Dolor de estómago antes de un examen, insomnio por el uso nocturno de pantallas o episodios de ingesta emocional vinculados al estrés y a la presión estética. Durante la adolescencia, el cuerpo experimenta profundas transformaciones y, con frecuencia, la salud digestiva se convierte en un fiel reflejo del estado emocional. Entender que el intestino y el cerebro mantienen un diálogo continuo a través del eje intestino-cerebro (y con la microbiota como mediadora) resulta fundamental para dejar de considerar estos síntomas como simples exageraciones y abordarlos desde una perspectiva integral que va mucho más allá de la estricta pauta nutricional.
Para aportar luz sobre este ecosistema en plena etapa de cambios, la doctora Silvia Gómez Senent, especialista en aparato digestivo y divulgadora, junto a la comunicadora e ilustradora Patricia González Irala, han publicado Tu microbiota adolescente en acción (Espasa). Hemos tenido la ocasión de hablar con las autoras sobre esta obra ilustrada que, a través de historias muy cotidianas como las de los personajes Elena, Carmen y Pablo, ofrece a jóvenes y familias herramientas basadas en la evidencia científica para comprender su organismo, desarrollar un pensamiento crítico frente a las tendencias de las redes sociales y construir hábitos saludables sostenibles sin caer en la culpa ni en la obsesión.
¿Cómo surgió la idea de escribir un libro para hablar de la microbiota en una etapa tan compleja como la adolescencia?
Patricia: Como madres de adolescentes, vemos cada día que nuestros hijos e hijas tienen acceso a una cantidad de información enorme, mucha curiosidad y mucho interés por su salud, más allá de su imagen. Les gusta cuidarse, alimentarse bien y hacer ejercicio, pero, a veces, les falta madurez para diferenciar la información de calidad de la que no lo es, caen en hábitos peligrosos o no saben exactamente cómo aplicar de forma sencilla en su día a día hábitos saludables que les ayuden a pasar mejor esta etapa.
Además, Silvia y yo somos muy amigas, nos entendemos muy bien y nos encanta trabajar juntas uniendo nuestros dos mundos, a priori, tan diferentes. Así que lo de escribir este libro para ellos, nos pareció un planazo.
En el libro planteáis que la salud intestinal influye en el ánimo, las emociones, el sueño y las relaciones sociales. ¿Por qué es necesario trascender la visión puramente nutricional para abordar la salud adolescente de forma global?
Silvia: La adolescencia es una etapa de grandes cambios físicos, hormonales y emocionales, y por eso no podemos entender su salud únicamente desde lo que comen. La alimentación es fundamental, pero es solo una pieza de un sistema mucho más amplio.
El intestino y el cerebro mantienen una comunicación constante a través del llamado eje intestino-cerebro, en la que también participa la microbiota. El sueño, el estrés, las emociones, la actividad física, las relaciones sociales e incluso los cambios hormonales pueden influir en este ecosistema intestinal y, a su vez, repercutir en cómo se siente el adolescente.
Por eso es necesario trascender la visión puramente nutricional y hablar de salud de una manera más global. No se trata de buscar una alimentación perfecta, sino de ayudar a los adolescentes a construir hábitos saludables y sostenibles que cuiden su cuerpo, su microbiota y también su bienestar emocional.
El sueño, el estrés, las emociones, la actividad física, las relaciones sociales e incluso los cambios hormonales pueden influir en este ecosistema intestinal y, a su vez, repercutir en cómo se siente el adolescente
En el libro se habla de la comunicación bidireccional entre el intestino y el cerebro. ¿De qué manera entender esta conexión ayuda a que padres e hijos interpreten síntomas que pueden padecer sus hijos, como un dolor de barriga previo a un examen?
Silvia: Entender la conexión entre intestino y cerebro nos ayuda a comprender que lo que sentimos emocionalmente también puede manifestarse en el cuerpo. Ese típico “dolor de barriga” antes de un examen no es imaginación ni una exageración: ante una situación de nervios o estrés, el cerebro puede enviar señales al intestino y provocar molestias, cambios en el ritmo intestinal o sensación de malestar.
