sin embargo, a medida que los jóvenes consolidan su identidad, muchos vuelven a buscar a sus padres para compartir preocupaciones, pedir consejo o pasar tiempo juntos. No hay una edad concreta ni un momento exacto; puede hacerse más evidente al final de la adolescencia y durante los primeros años de juventud, dependiendo del desarrollo de cada persona y de cómo se haya cuidado el vínculo familiar.
La diferencia es que ese acercamiento ya no nace de la dependencia infantil, sino de la elección. Para favorecerlo, los padres deben respetar sus espacios, tolerar sus silencios, evitar que cada desacuerdo se convierta en una lucha de poder y mantener la disponibilidad afectiva, aunque sus hijos piensen o actúen de manera diferente. También deben distinguir cuándo pueden ceder y cuándo necesitan mantener los límites.
En definitiva, no se trata de que vuelvan a necesitarlos como cuando eran pequeños, sino de acompañarlos para que construyan su propia vida sin sentir que deben alejarse. El objetivo es que, cuando ya no les necesiten para todo, sigan queriendo elegirles para compartir aspectos importantes de su vida.