Conocer esta relación permite a padres e hijos interpretar estos síntomas de otra manera: no se trata de decir “todo está en tu cabeza”, sino de entender que cerebro e intestino están en comunicación constante. Validar lo que siente el adolescente, escucharle y ayudarle a gestionar el estrés es tan importante como cuidar su alimentación y sus hábitos.
Y, por supuesto, cuando un síntoma es intenso, recurrente o persiste en el tiempo, no debemos atribuirlo automáticamente a los nervios: hay que valorarlo y descartar otras causas.
En una edad donde proliferan tantos mitos en redes sociales sobre dietas y salud, ¿cómo puede ayudarles esta obra a que desarrollen un pensamiento crítico sobre su propio cuerpo?
Patricia: Como a cualquier madre o padre, nos obsesiona la exposición a redes sociales de nuestros hijos e hijas. Por eso creemos que este libro, escrito desde la evidencia científica, pero con un formato muy pensado para ellos, podría resultarles de interés. Hemos creado personajes e historias con las que pueden empatizar, recetas, tablas de ejercicios, consejos muy sencillos para aplicar en su día a día… Es un libro con una lectura muy ágil, pero con muchísima información que puede resultarles muy útil.
En el libro, el personaje de Elena arrastra las consecuencias del acoso escolar. ¿De qué forma el estrés social o el miedo a no encajar altera físicamente la microbiota y la salud digestiva de un adolescente?
Silvia: El estrés social también se siente en el cuerpo. Cuando un adolescente vive situaciones de acoso, rechazo o miedo a no encajar, su organismo permanece en una situación de alerta. Y esa respuesta al estrés puede afectar al eje intestino-cerebro, modificando el funcionamiento digestivo y también el equilibrio de la microbiota.
Esto puede traducirse en síntomas muy reales: dolor abdominal, cambios en el ritmo intestinal, hinchazón, náuseas o una mayor sensibilidad digestiva. Además, el estrés puede alterar el sueño y los hábitos de alimentación, creando un círculo que repercute todavía más en la salud intestinal.
Por eso, cuando un adolescente tiene molestias digestivas, es importante mirar más allá de lo que come y preguntarnos también cómo se siente, cómo duerme, qué está viviendo y si se siente seguro y acompañado. La microbiota no vive aislada: forma parte de un organismo en constante diálogo con el entorno.
Como a cualquier madre o padre, nos obsesiona la exposición a redes sociales de nuestros hijos e hijas
El caso de Carmen aborda cómo la inseguridad con el cuerpo cambia la relación con la comida. ¿Cómo se explica en el libro la diferencia entre comer por hambre fisiológica y comer por regulación emocional (ansiedad, aburrimiento o presión estética)?
Silvia: En la adolescencia, aprender a diferenciar el hambre física de otras formas de comer es importante, pero siempre desde la comprensión y nunca desde la culpa. El hambre fisiológica aparece porque el organismo necesita energía y suele desarrollarse de forma progresiva. En cambio, en ocasiones podemos recurrir a la comida para aliviar emociones como la ansiedad, el aburrimiento, la tristeza o incluso para responder a la presión por nuestra imagen corporal.
En el libro intentamos transmitir que comer por emociones no significa que haya falta de voluntad. Es una respuesta que puede aparecer cuando no sabemos cómo gestionar lo que estamos sintiendo. Por eso, más que enseñar a los adolescentes a controlar la comida, debemos ayudarles a reconocer sus emociones, escuchar las señales de su cuerpo y construir una relación tranquila y saludable con la alimentación.
Y, especialmente cuando existe inseguridad corporal o conductas alimentarias preocupantes, es fundamental evitar juicios y buscar el acompañamiento de profesionales.
Mientras, Pablo pasa demasiadas horas conectado y duerme mal. ¿Existe un «círculo vicioso» entre la hiperconexión nocturna, la falta de descanso y la alteración de la microbiota que afecte directamente al estado de ánimo del día siguiente?
Silvia: Sí, puede existir ese círculo vicioso. El sueño y la microbiota mantienen una relación bidireccional: dormir poco o con horarios muy irregulares puede alterar los ritmos biológicos que también organizan la actividad de nuestro ecosistema intestinal. Y, al mismo tiempo, una microbiota alterada puede influir en procesos relacionados con el eje intestino-cerebro y el descanso.
En un adolescente como Pablo, pasar muchas horas conectado por la noche puede retrasar la hora de dormir, reducir la calidad del descanso y hacer que al día siguiente esté más cansado, irritable o con menos capacidad para gestionar el estrés. Si esto se mantiene, se puede crear un círculo difícil de romper.
Por eso, cuando hablamos de cuidar la microbiota de un adolescente, no hablamos solo de qué come, sino también de cuándo duerme, cuánto descansa, cuánto se mueve y cómo gestiona su día a día. A veces, mejorar la salud intestinal empieza por algo tan sencillo como recuperar una buena rutina de sueño.
Dormir poco o con horarios muy irregulares puede alterar los ritmos biológicos que también organizan la actividad de nuestro ecosistema intestinal
¿Cuáles serían los primeros cambios, pequeños y alcanzables, que recomendáis a un adolescente que quiere empezar a cuidar su microbiota?
Silvia: No hace falta cambiarlo todo de golpe. Lo primero sería comer un poco más variado, intentando incluir frutas, verduras, legumbres, frutos secos y alimentos ricos en fibra, y reducir el exceso de ultraprocesados, pero sin prohibiciones ni obsesiones.
También les animaría a cuidar tres pilares muy sencillos: dormir bien, moverse cada día y aprender a gestionar el estrés. Y algo tan básico como mantener unos horarios de comida y de sueño relativamente regulares puede ayudar mucho.
La clave es que sean cambios pequeños y sostenibles. Cuidar la microbiota no consiste en hacer una dieta perfecta, practicar el ejercicio perfecto o vivir sin estrés, porque eso no existe, y menos aún en la adolescencia.
Se trata de aprender a cuidar el conjunto: comer de forma variada, moverse, dormir lo suficiente y encontrar herramientas para gestionar el estrés. Habrá días en los que no comamos tan bien, durmamos menos o estemos más estresados, y eso también forma parte de una vida normal.
Lo importante no es hacerlo perfecto, sino crear buenos hábitos que podamos mantener en el tiempo, sin culpa y sin obsesionarnos.
Decís que el libro está pensado también para que las familias entiendan mejor esta etapa. ¿Cómo puede utilizar un padre o una madre este libro para abrir conversaciones difíciles con su hijo sobre el cuerpo, la comida o las pantallas sin caer en el reproche?
Patricia: Hemos puesto mucho empeño en que el libro sea, sobre todo, útil. No demonizamos las pantallas, no juzgamos, no damos lecciones sobre educación ni psicología porque no es lo nuestro. Únicamente, pretendemos ayudar a los adolescentes y a las familias a implementar hábitos muy sencillos que puedan mejorar su día a día. Lo que sí hemos intentado es hacerlo a través de la empatía con Elena, Carmen o Pablo, porque muchas veces es más fácil identificar algunos temas más delicados cuando los vemos en terceras personas.
¿Qué mensaje final os gustaría que se quedara grabado en la cabeza de un joven tras terminar de leer Tu microbiota adolescente en acción?
Patricia: Nos gustaría transmitir la idea de que la adolescencia no es ese monstruo terrible del que siempre se habla, sino una etapa fundamental en la vida en la que es importante establecer hábitos saludables porque nos ayudarán a mitigar los síntomas físicos y a preparar a nuestro cuerpo para los adultos en los que nos vamos a convertir. También nos gustaría mostrar nuestra admiración por esta generación de adolescentes, mucho más preparada e informada de lo que estuvimos nosotras y que se enfrentan a retos complicados en el futuro.








